Guerras y crímenes

por Raúl Gatica

Reza el cliché, tanto en el amor como en la guerra, todo vale. Quienes piensan que no, han establecido reglas que nadie respeta. Lo mismo vale para cualquier guerra, pues en el centro de todo está el cuerpo, universo maravilloso dentro de otro universo: la vida.
Cuerpos de hombres y de mujeres se han usado casi para las mismas cosas, aunque en algunos casos, el cuerpo de las mujeres y las mujeres en sí, son más usadas que los hombres.
Tenemos registros del uso del cuerpo de las mujeres en las guerras desde hace más de quinientos años.

Al menos eso cuentan algunos cronistas de los conquistadores, quienes vieron de primera mano los resultados de su invasión.

Por ser pacifista irredento, nunca me han gustado las guerras, salvo las de cuerpo a cuerpo, y en pelotas. Algo de eso les trae hoy Con y Sin Badajo. Por muy absurdas que resulten las narraciones, esto fue lo que pasó, según las crónicas de ese tiempo.

El libro Anales de Cuauhtitlán, con paleografía y traducción de Rafael Tena, cuenta que en el año Calli (1473), cuando gobernaba Tlatelolco Moquihuixtli, y reinaba el Tlatoani Axayacatzin, estando en guerra tenochcas y tlatelolcas, pasó lo que aquí se narra.

Para mí, esas historias dejan claros los crímenes sucedidos en la guerra de conquista. Sin embargo, literariamente, pese a que regularmente el catolicismo castra a los cronistas de esa época, aquí el lenguaje tímidamente usado ayuda a suponer lo que la lengua les amarró a los narradores: lo que hace una mano entre las piernas al palpar la natura de las mujeres y el porqué esa natura habla. Un sexo femenino parlanchín es algo constante en el mundo indígena antiguo. Y, sin duda, nos hace sonreír pícaramente el saber que la cimiente se riega en el palacio, o que la baba de nopal pudo jugar un rol de lubricante. Aquí algunas de esas historias.

5

I

El que untaba su miembro con babas de nopal
Cuando aún no había guerra, Moquihuixtli hacía muchas cosas malas con sus mujeres; y una hija de Axayacatzin, tlatoani de Tenochtitlan, era mujer de Moquihuixtli. Esta señora todo lo informaba en Tenochtitlan, pues las pláticas de guerra de Moquíhuix tenía en secreto, ella las iba a referir a Axayacatzin. De muchas maneras escandalizó Moquihuixtli a la ciudad; a sus mujeres les ponía rellenos de pochote para que parecieran más grandes. Y a la señora que era hija de Axayacatzin le metía el brazo por entre las piernas mientras que con la mano palpaba dentro de su natura. Y se dice que la natura de la señora le habló, diciendo: “¿Por qué estás afligido, Moquíhuix? ¿Por qué has abandonado a tu ciudad? Ya no será; ya no amanecerá”. Luego sucedió que (Moquíhuix) regó su simiente dentro del palacio; se divertía untando su miembro con babas de nopal. Desnudaba a sus mujeres y hacía que se ungieran el cuerpo con aceite de trementina. Después se quedaba mirándolas. Tras varios agüeros (y escándalos), Moquihuixtli envió mensajeros a Cuauhtitlán para hablar con el tlatoani Ayactlacatzin y pedirle ayuda, pero éste no los escuchó.

II

El señor de Tlatelulco estaba casado con una hija o hermana del rey de México, Axayacatl. Dice la historia que mientras ella dormía soñó que sus partes impúdicas hablaban y que con voz lastimosas decían: “¡Ay de mí, señora mía, qué será de mí mañana a estas horas!” Despertando del sueño con mucho temor, ella contó a su marido lo que había soñado, e importunándole le dijo que quería poner el sueño en práctica.
Después, del libro Historia de las Indias de Nueva España de Fray Diego Durán, recuperamos este acontecimiento.

III

Cuando Moquihuix y Teconal se vieron perdidos y notaron que más que pelear, la gente huía, se subieron a lo alto del templo. Para entretener a los mexicanos y ellos poderse rehacer, usaron de un ardid, y juntando gran número de mujeres y desnudándolas todas en cueros y haciendo un escuadrón de ellas, las echaron hacia los mexicanos que peleaban, furiosos. Estas mujeres, así desnudas y con sus pechos y partes vergonzosas descubiertas, venían dándose palmadas en las barrigas, y otras mostrando las tetas y exprimiendo su leche para rociarla sobre los mexicanos. Junto a ellas venía otro escuadrón de niños, todos en cueros. Tenían embijadas las caras y emplumadas las cabezas, y hacían un llanto lamentable. Viendo una cosa tan torpe, mandó el rey Axayacatl que no hiciesen mal a mujer alguna , empero que fuesen presas y los niños juntamente.

Historias indígenas aparte, no espere a que le avienten a las mujeres en pelotas, o que su “natura” le hable, o que la baba de nopal venga a salvarle la falta de lubricidad. Mejor cuéntenos sus opiniones y escríbanos a rumiantes@elcencerro.ca

Sobre Contrapique

Contrapique es un colectivo de fotógrafas, fotógrafos y realizadores audiovisuales que hacen parte de los proyectos documentales desarrollados por la organización político-cultural Voces de Libertad. Enesteespacio conviven varios lenguajes: músicas, danzas, fotografías, literatura y otras artes. Su trabajo fotográfico independiente se remonta tres años atrás, pero es en mayo de 2017, en la inauguración de La Casa de la Cultura Rebelde, cuando transitan a la identidad colectiva.

El colectivo surge con el ideal de generar una corriente contra-cultural y contestataria dentro del documentalismo en Ecuador. Reivindica los principios de independencia, autogestión y la libre difusión del material producido. Ellos ligan lo político desde la fotografía. Aprehenden la realidad desde abajo,  inmersos en las luchas de los sectores que retratan, hacen foto periodismo. Además,  Contrapique  participa de la lucha, no sólo la retrata. A sus miembros no le importa dejar la cámara, si es necesario, para tomar las banderas.

Parafraseando a Eduardo Galeano, las personas que conforman este colectivo cuentan historias y muestran la realidad desde abajo, a diferencia de los fotógrafos de la sociedad de consumo, quienes en fugaces visitas a los escenarios de la desesperación o la violencia, bajan del avión o del helicóptero, oprimen el disparador, estallan el fogonazo del flash: fusilan y huyen. Se asoman a la realidad, pero no entran. Miran sin ver y crean  imágenes que no dicen nada. Contrapiqueno fotografía fantasmas convertidos en objeto de consumo. No le interesa el mercado de la opulencia, donde la miseria se convierte en mercancía cotizada.

Contrapique toma su nombre del contrapicado, clasificación de la fotografía por el ángulo desde abajo, desde donde se toman las imágenes. Ellos vienen desde los sectores oprimidos y toman partido ensuciándose hasta el cuello. A sus integrantes no les importa la existencia del fotógrafo individualmente, sino el trabajo y la firma colectiva. Además, se preocupan de capturar lo que necesita ser recordado mucho y siempre.

Puño en Alto, que recupera las luchas de varias organizaciones integrantes del Bloque Proletario. El colectivo también  ha producido Mujer campesina, (Bolivia, Perú, Ecuador), Todo es posible en Democracia: 68/43, Cotidianidad del Centro Histórico de Quito (Everydaylamarin), la exposición callejera sobre la mujer: Warmi resiste, y varios trabajos más desde lo que se conoce como el documental de bolsillo o de Guerrilla. Ausencias (video-exposición), sobre familiares de desaparecidos de la Asociación de Familiares y Amigos de Personas Desaparecidas (ASFADEC), proyecto que, pese a sus limitaciones técnicas, representa el ejemplo de las luchas donde Contrapique quiere participar.

https://www.instagram.com/contrapique/,   https://www.facebook.com/contrapique/

Contrapique.

 

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Asalto a Francomar Naviera Sociedad Anónima

por Victor Porter[1]

En la media mañana del jueves, Carlitos y yo nos hacíamos los ocupados en nuestra estación de mensajeros, atrás y casi tapados por Recepción. Adornito estaba en su silla alta, desde su lugar veía por las paredes y la puerta de vidrio todo lo que pasaba en el pasillo, y por un espejo metálico controlaba los ascensores y la escalera. Nada lo alteraba. Adornito medía más de dos metros, y sus manos eran tan grandes que la pistola 45 parecía de juguete cuando la agarraba; la había bautizado La Monja, porque nunca entró en acción. Él se entretenía jugando con su equipo de radio, le gustaba practicar y decir:

―Afirmativo, cambio y fuera, aquí oficial Esteves cambio… ―Lo triste es que la otra radio estaba en la caja, sin pilas y nadie le contestaba nunca.

La semana pintaba como que iba a terminar bien. Ya era jueves y lo más pesado había pasado. Los días anteriores fueron ir y venir del Banco de Boston en Florida y Diagonal hasta la oficina en Corrientes y Reconquista varias veces por día, ida y vuelta, con bolsos llenos de dólares; ojo, miles de dólares, Carlitos, el Gordo Vitale y yo, custodiados por Adornito Esteves.

Adornito miraba nervioso mientras nosotros nos íbamos pasando los bolsos llenos de guita de lado a lado de la calle Florida como si estuviésemos jugando al rugby,

―Más juicio muchachos, en serio ―nos decía.

En realidad, no había ningún peligro, eran los primeros meses de la dictadura y la cosa estaba bravísima. Nadie salía a robar, las calles estaban llenas de policías, soldados, gendarmes, y lo peor, los grupos de militares de civil, la patota aterrorizando a todo el mundo.

Dos semanas atrás habían cerrado el arreglo, Francomar Naviera le compraba al Estado casi toda la flota mercante. Compraba es una manera de contar la historia, porque en realidad fue un regalo. El pago se hizo a través de un trámite de bancos, así que este traslado de casi tres millones de dólares en manos de dos mensajeros casi adolescentes, (Carlitos y yo) un empleado contable (Gordo Vitale) y un custodio (Adornito Esteves) era sin duda dinero en efectivo para comisiones y sobornos.

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Todo lo que nos quedaba por hacer entre el jueves y el viernes era, si nos pedían, ayudar a ensobrar los sueldos, ya que había cinco buques en el puerto, cinco tripulaciones completas listas para cobrar meses atrasados. Fuera de eso, todo pintaba bien, viernes y fin de semana, primavera tardía, asado en casa y fútbol.

Así que ahí estábamos cada uno de nosotros en su puesto, esperando nada. La recepción y el conmutador de teléfonos eran el territorio indiscutido de Graciela, morocha de 40 y pico, vencedora de muchas batallas. Verla entrar a la oficina por la mañana era escuchar el tango que dice : “Del barrio de las latas se vino pa’ Corrientes con un par de alpargatas y pilchas indecentes…” Graciela, llena de contradicciones y prejuicios, les perdonaba la vida a los de Contaduría, gente de barrio; aborrecía a los de Cargas  y Relaciones Comerciales, todos de apellido inglés y ex alumnos de colegios privados, adoraba a los capitanes, veneraba a los gerentes, y odiaba a muerte a la Señora Julia, su archienemiga Secretaria Ejecutiva de los poderosos. La Señora Julia controlaba el acceso al Santo Santorum de Francomar, las oficinas del Contra Almirante Villasín y de Philip Tevenaz, el hijo del dueño.

Y de repente, ahí están siete aparecidos: una mujer más fibrosa que flaca, pelo castaño oscuro, ojos negros, nariz de águila, tensa como un violín. Tres hombres más jóvenes que ella, de traje, y otros tres vestidos de operarios especializados, llenos de herramientas, ataviados con mamelucos, empujando un carrito lleno de cajas.

La elegancia de los aparecidos (menos los operarios) obligó a Graciela a ofrecerles:

―Un cafecito o algo para tomar mientras los señores esperan…

Pero la mujer que comandaba a los otros seis, (a quien llamaremos Águila de aquí en adelante, por lo filosa que era su nariz)  y los trajes sacaron de no sé dónde unas armas que parecían de Star Wars. Graciela se puso gris del susto, Carlitos y yo ni nos movimos ni abrimos la boca. Adornito ni intento sacar a La Monja de la sobaquera, se dio cuenta que éstos no le tenían miedo y su instinto le indicó que se tenía que dejar atar sin dar mucho trabajo. Mientras ataban a Adornito, Águila dijo:

―No somos ladrones, somos la milicia popular resistiendo a la dictadura.

Graciela atinó una protesta, pero Águila le dijo “no” con el dedo, llevándoselo a los labios primero para indicar ¡silencio!, y al cuello después sugiriendo ¡te mato!

Mientras los operarios especializados montaban un cartel hacia el pasillo que decía: “Estamos filmando, disculpe las molestias”, los trajes nos arriaban a todos ya esposados rumbo al salón de archivo.

El camino hasta el archivo fue eterno y tortuoso. Los de Contaduría no hicieron el menor intento de resistir. El gordo Vitale, Ducati, el ruso Livobsky y Souza largaron las calculadoras y las planillas, y se pararon en un solo movimiento con las manos ya en alto; parecía que lo habían ensayado.

Los aristogatos de Cargas y Relaciones Comerciales mostraban su indignación resoplando y meneando la cabeza, pero nada más que eso. Marcaron el paso como cualquier hijo de vecino en estas circunstancias. La cosa empezó a enturbiarse cuando llegamos a la oficina de Ricardo Passello, Jefe de Recursos Humanos y Personal Embarcado. Todos sabíamos que Passello era un reverendo hijo de puta, pero como todo el mundo evitaba entrar a su oficina (en especial las mujeres), no sabíamos que tenía una foto del dictador enmarcada en su escritorio con una dedicatoria que decía “al amigo Ricardo, con gratitud”. Traje dos vio la foto mientras esposaba a Passello y se enloqueció. Águila y los otros iban a intervenir, pero algo los frenó. Lo dejaron hacer.

―Sácate la corbata, amigo Ricardo, y con la corbata te colgás del cuello el retrato de tu amigo de manera que todos lo veamos, y también te bajás los pantalones hasta los tobillos y los dejás ahí, si te tropezás te cago a patadas.

Águila se acercó y agregó:

―Hoy te salvas por que venimos a recuperar el dinero para el pueblo, si no te hacíamos un juicio revolucionario aquí mismo y cagabas fuego.

La Señora Julia escuchó ruidos inusuales y salió de su santuario protestando. Cuando vio lo que pasaba, empezó a gritar. Águila la agarró del cuello y la apretó contra la pared.

―Grita otra vez y no te suelto, ¿entendido? ―Lívida, la Señora Julia dijo sí con los ojos y Águila la soltó. La esposó y seguimos la peregrinación.

20

El caldo siguió espesándose en Finanzas. Ahí estaban el Contador Canepa, la caja fuerte y la Doctora Roel. Canepa no aguantaba la situación. El todopoderoso que se cagaba en casi todos, que firmaba los cheques y controlaba la caja fuerte, tenía ahora que hacer caso, bajar la cabeza y dejarse esposar. Estaba colorado como un tomate, transpiraba y casi le salía humo; yo pensé que iba a reventar en cualquier momento de un infarto.

La Doctora Roel lo tomó todo con calma y la elegancia de siempre. La Doctora Roel era todo clase, sonrisa perfecta y permanente, gasa, seda, ropa europea, tacos altos, unas pantorrillas esculpidas a fuerza de clases de ballet y el pelo siempre flotando al viento, como una propaganda de shampoo, aunque no haya viento. La Doctora Roel extendió sus brazos a lo Juana de Arco rindiéndose y Traje tres, casi pidiéndole perdón, hizo lugar entre las pulseras de oro y piedras para calzarle las esposas.

Los Capitanes estaban de gira en el puerto, y sólo quedaban el Contra Almirante Villasín y Phillipe Tevenaz, el hijo del dueño, el heredero. Acá la cosa tomó un aire solemne, Águila les dijo de entrada:

―Hoy no les toca a ustedes. Si todos se comportan, nadie sale lastimado. Dé el ejemplo, Contra Almirante, sea sensato.

En el archivo nos hicieron sentar. Nos iban preguntando el apellido a cada uno y lo anotaban en unas tarjetas autoadhesivas que decían “hello my name is”, y nos las pegaban en el pecho. Dos de los operarios especializados se llevaron a Canepa a su oficina, me imagino que para abrir la caja fuerte, ya que a los cinco minutos volvieron con un Canepa enfurecido y con los ojos desorbitados, pero callado, y seis bolsos inmensos llenos de dinero.

El tercer operario especializado iba y venía con cables y aparatitos, Águila miraba su reloj cada tanto y los Trajes nos mantenían quietos y callados. De repente Passello intentó levantarse  pero sus pantalones enredados en los ovillos lo hicieron caer de frente. Cayó sobre el retrato del General que se rompió, y el vidrio se le clavó en el hombro. Yo instintivamente me levanté a ayudarlo, pero creo que fue Traje dos el que me sentó de un trompazo en la nariz que me dejó el labio roto y la nariz sangrando. Esto no estaba en los planes, pensé, pero ¿qué iba a hacer? La Doctora Roel se puso pálida, ella era Doctora en estadísticas y finanzas y, además, nada en su vida la preparó para esta aventura. Se ve que la sangre la descomponía. Operario Especializado uno abrió una caja de primeros auxilios y nos arregló, primero a Passello y después a mí con una precisión única.

Había un silencio ominoso, subrayado por el tic-tac del reloj. Todos nosotros sentaditos sin hablar ni mirarnos. El aire pesadísimo, y nuestras etiquetitas con el “hello my name is” nos hacían parecer en una conferencia de condenados a muerte. Operario Especializado tres, petiso y con anteojos, entró al archivo, se refregó las manos y dijo:

―Presten mucha atención. En lo que voy a decir les va la vida. En unos minutos nos vamos, ustedes quedan acá, en un área que comprende el archivo, el baño, y la cocina. Hay un perímetro alambrado que no deben cruzar, si lo hacen unos dispositivos magnéticos activan los detonantes conectados a unos explosivos jamás usados en el país, y esto vuela en pedazos. Además, los catorce pisos que tienen arriba van a caer.

Un ruido extraño y espeluznante interrumpió al petiso, algo así como el rugir de tripas de un rinoceronte blanco, y nadie podía creer lo que pasó, la Doctora Roel se cagó encima. No sé cómo lo hizo, pero estaba bañada de la cintura para abajo en un caldo marrón-verdoso todavía en movimiento, con sólidos empujados por la onda expansiva, ni los zapatos de taco alto se salvaron.

¡Que cuadro, amigo! Passello con el hombro echo mierda, yo con la nariz y la trompa sangrando, la Señora Julia con los dedos de Águila estampados en el cogote y la Doctora Roel…

Águila retomo el mando de la situación y preguntó:

― ¿Alguien tiene ropa para que esta mujer se cambie?

Souza levantó la mano como si estuviésemos en la escuela y ofreció:

―Yo juego al fútbol y le puedo prestar mi equipo.

―Déselo, dijo Águila, y mandó a un Traje a acompañar a Souza para traer el bolso.

Canepa no pudo callarse y agregó:

―Apúrense que hay un olor imposi…

―Águila, con la velocidad de un trueno, le metió un patadón en los huevos y lo dejó partido al medio y sin respiración. Canepa lloraba sin ruido ni movimiento.

―Y al que se ría de la señora, hoy o cuando sea, lo reviento. Dijo Águila. Después le pidió a la señora Julia que acompañara a la doctora a cambiarse.

Volvieron las dos del baño. No es que el uniforme de Souza del Juventud y Esperanza Fútbol Cluble quedara mal, pero el color no le sentaba: un mostaza metalizado de la camiseta, el pantalón negro, y las medias blancas con rayas mostaza haciendo juego con la camiseta. Y para rematar, la publicidad del patrocinador del equipo: Carnicería La Mimosa. La Doctora Roel casi no existía, volvió un fantasma vestida de jugador de fútbol con mirada perdida.

¿Qué más nos podía pasar ese día? Por suerte el asalto casi terminaba. En unas cajas nos dejaron comida y agua. Nos recordaron lo de los cables y la explosión, después se fueron.

Nadie se movió ni dijo nada por unos minutos que parecieron horas. Después, de a poco, se envalentonaron. Nada menos que Passello, herido y con los pantalones enrollados en los tobillos, dijo ignorándonos a todos:

―Contra Almirante, acá hubo un entregador.

Con disimulo, algunos empezaron a mirar a Livobsky, judío, pelirrojo, amante de la música clásica, culpable endémico de todas las cagadas grandes.

¿Un entregador?, más bien dos, pensé yo, e hice un esfuerzo grande para no mirar a Carlitos, quien seguro estaba pensando lo mismo que yo.

A las dos semanas, durante la evaluación de la operación, Carlitos y yo nos enteramos de que los millones eran cinco en vez de tres. Y que en la caja fuerte de Canepa estaba la lista de todos los militares sobornados, así como cuánto tenía que recibir cada uno. También supimos que todos los camaradas se retiraron en orden, y que a Carlitos y a mí nos nominaron para un ascenso en las fuerzas de la resistencia.

―Perdóname por el tortazo pibe, me dijo Traje dos, era para protegerte.

 

[1]   Narrador argentino que vive en Vancouver y miembro del taller de El Cencerro.

Una forma de entretenimiento

por los Editoras

Cuando pensamos en los grandes temas de la literatura, aquellos que seguramente se nos vienen primero a la mente son el amor y la muerte. En una interesante re-escritura de este lugar común, el escritor argentino recientemente fallecido Ricardo Piglia solía decir que en el fondo sólo había dos formas de narrar: contando un viaje o un crimen. Si entendemos el viaje como una metáfora habitual de la vida, (y recordamos que Freud opuso a su pulsión de muerte precisamente la pulsión de Eros); podemos entender el relato de un crimen como una manera más o menos oblicua de hablar de la muerte.

La preocupación por el crimen, de hecho, aparece con la escritura misma, incluso siglos antes de que la entendamos como literatura: vemos un desfile de fratricidios, parricidios, regicidios, teocidios en las narraciones fundacionales, religiosas o míticas de civilizaciones mediterráneas (Caín matando a Abel, Edipo quitándole la vida a su padre, Gilgamesh matando a Humbaba) pero también de pueblos originarios americanos (basta recordar el asesinato del dios maya Vucub Caquix por parte de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué en el Popol Vuh).

Como sabemos, en la mayor parte de estos ejemplos clásicos, el crimen a menudo aparece imaginado como la interrupción de un orden. Para restablecerlo, sus perpetradores deben ser castigados. Desde que los románticos transforman la subjetividad occidental a finales del siglo XVIII, al calor de la revolución francesa (un evento visto como un gran acto criminal por sus víctimas: la nobleza europea), el crimen y sobre todo el criminal, abandonan paulatinamente su dimensión unívocamente indeseada. Mientras que los criminales empiezan a convertirse en auténticos héroes de novelas o cuentos cortos (Raskólnikov de Dostoievsky y “Los asesinos” de Hemingway tal vez sean los ejemplos más paradigmáticos); el aura punitiva que sabía rodear a los crímenes empieza a diluirse. El crimen, más que una aberración moral, comienza a ser entendido entonces como una forma más de entretenimiento. Ya en 1827, el ensayista británico Thomas de Quincey habla del asesinato como un hecho estético, una de las tantas formas de las “bellas artes”, allanando el terreno para que Edgar Allan Poe inaugurara dos décadas más tarde uno de los géneros literarios más importantes de la modernidad: aquello que los anglosajones denominan crime fiction y que (como también señaló Piglia en varias ocasiones) resulta un término mucho más adecuado y preciso que su traducción castellana “novela policial”.

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Desde nuestro siglo veintiuno, el crimen y las palabras parecen inseparables. El crimen nos rodea, omnipresente, sobrevolando nuestra cotidianidad no sólo en los libros, sino también en la prensa, los noticieros, el cine, las series de televisión, en cada uno de los rincones de internet. Aún reteniendo su carácter primigenio de transgresión del orden social, la valoración del crimen como una forma de entretenimiento ha ganado, indiscutiblemente, la partida. Pese a esta omnipresencia (que quizá debamos entender como un síntoma), el crimen nos sigue atrayendo y continúa satisfaciendo distintos apetitos: la curiosidad morbosa y el deseo de huir de la monotonía por parte del lector (que explica que los best-sellers casi que exijan en sus narraciones la investigación de un crimen), pero también el hambre por entender lo social y lo humano.

Como nos recuerda Josefina Ludmer al comienzo de su monumental ensayo El cuerpo del delito, Marx mismo detectó el potencial productivo del crimen, al nombrar todo aquello que genera: entre otras muchas cosas, instituciones que fabrican legítimos y respetados puestos de trabajo con sus respectivos salarios (abogados, policías, jueces, fiscales, periodistas y, más recientemente, psiquiatras, criminólogos, peritos forenses, etc.).

Esta paradoja (la dimensión destructiva y constructiva del crimen) nos permite pensarlo como una arista de lo social y lo humano tan válida como cualquier otra. Por un lado porque, como apunta Paco Taibo II, la mal llamada novela policial ha heredado la canalización de la crítica social en la literatura que hace unas décadas, durante la guerra fría, fue patrimonio de la ciencia ficción. Por otro lado, porque si el crimen está tan imbricado en nuestras vidas y muertes, qué mejor que ahondar en él para hablar de ellas.

Para no sólo entretenernos, los y las Cencerros dedicamos esta edición a toquetear de varias maneras al crimen sin perder la dimensión social y menos obviar nuestro posicionamiento respecto a las injusticias. Ojalá nuestro esfuerzo no encuentre un criminal silencio en nuestros lectores. Usted también diviértase cometiendo el crimen de escribirnos sus opiniones a rumiantes@elcencerro.ca

Yo soy Ahed

por José Steinsleger

El lector memorioso recordará a Malala, la joven activista paquistaní que a los 15 años fue atacada a tiros por un terrorista talibán en un autobús escolar que circulaba por la ciudad de Mingora (2012).

Malala Yousafazi empezó su militancia a los 11 años, y en 2011 recibió dos importantes premios por su defensa de la educación de las niñas, los derechos civiles y de las mujeres en el valle del río Swat (provincia de Khyber), controlada por el régimen talibán.

Luego del atentado, el ex primer ministro inglés Gordon Brown emitió una petición titulada Yo soy Malala, y la Unesco lanzó la campaña Stand up for Malala. Malala fue recibida en la Casa Banca por el entonces presidente Barak Obama, por el secretario general de la ONU Ban Ki-moon, y pronunció un discurso ante la Asamblea General.

Los medios occidentales la encumbraron: biografías, entrevistas, documentales. Sólo en 2013, Malala fue galardonada con más de 10 grandes premios internacionales. La revista Time la nombró una de las 100 personas más influyentesdel mundo, y Glamour mujer del año, la nominó para el Nobel de la Paz que finalmente obtuvo, con tan sólo 17 años (2014).

En el extremo opuesto, tenemos a la niña judía Yifat Alkobi, quien en 2011 abofeteó a un soldado que la detuvo por tirar piedras contra los palestinos. Yifat fue liberada el mismo día de su detención, y se le permitió regresar al hogar. Antes del incidente, Yifat había sido condenada cinco veces por conducta desordenada. Sin embargo, no fue encarcelada ni una sola vez.

Las vidas de Malala y Yifat son totalmente distintas a la de Ahed Tamimi, niña palestina de 16 años. El 19 de diciembre pasado, en el curso de las protestas contra la decisión de Washington de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, Ahmed cometió un delitosimilar al de Yifat. Sólo que en lugar de una bofetada judía, el soldado que entró al patio trasero de su casa recibió una bofetada palestina.

Ahed nació en Nabi Saleh, aldea situada a 20 kilómetros de Ramalá (Cisjordania) y cercada por el asentamiento ilegal judío de Halamish que desde 2009 la priva de tierra y agua. Milita desde los nueve años, y así como tantos niños palestinos, creció con la ansiedad de ser despertada en sus habitaciones, por soldados armados y con máscaras.

Ahed ha sido testigo de la detención y asesinato de varios miembros de su familia. A un hermano de su madre, Nariman, lo asesinaron delante de ella, en una protesta (2011); al hermano le partieron el brazo. Bassam Tamimi, el papá, ha pasado nueve veces por las cárceles; la madre también, cuatro o cinco veces. Y a los 12, Ahmed apareció en un video que se hizo viral, mordiendo a un soldado judío cuando pisoteaba a su hermano.

El periodista Gideon Levy escribió acerca las razones por la que una adolescente palestina está volviendo loco a Israel. Dijo que la niña “destrozó varios mitos de los israelíes. Lo peor de todo es que se atrevió a dañar el mito israelí de la masculinidad […] ¿Qué va a pasar con nuestro machismo, que Tamimi rompió tan fácilmente, y nuestra testosterona? (Haaretz,21/12/17).

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Aunque posiblemente, lo que vuelve locos a los israelíes es que Ahed Tamimi podría pasar por una de sus hijas: piel blanca, largo cabello rubio rizado, ojos azules, y rasgos que parecen más europeos que árabes. Pero académicas como Shenila Khoja-Moolji, Miriam Ticktin o Carolina Bracco ofrecen lecturas menos mediáticas.

Según ellas, Ahmed tiene claro que mujer, vida, tierra y cuerpo son la misma cosa en Palestina. Por esto, cuando la entidad colonial se quiso aprovechar de la concepción el honor antes que la tierra, las mujeres de Nabi Saleh respondieron: la tierra antes que el honor.

Niñas como Ahed, sostienen, critican el colonialismo sionista y distan de enarbolar la feminidad empoderada que la cultura occidental pretende validar. Ella busca la justicia contra la opresión en lugar del empoderamientofemenino, individualista y abstracto.

Mientras, el papá de Ahed plantea dos frentes de lucha: por un lado, el deber de seguir desafiando y combatiendo el colonialismo israelí en el que ellas nacieron, hasta el día en que se derrumbe. Por otro, afrontar con audacia el estancamiento político y la degeneración que se ha extendido entre nosotros.

Ahed fue detenida junto con su madre y prima (Nariman y Nur) y el periodista israelí Ben Caspit (quien posa de progresista) recomendó en el diario Maariv hacerles pagar en la oscuridad, sin testigos ni cámaras. Un tribunal militar imputó a la niña de 12 delitos (entre ellos incitación al terrorismo), y el ministro de educación Naftali Bennett quiere que Ahed y su familia terminen sus días en prisión.

Entrevistado por el portal Nodal, el español Manuel Pineda (cofundador de la organización no gubernamental Unadikum y amigo de la familia de Ahed), advierte que en Tel Aviv crecen las voces que piden para Ahed desde 20 años de cárcel a cadena perpetua. “En los interrogatorios –comenta– ella no responde nada. Todavía no han conseguido que diga su nombre”.

Ahed se niega a responder a los soldados, fiscales y autoridades del enclave colonial sionista. Simplemente, no los reconoce. La nueva heroína de la causa palestina pasó la última noche del año en una celda helada y esposada de pies y manos.

Envenenar el agua

La sección de Caballo Viejo comenzará a traer algo de la creación de los artistas latinos, para comenzar a difundir el trabajo de quienes desde la música también son parte del rebaño. En esta edición, traemos un arreglo musical de Inti Gatica, escritor y compositor de Oaxaca, México. El musicaliza el poema Envenenar el agua, del libro Broken Man.

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