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Armar la Rumba

por los Editoras

Tienen mucha razón los Van Van de Cuba cuando dicen “Bailen, aquí el que baila, gana”. El bailar posee una cantidad inigualable de beneficios desde físicos hasta políticos. Por ello, en esta edición de El Cencerro saldrán a la pista plumas de pavos reales, garras de halcones, pesuñas de rumiantes alebrestados y patas de gorilas emocionados.

Bailar es una de las mejores formas de ejercitarse. Un buen bailarín mueve simultáneamente una gran cantidad de músculos. Como reacción a esta  activación muscular, el corazón se sincroniza con el ritmo, acelerándose para lograr bombear suficiente sangre a los lugares en movimiento. La coordinación que implica el baile permite establecer nuevas conexiones cerebrales, creando y recreando memorias de movimiento.  Al mismo tiempo,  estimula las áreas del cerebro relacionadas con la creatividad, convirtiendo al ejecutante en un artista. Pero no se achicopale, esto no pasa sólo con danzantes profesionales. Estas reacciones suceden incluso cuando zapateamos por primera vez. Si no se acelera su corazón por el movimiento, por lo menos lo hará por la ansiedad de no tropezarse en la pista o pisar a su pareja. Hasta el cerdo, animal ridiculizado y degradado, es capaz de aprender algunos pasos de baile por puro entretenimiento, o tal vez como estrategia para bajar unos kilos y aplazar así su viaje al matadero.

El baile también ayuda a la cohesión social. Según la coreógrafa afroamericana Camille A. Brown, “el baile es un lenguaje, una expresión que emerge de una comunidad. […]. Saberse los pasos significa pertenecer al grupo”. Es común que, en un ambiente festivo, la gente copie los movimientos de otros, se generen coreografías o se siga a un líder. Todo esto busca construir  empatía, hacernos sentir parte de una comunidad  y evitar conflictos. Por ejemplo, los grupos urbanos de las calles de Saltillo, México, se reúnen a bailar lo que llaman “La Colombia”, una mezcla de cumbia tradicional colombiana con efectos electrónicos y looks urbanos. A través del baile saldan cuentas entre pandillas, luchan contra adicciones y sustituyen las peleas con armas por las guerras de baile. Es decir, bailar transmite identidad, ayuda a reducir el estrés y a lidiar con la depresión. Al activar el sistema de endorfinas, genera una sensación de calidez y calma que nos hace sentir más cercanos a la gente que danza con nosotros. Muchas de las mejores relaciones se construyen a través del baile y la fiesta.

Además,  en el reino animal el baile sirve para atraer al sexo opuesto . Por ejemplo, cuando llega la época de apareamiento, los delfines machos rosados del Amazonas golpean el agua con ramas y juncos.  “Lo hacen para atraer a las damas,” dice Tony Martin, de la Universidad de Kent “Un macho puede salir varias veces a la superficie con un objeto aferrado en el hocico, para luego girar lentamente sobre sí mismo.” Como en un acto de danza acrobática, el mejor bailarín conseguirá aparearse.

Los seres humanos no nos quedamos atrás.  Nick Neave, investigador de la Universidad de Northumbria (Reino Unido), realizó un estudio entre hombres y mujeres para investigar qué movimientos resultan más atractivos en ambos géneros. Ponga atención, esta valiosa información podría convertirlo en  rey o reina de la pista. Si usted es hombre, debe saber que las mujeres se fijan sobre todo en los movimientos de su cabeza, cuello y hombros. Por su lado, el éxito de las mujeres reside en un buen balanceo de caderas, un movimiento asimétrico de muslos y uno intermedio de brazos. 

No se quede sentado con estos datos a la mano.  Agarre a su pareja o baile solo si prefiere, pero atrévase a salir al ruedo y disfrutar  de los placeres y beneficios de mover el esqueleto.  En esta ocasión, poco importa que, si por zarandearse a ritmo de cualquier música, usted no manda sus comentarios a  rumiantes@elcencerro.ca.

Bailar salsa en Caracas, con o sin pareja

por Rodrigo Benavides

Las posibilidades sonoras y rítmicas que se despliegan en toda la Cuenca del Mar Caribe son tan amplias y diversas que sus límites – si llegaran a existir – se ubican en los propios individuos que conforman el volumen total de personas que a ellas responden, ya sea porque bailan sus compases o interpretan algún instrumento. Un componente explosivo se manifiesta en el carácter repentista, informal e intenso de la gente que nace en esta parte del mundo. Por eso, “con el descubrimiento de América, la vida toma una nueva dimensión: se pasa de la geometría plana a la geografía del espacio… Todo este drama se vivió, tanto más que en ningún otro sitio del planeta, en el mar Caribe. Allí ocurrió el descubrimiento, se inició la conquista, se formó la academia de los aventureros.” Así comienza el memorable ensayo Biografía del Caribe, escrito por el historiador colombiano Germán Arciniegas en 1945.

En la dimensión de la música denominada salsa, que se baila, canta y vive con fervor en Venezuela, en mayor medida cerca y a lo largo de la geografía costera nacional, hay suficiente espacio para que todos sus artífices le impriman un volcán de pasión a la expresividad de sentimientos que abarcan la dulzura del bolero – la cercanía de los cuerpos que se suman – y la entrega al movimiento exponencial – los cuerpos que se complementan – en un campo mutuo, colectivo y personal, allí donde no hay rutina y la improvisación constituye un desafío permanente.

Pollo de sangre azul

La ciudad de Caracas no recibe directamente los aires que se desplazan sobre las aguas del Mar Caribe porque se interpone el majestuoso Parque Nacional Waraira Repano (Cerro El Ávila), máxima elevación de la cordillera de la Costa, desde cuya cima, a poco más de dos mil metros de altura, es posible apreciar una escala geográfica representativa del universo tropical americano. A pesar de la distancia al mar, en Caracas se concentra el sabor directo del Caribe por diversas vías, entre ellas el humor y, en la red de busetas cuyos conductores hacen sonar en esas unidades de transporte colectivo, un sinfín de canciones pertenecientes al género de la salsa de todo tiempo. En algunas busetas la programación se sintoniza a emisoras de radio especializadas; mientras que en otras, la musicalidad proviene de discos compactos de gran circulación, regrabados y vendidos a gran escala, mp3, y compilaciones seleccionadas y realizadas por los propios conductores. Estas naves parecen museos musicales ambulantes, visitados a diario por pasajeros tarareando las canciones que escuchan. La salsa, además, no requiere de pistas para ser bailada: en estas unidades de transporte también es común ver personas que no pueden resistir el tumbao de esta música pegajosa, por lo cual desencadenan su tongoneo personal, bailando sin pareja y moviendo el cuerpo en una sintonía cultural compartida – una gran fiesta vital – como una manifestación más de la alegría de ser y vivir.

Ese contoneo responde a un imán rítmico creciente cuyo centro magnético se ha ido desplazando desde África – la Madre original – con sus elementos percusivos replicando los latidos de la tierra, transportados en cestas flotantes de madera sobre grandes olas, entre cuyas crestas repiqueteaban castañuelas andaluzas en cubierta buscando las costas de una tierra desconocida, desembocando finalmente ante la inmensidad de las selvas que bajaron por el gran río Orinoco en alas de pájaros antiguos y en las maracas de sabios Shamanes de la Indo-América profunda. Este gran viaje intercultural que es la salsa, propagado por mares, lagos, océanos y ríos (entre ellos el Guadalquivir, el Mar Mediterráneo, los ríos de la costa occidental africana, el Océano Atlántico, El Caribe, el Mar de las Antillas, el Orinoco y el Lago de Maracaibo), sigue haciendo vigente el sentido de aquella voz popular que asegura que ¿ en el Caribe, el que no baila, sufre.

Inmediatez del color

por Raúl Gatica

En Impresiones del Mundo, exposición del pintor mexicano Humberto Rivera hospedada del 1 al 31 de Marzo de 2017 en el Britannia Art Gallery de Vancouver, una línea que pudiera parecer  accidental para un espectador inexperto como yo da forma a un buey, o a una vaca quizás. Sin esa raya, el cuadro no tendría sentido, al menos no para  mí. Pero también hay piedras, o acaso  el sabor de ellas, en los colores marrones, amarillentos y cafés que inundan casi todo cuadro del artista. . Claro, sin obviar los azules que, como charco de sangre, escurren de una sublimación de pollo rostizado,  ¿quizás para implicar que ellos sí  son de sangre azul?  Y los poderosos rojos que sin antifaz muestran borrascosas violencias.  Esas y otras impresiones desatan  los trabajos del también padre de Quijotes despeinados.

Pero las obras de Rivera no sólo muestran muestra  a un pintor juguetón con los colores, sino también al ebanista cuyo mayor desafío es  vencer la tentación de darle forma definida al conjunto. Es  también aquelarre de pinceles guiados por las vísceras. Un tour por muchos vericuetos de tonalidades. Un retrato del mundo experimentado por Humberto, dónde la brújula de su sensibilidad impide  cualquier extravío.  Es  refrescante tropezar con ríos ciegos de certezas intentando encontrar su ruta para terminar en algo: un lugar donde su cauce  pudiera ser más que insinuación para algunos, y para otros, algo distinto.

No hay duda, todos los cuadros fueron mancha. Quizás nacida en la parte más labrada de un color juntándose con otro. Justo donde amanecen y se arrastran los demás hijos buscando tener algún pigmento alejado de los básicos. El azul encontró un lugar donde estirar brazos, piernas y todo el esqueleto hasta volverse verde. ¿ Empezó acaso alguno en el rojo, donde el negro se convirtió en  mecedora para arrullar a alguno de sus tonos? ¿Fue la ausencia de color  pretexto para decir “presente”, o para insinuar un pajarraco aferrando el equilibrio de sus patas en un  cable disimulado?  Sin importar lo que fuera, la multitud que asiste a una exposición de Rivera disfruta  una danza de colores, un baile de  imaginación.

Todas  las suposiciones caben en esta orgía colorida que, desterrando imágenes  específicas, convoca a un tango de los sentidos y a una zamba de la curiosidad. Desafía simétricos arcoíris, tentación perenne cuando de tintes se trata. Con el escándalo de sus pinceles, retrata el desenfreno de profundas y escondidas emociones: un  cuadro de amarillos, cafés y verdes regalan un mar con cuerpos en posición de entrega.

El pandemónium y bulla de las obras –  resultado del oficio, habilidad, instinto y quizás hasta zozobra del artista –  nos salvan de aburridas réplicas , por más que un tono azulado  pretenda insinuarlo: ese que enmarca a una pareja en pleno baile; aquel que como cascada va a ninguna parte, y renace como riachuelo casi apuñalado por blancos colgados del vacío; o aquel que, como charco, hospeda al pollo rostizado.

Por la fuerza de blancos

Mientras que en Picasso y  otros cubistas se intenta descifrar la imagen oculta, en el conciliábulo y alharaca de matices que Humberto Rivera nos presume hay una invitación implícita a descubrir el color inicial. . A identificar dónde inició y cómo evolucionó sin dejarse seducir por la tentación de tener “algo” concreto. Aquí, profundamente didáctico, enseña sin reticencias. Las tonalidades paridas de azulesblancoverdeamarillos bajo los cuáles el rojo se cocina, o los caféanaranjadosrojoamarilloverdesgrises en la amenazante ola sobre rojos lava son barahúnda de tonos alumbrando su abstracción. La provocación a encontrar lo que el creador quiso pintar es bujía para novicios boquiabiertos por tanta ilustración.

Impresiones del Mundo funciona con el principio de los ciegos, que con  tacto miran todo. Los colores son lo que sus manos quisieron, y el cuadro será lo que alguien ajeno a él decodifique . Será uno y muchos. Uno y ninguno.  La magia generosa del artista autoriza a que, siendo neófitos enteros, susurremos imágenes, persigamos pistas y hasta nos aventuremos a imaginar r lo que el autor quiso decir en uno u otro cuadro. Y es que Humberto apuesta a un visitante curioso y perspicaz, no a una audiencia de camaradas de oficio.

En  esta  bacanal de colores,  la casualidad no funciona como  técnica o justificación para un mal dibujante, pues  el artista tiene trabajos memorables por su habilidad para ese oficio . De ahí proviene la insistencia en  que en Impresiones del Mundo el mayor reto para  Humberto fue vencer el embaucamiento de la forma definida. En estas obras, él   apuesta  (y gana) a  exprimir las posibles variantes de cada  color. Sólo al final del estruendo de matices que provoca ubica él la clave para lograr  un cuadro terminado.

El creador del festín de tonalidades  únicamente esperaba que su  exposición en el Britannia Art Gallery de Vancouver gustara y, a juzgar por la cantidad de visitantes y la velocidad con la que éstos compraron las obras exhibidas  efectivamente  gustó. .. Yo no compro arte, pero siempre me quedo  con algo gratis. En este caso, con castillos, largas humaredas  y rojos heridos por un blanco que le penetra sin traspasarlo.

Pero usted no se quede con el desliz del aturdimiento que esta reseña puede  haberle causado, mejor descubra en esta edición Cencerril las pinturas de Humberto; y a mí, no me haga caso.

Yo quitaría esta parte porque no me parece que añade mucha información necesaria y le hace a la oración muy larga y un poco confusa. Además, ya estamos bastante lejos de marzo entonces el lector puede preguntarse por qué estamos escribiendo de esto recién ahorita.

Me parece más fuerte la escritura si mantenemos todo en presente a pesar de que la exhibición ya haya pasado porque estás hablando de las obras y del pintor que siguen existiendo aunque  la exhibición ya no esté aquí.

Que linda esta parte, me encanta!!

Se me hace un poco irónico decir que una obra te salva de repeticiones usando tres sinónimos porque me parece que estás haciendo lo que estás criticando de otros artistas, aunque sea pintores, pero gramaticalmente está bien entonces si quieres dejarle déjale no más, vele tú qué te parece mejor.

Mover el Cu…erpo

por Raúl Gatica

Ahora que el baile del tubo ha pasado de ser oficio de putas a herramienta para levantar la autoestima en las mujeres, y hasta para salvar matrimonios, según algunas consejeras, para más de uno y una, bailar se ha convertido en algo tan necesario  como la comida o la bebida. Nada importa si el movimiento es sólo en la boca de la gente cuando un palo se mueve mejor que uno, o a lo salvaje o domesticado, vestido o desnudo, como pretexto o necesidad de sacudir el cu…erpo. Sin duda, bailar es síntoma de salud, medicina contra el mal tiempo y terapia para cualquier desgracia.

Bailamos desde el útero hasta la tumba, en el mingitorio y en la cama;  en todo lugar donde podamos mover el esqueleto. ¿Es tal vez el movimiento del feto ensayo de rocanrol en una pista reducida,  y es acaso el tembloroso bajar del cajón al hoyo para enterrarnos un quejumbroso zapateado?  ¿Es el chisporrotear de la grasa en la incineración  un inconfundible Ska de huesos y carne haciéndose polvo, quizás  Hasta sacudirse el instrumento a la hora de mear requiere de ritmo, y creo que nadie podrá negar que la gimnasia de los cuerpos a la hora de acoplarse es una danza de interminable placer,  ¿cierto?

Y, ¿qué decir de la música que generan? Un concierto a la hora de jugar al amor, copular y alcanzar el más allá. Orgasmo de diferentes dimensiones: aquellos con gemidos y balbuceos, otros con bramidos y gritos emputecidos. Todo un concierto de solfeo y movimientos contra la mojigatería e hipocresía que regularmente cubren las relaciones carnales.

Sin pretender adjudicar quién sería violín o chelo, quién solista o  director de orquesta en la batalla de las ganas hechas carne; ni quién está a cargo del Do-Re-Mi sostenido o los bemoles del perfume deprendiéndose de las intimidades,  enciendo  la imaginación para bosquejar movimientos acoplándose a las piernas de la pareja, a la curvatura de la cintura o la redondez de los pezones sin resbalar jamás.

En la dinámica de los cuerpos, incluso  un mal paso, una pisada de callos oun resbalón de las manos a las nalgas  son parte del ritual.. A practicarlo con cualquier pretexto invita el poeta colombiano Jotamario Arbelaez. Sus palabras bailan desde la cabellera a las medias tobilleras de una colegiala. Hay un ballet con la boca, los botones de la ropa y hasta la atarraya que cubre la respiración de Saba. Y para evitar que  usted baile un tango como Ska,  que una salsa se haga danzón, que  la zumba termine en reggae y que la cumbia se convierta en quebradita, Con y Sin Badajo le pone la música de su poema;  usted encuentre pareja para darle el movimiento que su cuerpo se merece…y necesita.

 

Colegiala Desnuda

Regresa la niña del colegio
Quién sabe qué pensamientos oculta su cabellera negra
Seguramente el profesor calificó mal su tarea
Seguramente  le tocó los senos
Seguramente le prometió un confite
Regresa a su casa la niña que quería ser desencuadernada
Que gustaría ser repasada por un lector ávido de conocimientos
Regresa con el ánimo de despojarse de sus vestiduras
De estrenar su desnudo para ponerse cómoda
Para poder pensar sin problemas en la regla de tres
Regresa la niña del colegio con ganas de chupar un bombón
Y chupando bombón piensa la niña que debe haber algo más dulce
Y la sangre circula como miel por su panal florido
Y ella siente la voz del atavismo cosquilloso que le dice
Que para poder aprender hay que despojarse
Voluntariamente de todo
Y deseosa de aprender ella se va quitando el vestido
Ese vestido de colegio que con tanto cariño le cosió su mamá
La blusa blanca de infinitos botones
La falda azul ajustada con un gancho de nodriza
Los zapatos del uniforme
Las medias tobilleras que escalan sus piernas derechitas
El brassier que contiene principios básicos de trigonometría
Los calzoncitos de amoníaco
Carpa bajo la cual acampa la prodigiosa respiración de la reina de Saba
Mosquitero de los deseos
Atarraya del poniente
Cabo Cañaveral del cohete carnal
La niña sabe que hay un cinco rayado en la mitad de sus piernas
Un coño bien calificado
El honroso diploma
Con el cual se gradúa
Profesional en el amor
Colegiala del alma
Míreme
¿Qué piensa hacer cuando esté grande?
Este párrafo se me hace un poco confuso.

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Gratitud


por Oliver Sacks

Anoche soñé con mercurio: unos glóbulos enormes y relucientes que subían y bajaban. El mercurio es el elemento número 80, y mi sueño me recordaba que el jueves cumpliré ochenta años.

A lo largo de mi vida, he visto cómo los elementos y los aniversarios se entrelazaban desde que era niño, cuando averigüé lo que eran los números atómicos. A los once años podía decir Soy sodio (el elemento 11, y ahora, a los setenta y nueve, soy oro. Hace unos pocos años, cuando le regalé a un amigo un frasco de mercurio por su ochenta cumpleaños – un frasco especial que ni goteaba ni se podía romper –, éste me miró de una manera un tanto rara, pero luego me mandó una preciosa carta en la que acababa bromeando: Cada mañana tomo un poco para mantenerme sano.

¡Ochenta años! Casi no me lo creo. A menudo tengo la impresión de que la vida está a punto de comenzar, sólo para comprender que casi termina. Mi madre era la número dieciséis de dieciocho hermanos; yo soy el menor de cuatro hijos, y casi el más joven de la interminable caterva de primos por parte de madre. En la secundaria siempre fui el más joven de la clase, y he conservado esta sensación de ser el más joven, aun cuando ahora soy la persona más vieja que conozco.

A los cuarenta y uno pensé que iba a morir a causa de una grave caída en la que me rompí una pierna mientras hacía alpinismo en solitario. Me entablillé la pierna lo mejor que pude y me arrastré montaña abajo ayudándome torpemente con los brazos. En las largas horas que siguieron, me asaltaron muchos recuerdos, buenos y malos. Pero casi todos fueron de gratitud: gratitud por lo que los demás me habían dado, y gratitud también por haber podido corresponderles con algo a cambio. Despertares se había publicado el año anterior.

Ahora que tengo casi ochenta años y sufro una serie de problemas médicos y quirúrgicos, ninguno de los cuales me tiene impedido, me alegro de estar vivo. ¡Me alegro de no estar muerto!, exclamo a veces cuando hace un día espléndido. (Lo cual contrasta con una historia que le oí contar a un amigo: una espléndida mañana de primavera paseaba con Samuel Beckett por París, y mi amigo le dijo: En un día como éste, ¿no se alegra de estar vivo? A lo cual Beckett contestó: Tampoco hay que exagerar.) Doy gracias por haber vivido muchas cosas – algunas maravillosas y otras horribles – y por haber sido capaz de escribir una docena de libros, por haber recibido innumerables cartas de amigos, colegas y lectores, y por haber disfrutado de lo que Nathaniel Hawthorne denominó un diálogo con el mundo.

Lava y tsunami

Lamento haber desperdiciado mucho tiempo (todavía lo hago); lamento ser tan terriblemente tímido a los ochenta como lo era a los veinte; lamento no hablar otro idioma que mi lengua materna, y no haber viajado ni conocido tantas culturas como debería.

Tengo la sensación de que debería intentar completar mi vida, aunque no sepa muy bien qué significa completar una vida. Algunos de mis pacientes que ya han cumplido los noventa o los cien años entonan el nunc dimittis: He tenido una vida plena, y ahora estoy preparado para partir. Para algunos, eso significa ir al cielo, y siempre es al cielo antes que al infierno, a pesar de que Samuel Johnson y James Boswell se echaran a temblar sólo de pensar que podían ir al infierno y se enfurecieran con David Hume, que no compartía dichas creencias. No tengo fe en ninguna existencia después de la muerte, ni la deseo: tan sólo albergo la esperanza de perdurar en el recuerdo de los amigos y de que alguno de mis libros pueda seguir hablando a la gente después de mi muerte.

W. H. Auden a menudo me confesaba que creía que llegaría a los ochenta y que luego se iría a la mierda (sólo vivió hasta los sesenta y siete). Aunque ya han transcurrido cuarenta años desde su muerte, a menudo sueño con él, y con mis padres, y con antiguos pacientes; todos ellos ya fallecidos, pero a los que amé, y que fueron importantes en mi vida.

A los ochenta años asoma el espectro de la demencia o el ictus. Una tercera parte de mis coetáneos han muerto, y son muchos más los que, afectados por un profundo deterioro físico o mental, se ven atrapados en una existencia trágica y mínima. A los ochenta, las señales del deterioro son perfectamente visibles. Nuestras reacciones son un poco más lentas, cada vez nos cuesta más recordar un nombre, hay que dosificar las energías, pero aun así muchas veces uno se siente lleno de energía y vitalidad, y en absoluto viejo. Quién sabe si, con suerte, conseguiré permanecer más o menos incólume unos cuantos años más y se me concederá la libertad de seguir amando y trabajando, según Freud las dos cosas más importantes de la vida.

Cuando llegue mi momento, espero morir al pie del cañón, como hizo Francis Crick. Cuando le dijeron que se le había reproducido su cáncer de colon, al principio no dijo nada; se quedó un minuto con la mirada perdida y a continuación siguió con sus reflexiones anteriores. Cuando semanas más tarde volvieron a preguntarle por su diagnóstico, contestó: Todo lo que tiene un principio ha de tener un final. Cuando murió, a los ochenta y ocho años, aún seguía completamente inmerso en su trabajo más creativo.

Mi padre, que vivió hasta los noventa y cuatro, solía decir que la década de los ochenta a los noventa había sido la que más había disfrutado de su vida. Para él, y ahora empiezo a compartir su opinión, esos años no eran tanto una mengua como una ampliación de su vida mental y su perspectiva. A esa edad posees una larga experiencia vital, no sólo de tu propia vida, sino también de la de los demás. Has visto triunfos y tragedias, expansiones y recesiones económicas, guerras y revoluciones, grandes logros y también profundas ambigüedades. Has presenciado el auge de grandes teorías que al final se han visto derrotadas por la terquedad de los hechos. Eres más consciente de la fugacidad de la vida, y quizá te fijas más en la belleza. A los ochenta puedes ver las cosas con gran perspectiva y contemplar la historia como algo vivo y vivido, algo imposible cuando se es más joven. Soy capaz de imaginar, de sentir en mis huesos, lo que es un siglo, cosa imposible cuando tenía cuarenta o sesenta años. No considero la vejez una época cada vez más sórdida que uno tiene que soportar e ir trampeando como puede, sino una época de ocio y libertad, en la que te ves emancipado de las artificiosas urgencias de años anteriores, y esa libertad me permite explorar cuanto se me antoja, e integrar los pensamientos y sentimientos de toda una vida.

Estoy impaciente por cumplir los ochenta.

Al morir, el 30 de agosto pasado, Oliver Sacks conmovió al mundo cultural (no así al  mundo científico, que prácticamente lo ignoró) por la manera en que enfrentó a la muerte  con una dignidad ejemplar, y narró su experiencia en textos que La Jornada dio a conocer en su oportunidad. Aquí la liga para leer un adelanto de su libro póstumo:  http://goo.gl/hFWxmb”http://goo.gl/hFWxmb.

Don Chicho

por Taylor Guerrero[1]

En una de sus salidas  a caminar, mi abuelo decidió entrar a un restaurante.  Pidió al mesero un vaso de vino tinto y una empanada.  Se puso a mirar el partido que mostraban en la pantalla.  Hasta saltó y gritó un gol junto con los demás clientes.  Cuando pidió otra copa se dio cuenta de que había un viejo sirviéndose su cañita en una mesa, atrás en un rincón.

<<Pero si es Don Chicho, con sus mismos bigotes blancos y lentes cuadrados,>> se dijo a sí mismo.  No pudiendo resistir la tentación, tomó su vaso y fue a saludarle.

<<Don Chicho, ¿le puedo hacer compañía?>>

<<Sí compañero, siéntese por favor.>>

<<¿Y cómo está su salud, Don Chicho? Tengo tantas preguntas que hacerle que no sé por dónde comenzar.>>

<<No se preocupe compañero, me mantengo bien. Siempre he dicho que empanadas y vino tinto mejoran el corazón y el espíritu.>>

<<¿Y qué piensa —tantos años después—de la tremenda traición que le hicieron?>>

<<Como puede darse cuenta compañero, la historia no se ha detenido y ese momento amargo y gris se ha superado a la manera nuestra.  Además, estoy más vivo que nunca. Habito en el corazón de la juventud y de los humildes.  Compañero, yo no vine para ser servido sino para servir y dar mi vida por la libertad de muchos.>>

Hizo una pausa para mirar un mensaje en su celular.

<<Bueno compañero, perdone pero tengo que irme.  Unos estudiantes de Ayotzinapa, México, me piden en forma urgente reunirse conmigo. Como el trabajador social que soy, espero poder ayudarles.  Mi secretaria me acaba de informar que en este momento ya me esperan en la oficina.  Creo que en total son cuarenta y tres.>>

Se levantó de la mesa y empezó a caminar hacia la salida del bar; con mi abuelo siguiéndolo atrás .  Ya en la calle mi abuelo le  insistió:

<<Pero Don Chicho, déjeme por lo menos su número de teléfono para contactarme con usted.>>

<<Compañero, estoy muy apurado, otro día se lo doy; además, usted sabe dónde ubicarme.  Hasta la próxima, como a esta misma hora, ,>> le respondió Don Chicho. Luego cruzó la calle hasta perderse entre la multitud.

Mi abuelo intentó seguirlo por varias cuadras pero le fue imposible ubicarlo.  Cuando mi abuelo regresó a casa, me llamó de inmediato y, sin parar de hablar, me contó todo lo que le había sucedido con Don Chicho.

Desde aquella vez no hay día que mi abuelo no salga a caminar.   Al hacerlo me grita siempre:

<<Ya voy saliendo querido nieto, esta vez sí espero encontrarme con Don Chicho.  Tengo tantas preguntas que hacerle.  Cuando vuelva te lo cuento todo.>>

[1]   Chileno, profesor de matemáticas y miembro del taller de creación literaria El Cencerro. Ésta es su primera publicación.

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Para cualquier frío

por Raúl Gatica

El ingenio y genio literario de los poetas españoles del Siglo de Oro fueron capaces de resolver los fríos y calores humanos cuando la calefacción no existía y el aire acondicionado era sólo el proveniente de ventarrones cruzando ventanas, puertas y otras aperturas. Estos maestros de la lengua nos descubren que hace siglos ya se generaba lumbre entre los versos para salvar a la humanidad de resfriados de cuerpo y alma. En los textos de esta edición, las imágenes del horno, el bracero, la fragua, la fogata, el verano y demás son recursos para atender algunos requerimientos que todos tenemos.

Con ellos apreciamos que el agua y el río dan más que frescor: alivian los sofocos de la carne. La fragua no es únicamente para ablandar al más fuerte de los fierros, sino también pare resolver ansias urgidas de atención a fondo. El cirio es para adorarse mientras se enciende o ya prendido. Y el tizón, aparte de madero ardiente y humeante, es respuesta a quien pretende pasarse de inteligente.

Un anónimo poeta de hace 500 años muestra cómo jugar magistralmente al erotismo con el auxilio de simples cosas. Casi dibuja la ayuda cuando las hormonas están en punto álgido, las piernas miran al techo, y los dedos entran y salen para sofocar urgencias de cuerpos húmedos y escurriendo de deseos.

El maestrísimo Quevedo receta medicinas para el invierno: enero ha de ser más frío para hombres disfrazados de mujeres. Su humor sarcástico dispara dardos al noble personaje que pretende encender su vela con el brasero de la moza en el río. Con Quevedo, el humor y la justicia ríen juntos.

Esta edición de Con y sin Badajo pretende despedir con fueguito al invierno que se resiste a partir para dar paso al color y calor que deberían retratar las esquinas de la primavera. Ojalá estas líneas, que pese a su tiempo siguen siendo de oro, proporcionen algo de calor a quien necesite cocinar sus fríos; calentar y descongelar ganas amarradas en las honduras del organismo.

 

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Poesía anónima de los siglos de oro

¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!

Estábase la moza
Despaldas en el lecho,
Las piernas abiertas,
Y, mirando al techo,
Dice con despecho
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”

De rato a ratillo
Toda se brincaba;
Con gesto amarillo,
De dolor sudaba;
Con pasión llamaba:
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”

Todo se comía
en grande manera,
quel dedo metía
por la hurgonera.
Llorando decía,
Con voz lastimera:
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”

Hácese pedazos,
Toda se desuella;
Quería los brazos
Meter por la mella,
Dando esta querella:
“¡Agua, dadle agua
quel fuego está en la fragua!”

Como estaba así,
Pensó que soñaba.
Cuando torno en sí
Sintió que meaba;
Y de presto llama:
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”

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Atribuido a Francisco de Quevedo

(registrado en el Cancionero Moderno y recuperado por la Antología Erótica de la poesía hispanoamericana)

Estaba una fregona por enero
Metida hasta los muslos en el río,
Lavando paños, con tal aire y brío,
Que mil necios traía al retortero.

Un cierto Conde, alegre y placentero,
Le pregunto con gracia: “¿tenéis frío?”
Respondió la fregona: “Señor mío,
Siempre llevo conmigo yo un bracero.”

El Conde, que era astuto, y supo donde,
Le dijo, haciendo rueda como pavo,
Que le encendiera un cirio que traía.

Y dijo entonces la fregona al Conde,
Alzándose las faldas hasta el rabo:
“Pues sople este tizón vueseñoría.”

 

Contador de Historias

por Nandy Fajardo y Fabricio Tocco Chiodini

Acordamos encontrarnos un lunes. Rodrigo quería que nos diéramos cita en Skype a las nueve de la mañana de Venezuela. Yo, al ver que en Vancouver serían las cinco de la madrugada, sugerí que la cambiáramos al mediodía. Tuvimos dificultades para comunicarnos, Rodrigo estaba sin conexión y por teléfono tuvimos que volver a cambiar la cita para el lunes siguiente. Tanta espera fue recompensada una vez que finalmente coincidimos, con aquella voz alegre y musical, tan propia de los venezolanos.

Rodrigo prefiere ser llamado «fotógrafo» antes que «artista». Esta distinción le parece importante, pues para él hay un abismo entre fotografía documental y artística. En el grupo de El Cencerro, se le conoce como «El domador de perspectivas». Para él, su forma de ver el mundo implica no conformarse con la imagen que le ofrezca el primer punto de vista disponible. Más bien, nos dice al respecto, «desde el lugar en el que lo estás viendo, te puedes imaginar cómo sería esa escena si estuvieses del lado opuesto. No tienes que ir al otro lado para verla», porque Rodrigo es capaz de domar imágenes, de jugar con ellas.

Al iniciar su carrera en Europa a los diecinueve años, en 1979, este caraqueño planeaba inicialmente estudiar arquitectura. Rodrigo llegó a Europa hablando sólo español. Sin quererlo, un compañero colombiano, de un curso intensivo de inglés, le cambiaría para siempre la vida. Fue aquella tarde que lo invitó a que se registrara en una escuela de fotografía, donde terminó formándose con Roy Flamm, prestigioso fotógrafo californiano vinculado al célebre Grupo f/64.

Flamm, nos cuenta Rodrigo, acabaría siendo su maestro para siempre: «tú sabes que los tutores duran mucho más allá de los recuerdos». La filosofía de Flamm marcaría las imágenes de Rodrigo a lo largo de sus casi cuatro décadas de carrera.

Rodrigo pasaría nueve años en Europa, dividiendo su estancia simétricamente entre Londres, París y Barcelona. «Como decimos en el Caribe, cada ciudad tiene su tumbao, su sabor». Para Rodrigo, Londres es una ciudad maravillosa para estudiar, mientras que recuerda París como un lugar más duro, pero al mismo tiempo festivo y apasionante. «Barcelona, en su carácter de puerto mediterráneo, nos queda un poco más cerca, sobre todo cuando entre las brumas se pueden apreciar, a lo lejos, ciertos tonos de las luces del continente americano». Las memorias de las ciudades, por supuesto, están hechas de gente y el contacto que el fotógrafo estableció con ellas, un elemento que, como podemos ver, dejó una clara huella en sus registros urbanos.

Una reflexión interesante que suscitaron estos años europeos para Rodrigo tiene que ver con la distinción entre «destinos» y «propósitos»: «Uno anda como por un camino y va encontrándose bifurcaciones. Cuando estás en un tránsito hacia el conocimiento, idealmente nada debería apartarte de tu propósito. Pero ni siquiera es un destino, es un propósito. El destino es lo último, va mucho más allá, más lejos. El propósito, en cambio, es un camino que te lleva a tu destino. Pero eso no lo sabes hasta cuando acaba todo. Hay todo ese desafío personal dentro del cual los estudios son importantes, pero no son lo único, son una conjunción de factores que uno afronta de forma no del todo consciente».

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Al volver a Venezuela con casi treinta años, a finales de los ochenta, Rodrigo se enfrentó con un «sentimiento de desarraigo difícil, de grandes dimensiones»: «Después de nueve años en el extranjero, tu país te hace falta […] pero cuando llegas, como decimos en el llano “no te hallas”, te sientes muy desubicado».

Nos cuenta Rodrigo que logró resolver y superar este desarraigo enarbolando una estrategia y redescubriendo una fuerte conexión: por un lado, «diseñó un lema para viajar: a cada cliente que visitaba, le decía que mientras más lejos me enviara, más barato le iba a cobrar». La posibilidad de seguir viajando, esta vez por territorio venezolano, le permitió redescubrir y reconectarse con un componente singular de su país: la naturaleza venezolana, una «geografía de esta tierra que es una sola tierra, cuya única frontera son los ríos». Para Rodrigo, «nuestras ciudades, tal vez, se parecen a casi todas las capitales de estado, pero nuestra fuerza vital está en la profundidad de las selvas, en las cimas de los Andes, en esa tierra vibrante que nos hace ser como somos».

El regreso a Venezuela hizo florecer algo que ya estaba en Rodrigo antes de sus años de formación europeos: «Yo tenía esa semilla debidamente instalada en mi ser. Al regresar, veo las cosas de otra manera, tomando consciencia de la importancia de recorrer estos paisajes, de acompañarlos tomando fotos en esta geografía sensible de una forma mucho más depurada y consciente, con una mirada distinta».

Aclara Rodrigo que sus «proyectos más ambiciosos siempre tienen lugar en espacios distantes de las metrópolis». Su compromiso, nos dice, es «volver la mirada a la tierra»: «yo aspiro con mi trabajo a acompañar las causas de los pueblos más simples como los pescadores, los ordeñadores, las tejedoras de chinchorro, la gente simple de la vida». Algo que hace no sólo desde su labor fotográfica sino también a través de la Escuela de Fotografía que dirige junto a su mujer. «El Núcleo Fotosensible» intenta «promover la utilidad pública de la fotografía» y alberga proyectos de investigación sobre el tratamiento de la imagen.

En una época de proliferación de fotografías que inundan diariamente la red, Rodrigo se mantiene parcialmente crítico: por un lado, escribe de forma periódica en su Tumblr (http://lazentella.com) sobre fotografía directa y no se declara tecnófobo, ya que admite la importancia del desarrollo técnico para su disciplina. Al mismo tiempo, considera las redes sociales como un espacio que fomenta cierta «vertiente tendenciosa», una «inmediatez para manipular», que privilegia «una abundancia de banalidades de todo tenor». Para Rodrigo, aquello que sigue distinguiendo al fotógrafo profesional es un gesto que suele perder de vista el usuario amateur al retratar sus desayunos en Instagram: el gesto de contar una historia. Por eso, prefiere llevar libros en sus viajes antes que ponerse a leer en un celular.

En este sentido, a Rodrigo le resulta más interesante «lo tangible». Por lo tanto, prefiere no participar de las redes sociales y seguir revelando fotos en su laboratorio casero, profundamente conectado con su atracción por el territorio y la riqueza intercultural de su país, como parte de un sentido compartido en Latinoamérica y El Caribe.

Cuando le preguntamos por su opinión sobre su registro histórico de la situación de Venezuela, Rodrigo aprovecha para explicarnos sobre su filosofía profesional. Un buen fotógrafo no puede quedarse con el retrato anecdótico, con el mero registro de lo episódico, debe ser capaz de narrar. De lo contrario, nos dice, «la cosa se queda a medio camino». Por último, resalta Rodrigo la idea de que la historia está en todas partes: no se circunscribe a hechos puntuales o a coyunturas políticas. Un buen fotógrafo documental debe ser capaz, ante todo, de contar historias en profundidad.

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Nuestro Calor

por César Moheno

Una tarde de hace muchos años me guarecí de la lluvia en la casa de doña Marcelina Próspero. Junto a su hermana Juana, llenas de fortaleza y de arrugas en el cuerpo, me contaban sus historias cerca del fuego de la troje que compartían en un paraje del bosque de la meseta purépecha de Michoacán. Hacía frío y ellas me arropaban con sus palabras, sus risas, sus afanes. Con un aire de complicidad que se manifestaba en las miradas y los silencios, el cauce de sus frases las fue conduciendo a las confidencias. Así comenzaron a compartir sus secretos.

Una ya se siente por completo diferente después de recibir por primera vez la comunión. Allí, me decían, en la ceremonia, por primera y casi única vez se viste una de blanco y todas las niñas se unen por un momento en el atrio del templo, sabiéndose distintas, mientras la banda toca y toca todo el rato y todas bailan en medio de la gente. Lo hacen tan entre ellas, que se dirían palomas al verlas bailar. Están tan contentas, que quisieran que pasara el tiempo rápido pues se mueren de ganas de contar ese momento.

Así llega al cabo de los años el día de la boda. Desde el instante del compromiso, nuestro gusto – me seguían contando – es realizar una serie de costumbres que aseguran a las familias y a los novios las formas de la concordia y el gozo para que enraíce la unión. Y en ese tejido ser mujer ampara la fuerza del mundo. Por eso el día de la boda, para recibir a la nueva hija, se engalana con cintas de colores y con guirnaldas de maíz la cabeza del novio. Allí la esperan todos los parientes de la casa. Para mostrarle su júbilo la reciben con cohetes y con música. La hacen pasar y la sientan en medio de la estancia, donde cada uno de los miembros de la familia de él, le trenza en el pelo un moño de cinta de color. Algunos hasta le prenden algún otro regalo. Esa es la forma de engalanarla.

Después de la ceremonia en la iglesia, las mujeres de la familia de la novia acarrean pollos, licor y cajas de cerveza a la casa del novio. Todo acompañado de confeti, más música y más cohetes que es lo que se acostumbra. La madre del novio las recibe en el umbral de su casa luciendo en el pelo pan de jabón, escobeta y estropajo para enseñar que ya le dio el último baño a su hijo. Allí se junta la parentela completa y pasan a comer las viandas que se venían preparando desde la víspera. Todos bailan, especialmente las mujeres. Y todos por igual se beben ríos y ríos de vino para homenajear el recuerdo de las bodas de Canán.

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Al amanecer del otro día, bailan el son de la canara. Las mujeres lo hacen con un telar, con un huso o con un tejido y los hombres con sus aperos de labranza. Alguna mujer hace un muñeco de trapo y se lo entrega al novio y a la novia para que lo arrullen. Ahora los padres de los dos bailan con pan y chocolate que ofrecen a la novia, que cuando lo va a coger se lo arrebatan y se lo comen entre ellos. Así se acostumbra para que vayan las dos familias agarrándose de la confianza. De ella depende el trasplantarse.

Por eso le digo que es tan grande el valor de asegundar con toda la familia eso de los sacramentos. Por algo ha de ser que las campanas marcan la vida de los pueblos. Por eso tenemos que aprender desde chiquitos a escucharlas. Ya sabemos que al cumplirles aseguramos nuestro buen paso por el mundo. Así ha sido siempre. Por eso estamos aquí, usted y nosotras, compartiendo nuestro calor, celebrando con palabras y con pan.

Sólo las viejas hacemos de este pan. Sólo nosotras podemos hacerlo. Escogemos todo, desde los granos del trigo que vamos a moler hasta el tipo de leña con el que lo vamos a hornear. Por eso nuestro pan es especial. Por eso no podemos dejar pasar ninguna fiesta para hacerlo. Por eso todo el mundo nos pregunta. Juana, Marcelina, ¿cuándo van a hacer de su pan?

Para hacer buen pan hay que conocer muchos secretos. Todos los secretos. Inventarlos todos también; porque una nunca sabe con qué nos va a salir el trigo, o cómo amaneció la levadura o nosotras mismas.

Para que un horno sea bueno y no se le salga el calor, uno misma lo tiene que hacer. Y hay que saber hasta escoger en dónde ponerlo. Hay que hacerle un esqueleto con palos de encino y juntarle mucha piedra y lodo. A eso es lo que llamamos la columna. A ella hay que darle su pasadita de adobe bien cargado. Después se le ponen por dentro hiladas redondas de ladrillo sin juntear, para que aguante el peso de la cubierta que también será de ladrillo, pero ese sí muy bien junteado. Se le cubre con una capa fuerte de adobe y se repella con una capa de ceniza blanca. El chiste es saber dar la redondez para que aguante y no se nos caiga. Después de darle la primera quemada se le saca el ladrillo del corazón y se le baila encima. Si el horno aguanta el baile ya está rico para hornear.

Para sacar una buena hornada de pan el secreto está en irle respetando sus deseos. Que si quiere más tueste el grano, que si desea más agua la harina, que si la levadura está muy seca, que si no le dio bien el sereno, o que si lo mezclamos después de que salió el sol; hasta el peso exacto tenemos que ofrecerle. Pero otra vez repito. Uno de los secretos es irle inventando sus secretos.

Las viejas creemos que el principal de entre ellos es que lo amasamos en nuestra cama y, así, nuestro propio calor le damos. Por eso no lo dejamos salir de nuestro cuarto hasta que haya que comerlo. Por eso no sólo aplauden su sabor. Es sobre todo su olor lo que le alaban. No se dan cuenta aún que es a mujer a lo que huele.

Dulce de Leche

por Víctor Porter[1]

La cárcel estaba en la Pampa Húmeda y, quién sabe por qué, era más húmeda que toda la Pampa. Todo estaba mojado, siempre, y el olor a encierro se alternaba con el olor a Fluido Manchester que cada cierto tiempo le pasaban al piso del pasillo para ahuyentar a toda forma de vida no encerrada ahí a la fuerza. A cada tanto, a los prisioneros los sacaban a tomar aire. Salían a caminar a un patio, encerrado también, rodeado de alambres con púas. Algunos prisioneros caminaban en círculos hasta el final del tiempo. Otros aprovechaban para planear eternamente la revolución.

Abraham Dionisio y Najman conversaban cada vez que caminaban en círculos por ese patio gris y alambrado.

Venían de mundos distintos.

Najman de la gran ciudad capital, de la clase media educada (esto se puede leer como uno quiera: de la clase media y educada o de la clase educada por la mitad, no completamente educada; en resumen, lo mismo).

Abraham Dionisio, criado en los márgenes de una inmensa plantación de caña de azúcar. Sin padre y con muchos hermanitos. Según contaba, su infancia consistió en salir a cazar para comer; no a cazar animales sino a cazar comida. Su coto era el patio trasero de un matadero-carnicería. Abraham y sus hermanos pasaban horas detrás del alambrado esperando el momento. Los últimos y desesperados gemidos del cerdo, vaca o cabra que estaban a punto de carnear anunciaban la acción.

“Me partía el corazón”, contaba Abraham.

“Lo peor era cuando los miraba fijamente a los ojos, los pobres sabían que los iban a matar. ¿Y sabes qué, Najman?, esa misma mirada desesperanzada tienen algunos compañeros presos”, remataba Abraham.

Él y sus hermanos presenciaban el trabajo del matarife. Desde que aparecía con el animal en el patio de atrás, la volteada al piso, las patas atadas, la cuchillada certera, el chorro de sangre humeante a la olla y la destazada. Después, la parte más importante: mientras los hermanitos ahuyentaban a los perros, gatos y gallinas, Abraham — quién ya tenía el golpe minuciosamente planeado — corría a recoger todo lo que podía. El hígado y el corazón eran lo más valioso, después las tripas y los pulmones, o cualquier otro despojo que no se hubiesen llevado los otros hambrientos y estuviera por ahí tirado. Encarnación, la madre de Abraham, transformaría el botín en un manjar.

Apenas pudo manejar el machete, Abraham empezó a trabajar cortando caña de azúcar; el hermano que le seguía se hizo cargo de la caza.

Después de huelgas, despidos, persecución y otras injusticias cotidianas en la plantación y el ingenio, Abraham se sumó a la guerrilla rural, su lugar natural, su destino. Si alguien tenía el derecho y la obligación de alzarse en armas era él.

En el patio de la cárcel, Abraham compartía historias con Najman y otros, siempre sonriendo, nunca quejándose. El sol del cañaveral seguía brillando en el fondo de su mirada, y aún sentía el aire del monte a pesar de los años de encierro. Caer preso no interrumpió su vida ni su carrera. Como el monte, la cárcel también fue su lugar natural y su destino.

De vez en cuando, los presos podían hacer alguna compra. Para eso los presos estaban acuerpados de acuerdo a su grupo u organización política, o por afinidad personal los que eran independientes. Compraban colectivamente, de modo que todos pudieran tener yerba, cigarrillos y lo que alcanzara.

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Una tarde, Najman y Abraham estaban dando sus vueltas eternas en el patio cuando los paró el preso Dell’Orto; de él se decía que era un compañero muy importante, un cuadro revolucionario… y sin embargo no daba esa impresión. Hablar con él era hablar con el abanderado en un mural del realismo soviético, no miraba a los ojos del interlocutor; ¿para qué?, él miraba más allá del horizonte. Tal vez imaginando un desfile en su honor, o a las masas aclamándolo… Lástima, porque las paredes de la cárcel truncaban esa visión de epopeya, y él quedaba acá en el patio y la humedad, con su mirada perdida, más perruna que mesiánica.

Dell’Orto y Abraham pertenecían a la misma organización. Dado su nivel, Dell’Orto estaba a cargo de las compras grupales. Así que Dell’Orto interrumpió la caminata-charla de Najman y Abraham porque debía hacerle una pregunta estratégica a su compañero de armas.

“¿Qué va a querer comprar el compañerito Abraham? Hay yerba mate, cigarrillos, galletas, … dulce de leche”

“Yerba y dulce de leche”, respondió alegre Abraham.

Dell’Orto sorprendido y con aires de General San Martín de a caballo al mando del Ejército de los Andes replicó:

“Compañero, me extraña muchísimo que pida eso. El dulce de leche es para los burgueses, no se desvíe compañero. No se desvíe”.

Casi en llamas, pero respirando y hablando muy despacio, Abraham afirmó con la certeza de estar en lo correcto.

“Por eso luchamos compañero, para que todos podamos comer dulce de leche. Así que le repito mi pedido: Yerba Mate y dul-ce- de- le-che, ¿está claro?”

Un silencio metálico quedó flotando y Najman pensó que esa era la mejor explicación de por qué luchaban, y que jamás nadie había dicho. Sí. Era la más real, la más tangible, la más dulce.

[1]   Refugiado Argentino que vive y escribe en Vancouver, Canadá.