Para cualquier frío

por Raúl Gatica

El ingenio y genio literario de los poetas españoles del Siglo de Oro fueron capaces de resolver los fríos y calores humanos cuando la calefacción no existía y el aire acondicionado era sólo el proveniente de ventarrones cruzando ventanas, puertas y otras aperturas. Estos maestros de la lengua nos descubren que hace siglos ya se generaba lumbre entre los versos para salvar a la humanidad de resfriados de cuerpo y alma. En los textos de esta edición, las imágenes del horno, el bracero, la fragua, la fogata, el verano y demás son recursos para atender algunos requerimientos que todos tenemos.

Con ellos apreciamos que el agua y el río dan más que frescor: alivian los sofocos de la carne. La fragua no es únicamente para ablandar al más fuerte de los fierros, sino también pare resolver ansias urgidas de atención a fondo. El cirio es para adorarse mientras se enciende o ya prendido. Y el tizón, aparte de madero ardiente y humeante, es respuesta a quien pretende pasarse de inteligente.

Un anónimo poeta de hace 500 años muestra cómo jugar magistralmente al erotismo con el auxilio de simples cosas. Casi dibuja la ayuda cuando las hormonas están en punto álgido, las piernas miran al techo, y los dedos entran y salen para sofocar urgencias de cuerpos húmedos y escurriendo de deseos.

El maestrísimo Quevedo receta medicinas para el invierno: enero ha de ser más frío para hombres disfrazados de mujeres. Su humor sarcástico dispara dardos al noble personaje que pretende encender su vela con el brasero de la moza en el río. Con Quevedo, el humor y la justicia ríen juntos.

Esta edición de Con y sin Badajo pretende despedir con fueguito al invierno que se resiste a partir para dar paso al color y calor que deberían retratar las esquinas de la primavera. Ojalá estas líneas, que pese a su tiempo siguen siendo de oro, proporcionen algo de calor a quien necesite cocinar sus fríos; calentar y descongelar ganas amarradas en las honduras del organismo.

 

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Poesía anónima de los siglos de oro

¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!

Estábase la moza
Despaldas en el lecho,
Las piernas abiertas,
Y, mirando al techo,
Dice con despecho
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”

De rato a ratillo
Toda se brincaba;
Con gesto amarillo,
De dolor sudaba;
Con pasión llamaba:
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”

Todo se comía
en grande manera,
quel dedo metía
por la hurgonera.
Llorando decía,
Con voz lastimera:
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”

Hácese pedazos,
Toda se desuella;
Quería los brazos
Meter por la mella,
Dando esta querella:
“¡Agua, dadle agua
quel fuego está en la fragua!”

Como estaba así,
Pensó que soñaba.
Cuando torno en sí
Sintió que meaba;
Y de presto llama:
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”

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Atribuido a Francisco de Quevedo

(registrado en el Cancionero Moderno y recuperado por la Antología Erótica de la poesía hispanoamericana)

Estaba una fregona por enero
Metida hasta los muslos en el río,
Lavando paños, con tal aire y brío,
Que mil necios traía al retortero.

Un cierto Conde, alegre y placentero,
Le pregunto con gracia: “¿tenéis frío?”
Respondió la fregona: “Señor mío,
Siempre llevo conmigo yo un bracero.”

El Conde, que era astuto, y supo donde,
Le dijo, haciendo rueda como pavo,
Que le encendiera un cirio que traía.

Y dijo entonces la fregona al Conde,
Alzándose las faldas hasta el rabo:
“Pues sople este tizón vueseñoría.”

 

Contador de Historias

por Nandy Fajardo y Fabricio Tocco Chiodini

Acordamos encontrarnos un lunes. Rodrigo quería que nos diéramos cita en Skype a las nueve de la mañana de Venezuela. Yo, al ver que en Vancouver serían las cinco de la madrugada, sugerí que la cambiáramos al mediodía. Tuvimos dificultades para comunicarnos, Rodrigo estaba sin conexión y por teléfono tuvimos que volver a cambiar la cita para el lunes siguiente. Tanta espera fue recompensada una vez que finalmente coincidimos, con aquella voz alegre y musical, tan propia de los venezolanos.

Rodrigo prefiere ser llamado «fotógrafo» antes que «artista». Esta distinción le parece importante, pues para él hay un abismo entre fotografía documental y artística. En el grupo de El Cencerro, se le conoce como «El domador de perspectivas». Para él, su forma de ver el mundo implica no conformarse con la imagen que le ofrezca el primer punto de vista disponible. Más bien, nos dice al respecto, «desde el lugar en el que lo estás viendo, te puedes imaginar cómo sería esa escena si estuvieses del lado opuesto. No tienes que ir al otro lado para verla», porque Rodrigo es capaz de domar imágenes, de jugar con ellas.

Al iniciar su carrera en Europa a los diecinueve años, en 1979, este caraqueño planeaba inicialmente estudiar arquitectura. Rodrigo llegó a Europa hablando sólo español. Sin quererlo, un compañero colombiano, de un curso intensivo de inglés, le cambiaría para siempre la vida. Fue aquella tarde que lo invitó a que se registrara en una escuela de fotografía, donde terminó formándose con Roy Flamm, prestigioso fotógrafo californiano vinculado al célebre Grupo f/64.

Flamm, nos cuenta Rodrigo, acabaría siendo su maestro para siempre: «tú sabes que los tutores duran mucho más allá de los recuerdos». La filosofía de Flamm marcaría las imágenes de Rodrigo a lo largo de sus casi cuatro décadas de carrera.

Rodrigo pasaría nueve años en Europa, dividiendo su estancia simétricamente entre Londres, París y Barcelona. «Como decimos en el Caribe, cada ciudad tiene su tumbao, su sabor». Para Rodrigo, Londres es una ciudad maravillosa para estudiar, mientras que recuerda París como un lugar más duro, pero al mismo tiempo festivo y apasionante. «Barcelona, en su carácter de puerto mediterráneo, nos queda un poco más cerca, sobre todo cuando entre las brumas se pueden apreciar, a lo lejos, ciertos tonos de las luces del continente americano». Las memorias de las ciudades, por supuesto, están hechas de gente y el contacto que el fotógrafo estableció con ellas, un elemento que, como podemos ver, dejó una clara huella en sus registros urbanos.

Una reflexión interesante que suscitaron estos años europeos para Rodrigo tiene que ver con la distinción entre «destinos» y «propósitos»: «Uno anda como por un camino y va encontrándose bifurcaciones. Cuando estás en un tránsito hacia el conocimiento, idealmente nada debería apartarte de tu propósito. Pero ni siquiera es un destino, es un propósito. El destino es lo último, va mucho más allá, más lejos. El propósito, en cambio, es un camino que te lleva a tu destino. Pero eso no lo sabes hasta cuando acaba todo. Hay todo ese desafío personal dentro del cual los estudios son importantes, pero no son lo único, son una conjunción de factores que uno afronta de forma no del todo consciente».

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Al volver a Venezuela con casi treinta años, a finales de los ochenta, Rodrigo se enfrentó con un «sentimiento de desarraigo difícil, de grandes dimensiones»: «Después de nueve años en el extranjero, tu país te hace falta […] pero cuando llegas, como decimos en el llano “no te hallas”, te sientes muy desubicado».

Nos cuenta Rodrigo que logró resolver y superar este desarraigo enarbolando una estrategia y redescubriendo una fuerte conexión: por un lado, «diseñó un lema para viajar: a cada cliente que visitaba, le decía que mientras más lejos me enviara, más barato le iba a cobrar». La posibilidad de seguir viajando, esta vez por territorio venezolano, le permitió redescubrir y reconectarse con un componente singular de su país: la naturaleza venezolana, una «geografía de esta tierra que es una sola tierra, cuya única frontera son los ríos». Para Rodrigo, «nuestras ciudades, tal vez, se parecen a casi todas las capitales de estado, pero nuestra fuerza vital está en la profundidad de las selvas, en las cimas de los Andes, en esa tierra vibrante que nos hace ser como somos».

El regreso a Venezuela hizo florecer algo que ya estaba en Rodrigo antes de sus años de formación europeos: «Yo tenía esa semilla debidamente instalada en mi ser. Al regresar, veo las cosas de otra manera, tomando consciencia de la importancia de recorrer estos paisajes, de acompañarlos tomando fotos en esta geografía sensible de una forma mucho más depurada y consciente, con una mirada distinta».

Aclara Rodrigo que sus «proyectos más ambiciosos siempre tienen lugar en espacios distantes de las metrópolis». Su compromiso, nos dice, es «volver la mirada a la tierra»: «yo aspiro con mi trabajo a acompañar las causas de los pueblos más simples como los pescadores, los ordeñadores, las tejedoras de chinchorro, la gente simple de la vida». Algo que hace no sólo desde su labor fotográfica sino también a través de la Escuela de Fotografía que dirige junto a su mujer. «El Núcleo Fotosensible» intenta «promover la utilidad pública de la fotografía» y alberga proyectos de investigación sobre el tratamiento de la imagen.

En una época de proliferación de fotografías que inundan diariamente la red, Rodrigo se mantiene parcialmente crítico: por un lado, escribe de forma periódica en su Tumblr (http://lazentella.com) sobre fotografía directa y no se declara tecnófobo, ya que admite la importancia del desarrollo técnico para su disciplina. Al mismo tiempo, considera las redes sociales como un espacio que fomenta cierta «vertiente tendenciosa», una «inmediatez para manipular», que privilegia «una abundancia de banalidades de todo tenor». Para Rodrigo, aquello que sigue distinguiendo al fotógrafo profesional es un gesto que suele perder de vista el usuario amateur al retratar sus desayunos en Instagram: el gesto de contar una historia. Por eso, prefiere llevar libros en sus viajes antes que ponerse a leer en un celular.

En este sentido, a Rodrigo le resulta más interesante «lo tangible». Por lo tanto, prefiere no participar de las redes sociales y seguir revelando fotos en su laboratorio casero, profundamente conectado con su atracción por el territorio y la riqueza intercultural de su país, como parte de un sentido compartido en Latinoamérica y El Caribe.

Cuando le preguntamos por su opinión sobre su registro histórico de la situación de Venezuela, Rodrigo aprovecha para explicarnos sobre su filosofía profesional. Un buen fotógrafo no puede quedarse con el retrato anecdótico, con el mero registro de lo episódico, debe ser capaz de narrar. De lo contrario, nos dice, «la cosa se queda a medio camino». Por último, resalta Rodrigo la idea de que la historia está en todas partes: no se circunscribe a hechos puntuales o a coyunturas políticas. Un buen fotógrafo documental debe ser capaz, ante todo, de contar historias en profundidad.

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Nuestro Calor

por César Moheno

Una tarde de hace muchos años me guarecí de la lluvia en la casa de doña Marcelina Próspero. Junto a su hermana Juana, llenas de fortaleza y de arrugas en el cuerpo, me contaban sus historias cerca del fuego de la troje que compartían en un paraje del bosque de la meseta purépecha de Michoacán. Hacía frío y ellas me arropaban con sus palabras, sus risas, sus afanes. Con un aire de complicidad que se manifestaba en las miradas y los silencios, el cauce de sus frases las fue conduciendo a las confidencias. Así comenzaron a compartir sus secretos.

Una ya se siente por completo diferente después de recibir por primera vez la comunión. Allí, me decían, en la ceremonia, por primera y casi única vez se viste una de blanco y todas las niñas se unen por un momento en el atrio del templo, sabiéndose distintas, mientras la banda toca y toca todo el rato y todas bailan en medio de la gente. Lo hacen tan entre ellas, que se dirían palomas al verlas bailar. Están tan contentas, que quisieran que pasara el tiempo rápido pues se mueren de ganas de contar ese momento.

Así llega al cabo de los años el día de la boda. Desde el instante del compromiso, nuestro gusto – me seguían contando – es realizar una serie de costumbres que aseguran a las familias y a los novios las formas de la concordia y el gozo para que enraíce la unión. Y en ese tejido ser mujer ampara la fuerza del mundo. Por eso el día de la boda, para recibir a la nueva hija, se engalana con cintas de colores y con guirnaldas de maíz la cabeza del novio. Allí la esperan todos los parientes de la casa. Para mostrarle su júbilo la reciben con cohetes y con música. La hacen pasar y la sientan en medio de la estancia, donde cada uno de los miembros de la familia de él, le trenza en el pelo un moño de cinta de color. Algunos hasta le prenden algún otro regalo. Esa es la forma de engalanarla.

Después de la ceremonia en la iglesia, las mujeres de la familia de la novia acarrean pollos, licor y cajas de cerveza a la casa del novio. Todo acompañado de confeti, más música y más cohetes que es lo que se acostumbra. La madre del novio las recibe en el umbral de su casa luciendo en el pelo pan de jabón, escobeta y estropajo para enseñar que ya le dio el último baño a su hijo. Allí se junta la parentela completa y pasan a comer las viandas que se venían preparando desde la víspera. Todos bailan, especialmente las mujeres. Y todos por igual se beben ríos y ríos de vino para homenajear el recuerdo de las bodas de Canán.

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Al amanecer del otro día, bailan el son de la canara. Las mujeres lo hacen con un telar, con un huso o con un tejido y los hombres con sus aperos de labranza. Alguna mujer hace un muñeco de trapo y se lo entrega al novio y a la novia para que lo arrullen. Ahora los padres de los dos bailan con pan y chocolate que ofrecen a la novia, que cuando lo va a coger se lo arrebatan y se lo comen entre ellos. Así se acostumbra para que vayan las dos familias agarrándose de la confianza. De ella depende el trasplantarse.

Por eso le digo que es tan grande el valor de asegundar con toda la familia eso de los sacramentos. Por algo ha de ser que las campanas marcan la vida de los pueblos. Por eso tenemos que aprender desde chiquitos a escucharlas. Ya sabemos que al cumplirles aseguramos nuestro buen paso por el mundo. Así ha sido siempre. Por eso estamos aquí, usted y nosotras, compartiendo nuestro calor, celebrando con palabras y con pan.

Sólo las viejas hacemos de este pan. Sólo nosotras podemos hacerlo. Escogemos todo, desde los granos del trigo que vamos a moler hasta el tipo de leña con el que lo vamos a hornear. Por eso nuestro pan es especial. Por eso no podemos dejar pasar ninguna fiesta para hacerlo. Por eso todo el mundo nos pregunta. Juana, Marcelina, ¿cuándo van a hacer de su pan?

Para hacer buen pan hay que conocer muchos secretos. Todos los secretos. Inventarlos todos también; porque una nunca sabe con qué nos va a salir el trigo, o cómo amaneció la levadura o nosotras mismas.

Para que un horno sea bueno y no se le salga el calor, uno misma lo tiene que hacer. Y hay que saber hasta escoger en dónde ponerlo. Hay que hacerle un esqueleto con palos de encino y juntarle mucha piedra y lodo. A eso es lo que llamamos la columna. A ella hay que darle su pasadita de adobe bien cargado. Después se le ponen por dentro hiladas redondas de ladrillo sin juntear, para que aguante el peso de la cubierta que también será de ladrillo, pero ese sí muy bien junteado. Se le cubre con una capa fuerte de adobe y se repella con una capa de ceniza blanca. El chiste es saber dar la redondez para que aguante y no se nos caiga. Después de darle la primera quemada se le saca el ladrillo del corazón y se le baila encima. Si el horno aguanta el baile ya está rico para hornear.

Para sacar una buena hornada de pan el secreto está en irle respetando sus deseos. Que si quiere más tueste el grano, que si desea más agua la harina, que si la levadura está muy seca, que si no le dio bien el sereno, o que si lo mezclamos después de que salió el sol; hasta el peso exacto tenemos que ofrecerle. Pero otra vez repito. Uno de los secretos es irle inventando sus secretos.

Las viejas creemos que el principal de entre ellos es que lo amasamos en nuestra cama y, así, nuestro propio calor le damos. Por eso no lo dejamos salir de nuestro cuarto hasta que haya que comerlo. Por eso no sólo aplauden su sabor. Es sobre todo su olor lo que le alaban. No se dan cuenta aún que es a mujer a lo que huele.

Dulce de Leche

por Víctor Porter[1]

La cárcel estaba en la Pampa Húmeda y, quién sabe por qué, era más húmeda que toda la Pampa. Todo estaba mojado, siempre, y el olor a encierro se alternaba con el olor a Fluido Manchester que cada cierto tiempo le pasaban al piso del pasillo para ahuyentar a toda forma de vida no encerrada ahí a la fuerza. A cada tanto, a los prisioneros los sacaban a tomar aire. Salían a caminar a un patio, encerrado también, rodeado de alambres con púas. Algunos prisioneros caminaban en círculos hasta el final del tiempo. Otros aprovechaban para planear eternamente la revolución.

Abraham Dionisio y Najman conversaban cada vez que caminaban en círculos por ese patio gris y alambrado.

Venían de mundos distintos.

Najman de la gran ciudad capital, de la clase media educada (esto se puede leer como uno quiera: de la clase media y educada o de la clase educada por la mitad, no completamente educada; en resumen, lo mismo).

Abraham Dionisio, criado en los márgenes de una inmensa plantación de caña de azúcar. Sin padre y con muchos hermanitos. Según contaba, su infancia consistió en salir a cazar para comer; no a cazar animales sino a cazar comida. Su coto era el patio trasero de un matadero-carnicería. Abraham y sus hermanos pasaban horas detrás del alambrado esperando el momento. Los últimos y desesperados gemidos del cerdo, vaca o cabra que estaban a punto de carnear anunciaban la acción.

“Me partía el corazón”, contaba Abraham.

“Lo peor era cuando los miraba fijamente a los ojos, los pobres sabían que los iban a matar. ¿Y sabes qué, Najman?, esa misma mirada desesperanzada tienen algunos compañeros presos”, remataba Abraham.

Él y sus hermanos presenciaban el trabajo del matarife. Desde que aparecía con el animal en el patio de atrás, la volteada al piso, las patas atadas, la cuchillada certera, el chorro de sangre humeante a la olla y la destazada. Después, la parte más importante: mientras los hermanitos ahuyentaban a los perros, gatos y gallinas, Abraham — quién ya tenía el golpe minuciosamente planeado — corría a recoger todo lo que podía. El hígado y el corazón eran lo más valioso, después las tripas y los pulmones, o cualquier otro despojo que no se hubiesen llevado los otros hambrientos y estuviera por ahí tirado. Encarnación, la madre de Abraham, transformaría el botín en un manjar.

Apenas pudo manejar el machete, Abraham empezó a trabajar cortando caña de azúcar; el hermano que le seguía se hizo cargo de la caza.

Después de huelgas, despidos, persecución y otras injusticias cotidianas en la plantación y el ingenio, Abraham se sumó a la guerrilla rural, su lugar natural, su destino. Si alguien tenía el derecho y la obligación de alzarse en armas era él.

En el patio de la cárcel, Abraham compartía historias con Najman y otros, siempre sonriendo, nunca quejándose. El sol del cañaveral seguía brillando en el fondo de su mirada, y aún sentía el aire del monte a pesar de los años de encierro. Caer preso no interrumpió su vida ni su carrera. Como el monte, la cárcel también fue su lugar natural y su destino.

De vez en cuando, los presos podían hacer alguna compra. Para eso los presos estaban acuerpados de acuerdo a su grupo u organización política, o por afinidad personal los que eran independientes. Compraban colectivamente, de modo que todos pudieran tener yerba, cigarrillos y lo que alcanzara.

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Una tarde, Najman y Abraham estaban dando sus vueltas eternas en el patio cuando los paró el preso Dell’Orto; de él se decía que era un compañero muy importante, un cuadro revolucionario… y sin embargo no daba esa impresión. Hablar con él era hablar con el abanderado en un mural del realismo soviético, no miraba a los ojos del interlocutor; ¿para qué?, él miraba más allá del horizonte. Tal vez imaginando un desfile en su honor, o a las masas aclamándolo… Lástima, porque las paredes de la cárcel truncaban esa visión de epopeya, y él quedaba acá en el patio y la humedad, con su mirada perdida, más perruna que mesiánica.

Dell’Orto y Abraham pertenecían a la misma organización. Dado su nivel, Dell’Orto estaba a cargo de las compras grupales. Así que Dell’Orto interrumpió la caminata-charla de Najman y Abraham porque debía hacerle una pregunta estratégica a su compañero de armas.

“¿Qué va a querer comprar el compañerito Abraham? Hay yerba mate, cigarrillos, galletas, … dulce de leche”

“Yerba y dulce de leche”, respondió alegre Abraham.

Dell’Orto sorprendido y con aires de General San Martín de a caballo al mando del Ejército de los Andes replicó:

“Compañero, me extraña muchísimo que pida eso. El dulce de leche es para los burgueses, no se desvíe compañero. No se desvíe”.

Casi en llamas, pero respirando y hablando muy despacio, Abraham afirmó con la certeza de estar en lo correcto.

“Por eso luchamos compañero, para que todos podamos comer dulce de leche. Así que le repito mi pedido: Yerba Mate y dul-ce- de- le-che, ¿está claro?”

Un silencio metálico quedó flotando y Najman pensó que esa era la mejor explicación de por qué luchaban, y que jamás nadie había dicho. Sí. Era la más real, la más tangible, la más dulce.

[1]   Refugiado Argentino que vive y escribe en Vancouver, Canadá.

Gases

Mi abuelo, un indio Ñuu Savi, sabía del comportamiento del clima con el rebuznar y desenvainar del ‘instrumento’ de su burro Músico. Como el pulpo Paúl, casi no fallaba.

—Si Músico apunta su ‘cornetota’ al cielo, no es calentura lo que padece: avisa de gemidos, estertores, sufrimientos, dolores y sudores de la madre tierra, que también está viva —decía el abuelo.

Con el devenir del tiempo, pese a que la ciencia y sus científicos han inventado máquinas para medir todo, no atinan a ponerse de acuerdo sobre lo que pasa con el clima. Desconcertados, acusan a los gases de efecto invernadero de los inviernos cálidos y veranos con heladas y granizadas, o de lluvias, nevadas y sequías súbitas.

Hoy día, las estaciones ya no pueden medirse sólo con el calendario. Ya no sabemos si calorones y heladas nos enredarán primavera con invierno, verano con otoño. Tampoco cuándo los ciclones despeinarán el clima y desgajarán montañas. Menos aún si nevadas y aguaceros arrasarán la cachondez de los lugares turísticos con ríos desbordados, tsunamis o avalanchas insospechados; o dónde terremotos desmoronarán edificios y abrirán la tierra para tragarse a la vida con ansias de amante desesperado. Cada vez es más complicado prever la respuesta de la tierra ante tanta violación. Vamos rápido y derecho a la mierda, si es que no estamos ya ahí.

Y pensar que todo pasa porque comenzamos a calentarnos. Hablamos del planeta, no del endurecimiento del badajo o la humedad femenil resultado de atrevidos tocamientos. Tan es verdad que diversos científicos afirman que 2016 fue el año más cálido en la historia humana: 1.1 grado por arriba del establecido en la era preindustrial. Además, científicos de la Universidad de Stanford afirman que el día más caluroso del año en distintas partes del mundo está relacionado con el cambio climático.

Y aquí las opiniones de los expertos se dividen. Algunos sostienen que la calentura planetaria resulta de los gases efecto invernadero, a su vez consecuencia de pornográficas penetraciones de cemento y asfalto por todos lados. Succiones exageradas de mantos acuíferos, petróleo y gas natural. Desfloramientos forzados de la tierra por la minería salvaje y devastaciones forestales que van dejando nuestro hábitat desértico, infértil, yermo y casi frígido.

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Otros declaran que no es sólo la acción humana la responsable del calentamiento global y sus daños colaterales irreversibles. Insisten en la responsabilidad del gas metano liberado a lo largo del globo, particularmente en la tundra ártica y los pantanos. También insinúan que nos calentamos a pedos. Sí, a pedos. Al menos eso se infiere de lo publicado por la revista Current Biology, afirmando que los dinosaurios saurópodos – o gigantes herbívoros – podrían haber provocado el calentamiento climático de la Tierra a través de sus flatulencias. Mencionan que esos dinosaurios producían mucho más metano que todas las fuentes de contaminación moderna juntas.

Independientemente de quién genere el calentamiento global, la Academia Nacional de Ciencias de USA señaló que la influencia del cambio de temperatura provocó 57% de los récords de menos lluvia, y 41% de los récords de lluvias abundantes en un año. Y para rematar, la revista Science pronostica que el calentamiento global incrementará las sequías y aguaceros en este 2017.

Y mientras los científicos se ponen de acuerdo en lo que pasa, lo cierto es que como los indígenas aseguran, la tierra es organismo vivo y los ‘desastres naturales’ son su respuesta a las acciones humanas emprendidas contra ella. Por eso no todos los calentones conducen al gozo y placer, tan así que, según la ONU, ya están a la vista: cuatro potenciales hambrunas en forma simultánea por primera vez en la historia. Más de 20 millones de personas corren el riesgo de morir de hambre debido a sequías y a conflictos en Yemen, Somalia, Sudán del Sur y el noroeste de Nigeria, mientras más de 100 millones enfrentan malnutrición aguda en todo el mundo. Además, el derretimiento de los glaciares e incremento del nivel del mar pondrá en peligro de extinción a las comunidades indígenas y especies animales de los Polos. Quizás por estas evidencias, finalmente los científicos salieron a las calles para convocarnos a frenar nuestra propia destrucción.

En fin, mientras se resuelve si es verdad que la extinción de los dinosaurios se debió a que eran muy pedorros, ante el panorama apocalíptico retomemos a Revueltas, quien dice que el horror cotidiano puede ser sustento de una buena narración. De ahí que los y las Cencerros les invitamos a mugirnos al menos sus comentarios sobre esta edición a rumiantes@elcencerro.ca

Las editoras y los editoros