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Marionetas

por Los Editoras

Se equivocaron quienes predijeron que la televisión, el cine, el internet y la tecnología en general acabarían con el viejo oficio de titiritero. La tecnología renovó, perfeccionó, y multiplicó el arte de mover al gusto a otros. Ahora no sólo se manipulan a los monigotes de cine y televisión, sino también a quienes miran la pantalla.

Si entendemos la manipulación como la acción de modificar el estado original de la materia, cosas, fenómenos, sociedades, individuos, lenguaje, etc. hasta hacerlos ser, parecer, tener, significar o actuar de manera distinta al de su origen; nadie, pero nadie, nadie está a salvo de manipular o de que lo manipulen. Claro, la tecnología facilita transmutaciones genéticas, mediáticas, emocionales, físicas, conyugales, familiares; y presta inmenso servicio al poder, que altera la verdad a extremos tales que el engaño ni lo parece.

Claro, hay de manipulaciones a manipulaciones y de manipuladores a manipuladores. Entre las manipulaciones, la propaganda es de las más terribles. Funciona para persuadirnos de comer veneno y pagar por ello; para convencernos de hacer a los villanos héroes y a los héroes, villanos: Hitler, Musolini y Franco; y entre los actuales: Rajoy, Calderón, Macri, y Pena Nieto (que quede claro: Pena, no Peña), junto con McDonald, son veneno legitimado para consumir. Entre los manipuladores, los psicólogos son temibles. Recordemos cómo Hannibal Lecter, en El silencio de los inocentes, aterra con su capacidad de degradar la dignidad humana y usar a otros para alcanzar sus deseos. Pero hay otros peores que el actor del film. A la luz de sus acciones, los políticos en el poder son Frankenstein, organismos genéticamente modificados, rata de dos patas, y más, mucho más.

El ingenio humano para crear marionetas es infinito. Veamos, por ejemplo, cuando alguien aprovecha las circunstancias para incitar a otros a actuar en su beneficio.

Durante un atraco a un banco, después obtener un buen botín y antes de darse a la fuga, el atracador, muy nervioso, pregunta a un rehén:

— ¿Tú me has visto robar este banco?

El rehén, asustado, responde: sí, y el atracador le pega un tiro en la cabeza. Después se vuelve al resto de rehenes apuntándoles y pregunta a dos mujeres y un hombre:

— ¿Me vieron robar este banco?

El hombre responde:

— Yo no vi nada, pero mi mujer y mi suegra no han perdido detalle.

La manipulación no está exenta de controversias, la genética es un ejemplo. Sobre todo, si reconocemos en el ejercicio de jugar a ser dios algunos aciertos: desarrollo de plantas resistentes a enfermedades, al frio, con mayor calidad nutricional y mejores cualidades organolépticas. Pero si la frase manipulación genética es alterada semánticamente podemos tener algo como:

Un experto en genética feliz comparte: Ya tengo certificado de manipulador de alimentos…logré que plátanos y papas estén totalmente en contra de las zanahorias.

De acuerdo o no, respecto a que nadie escapa de la manipulación, no podrá negar que la manipulación se usa para mantener el status quo, impedir revueltas, perpetrar la opresión y engatusar mayorías. Los manipuladores justifican su actuar en la patria, los hijos, el bienestar de los otros, la convivencia, la familia, la sociedad y demás. Se auxilian para ello en los eufemismos, alcahuete perfecto para manipular, aunque no falte quien asegure es una forma optimista de ver las cosas.

Más para mal que para bien, los políticos son maestros del eufemismo. Por ejemplo, dicen vulnerables para disfrazar a los miserables. Califican de poco afortunados a los desgraciados. En ese sentido, ¿qué tan optimista puede ser y para qué sirve al desgraciado, miserable y pobre que le llamen, vulnerable, poco afortunado y sin ingresos suficientes? Los eufemismos sólo sirven al poder para decir que todo marcha perfectamente.

Lo cierto es que la manipulación no se acaba eliminando a los títeres, siempre habrá otro para reemplazarlo. Lo fundamental es el rol del titiritero, especialmente en estos tiempos de globalización, donde los grandes manipuladores son las compañías transnacionales. Los gobiernos en turno, sin importar signo ideológico, apenas son parte del elenco de títeres movidos al antojo, para garantizar que sus ciudadanos jueguen el triste papel de zombis. No hay duda, el titiritero ensanchó su protagonismo, aunque cuando la manipulación sufre cuarteaduras o tiene ventanas y rendijas descuidadas, los cambios y revueltas aparecen. En esa tarea, el Cencerro pone su pastura. Así que no espere a ser manipulado y de corazón escríbanos a rumiantes@elcencerro.ca

 

El Otro Rivera

por Heinz Avendaño

Conocí a Humberto Rivera compartiéndome un trago de una botella de mezcal después de que interpretara un baile de tango. Esto fue el pasado 14 de Noviembre durante la celebración del tercer aniversario del Cencerro Arts and Culture Association en la biblioteca pública de Vancouver.

Humberto tiene una larga carrera. Nació en Tijuana, se crió en Topolobampo, a los 16 años ingresó a el seminario, dos años después lo abandona para estudiar filosofía cuando le diera la gana, estudió inglés y terminó la preparatoria en Los Angeles, entró al community college para estudiar arte y filosofía, se graduó de filosofo en la Universidad Pontificia de México, vivió un año en Canada, abrió la galería de pintura Cabello Rivera en Rosarito, aprendió tango en Buenos Aires, practicó tango innumerables noches y actualmente es residente canadiense. Imparte clases de tango en UBC, trabaja en la construcción y ha tenido exposiciones de pintura en el Polish center y galerias en Vancouver.

La combinación del arte y la filosofía ha acompañado a Humberto toda su vida. Se inició en la pintura dibujando a los héroes de la lucha libre cuando era niño. Continuó aprendiendo, hasta que siguiendo a sus amigos de la escuela de San Carlos, comenzó a vender sus pinturas en Rosarito, Baja California Norte. Todo comenzó como una vacación de dos semanas antes de ir a Argentina, que se convirtió en su “modus vivendi” varios años y que sigue dando frutos hasta ahora.

Humberto explica que sus pinturas estan motivadas por la venta y modestamente dice no creer que su obra hoy sea importante y es probable que no llegue a serlo en el futuro, pero espera continuar mejorando su técnica e ideas. Citó a uno de sus maestros y amigo, el pintor Nájera: “Nosotros somos obreros”.

El Cencerro comparte el arte de Humberto Rivera en este número de inicio de año 2016. Observe sus Quijotes despeinados e interesantes desnudos que exploran formas y lineas de relajados y a la vez desafiantes traseros, muy probablemente latinos. Me gusta mucho su trabajo abstracto y como usa el color sin restricción para crear forma.

Finalmente pregunté a Humberto si estaba de alguna manera relacionado con el maestro muralista Rivera, a lo que contestó: “Muchos me preguntan lo mismo. No, no lo soy… una pizquita de Diego estaría bien”.

Puede escribir a Humberto Rivera a humbero7@yahoo.com

La Vesícula, qué

Pedro Miguel[1]

Han pasado 830 años desde la muerte de Balduino IV, el rey jerosolimitano que gobernó con sabiduría y capacidad a pesar de la lepra que lo devoraba. El soberano escondía los efectos terribles que el padecimiento había causado en su rostro tras una máscara de plata, no tanto por afán de opacidad cuanto por decoro y consideración a los demás. En épocas más recientes hay que acordarse de la poliomielitis de Roosevelt, la depresión crónica de Churchill y el cáncer de próstata de Mitterrand como ejemplos de padecimientos graves que no impidieron el desempeño de estadistas con proyección mundial, los cuales – aun enfermos – tomaron decisiones cruciales (y eficaces) para los países que presidían.

Pero la etiqueta social contemporánea quiere que la salud de los gobernantes sea un asunto de interés público por cuanto, se dice, su condición física puede introducir factores indeseables en el ejercicio del mando, inducir medidas que afecten el curso del acontecer político, económico o diplomático o mermar la capacidad del funcionario para actuar en forma exitosa.

Tal ha sido el principal elemento de criterio con el que la opinión pública nacional ha abordado temas como los rumores sobre el consumo de Prozac por Vicente Fox y el alcoholismo de Felipe Calderón, o las dos cirugías (el año antepasado y hace unos días) a las que se ha sometido Peña Nieto, una para sacarle no sé qué cosa del cuello y otra para retirarle la vesícula biliar.

Estos gobernantes y sus empleados inmediatos han reaccionado con una molestia injustificada a los intentos por inquirir sobre esos asuntos. Fox suspendió une entrevista con Jorge Ramos en cuanto éste le preguntó por su ingesta de antidepresivos; Calderón hizo un berrinche que provocó el primer despido de Carmen Aristegui de MVS – luego de que la periodista planteara al aire las pregunta de si el michoacano tenía problemas con la bebida y de si la sociedad no merecía una explicación puntual al respecto – y, en 2013, los voceros de Peña afirmaron con ánimo desafiante y hasta agresivo que su jefe tenía una salud de Charles Atlas y que corría maratones. Tales reacciones han sido las equivalencias locales de la máscara de plata de Balduino IV.

Posiblemente estos asuntos hayan sido sobre dramatizados tanto por quienes legítimamente exigen transparencia en la salud de los gobernantes como por éstos. Hay que considerar que de 1988 a la fecha los ocupantes de Los Pinos han sido colocados allí no para que tomen decisiones, sino para que ejecuten determinaciones ya adoptadas por conglomerados empresariales y mediáticos nacionales y por los círculos del poder político y financiero de Estados Unidos. Y, sanos o enfermos, alcoholizados o sobrios, deprimidos o no, los presidentes mexicanos del ciclo neoliberal han cumplido a cabalidad con sus respectivos encargos: Salinas inició la destrucción del tejido social y unció al país al TLC; Zedillo se encargó de brindar protección a los grandes capitales y desviar el golpe de la crisis económica hacia la mayoría de la población; Fox fue el restaurador de la fachada democrática del régimen oligárquico y prosiguió la privatización a gran escala; Calderón aplicó en México la destrucción nacional como el modelo de negocios previamente ensayado por Bush en Afganistán e Irak, y Peña ha sido el encargado de demoler lo que quedaba de propiedad pública, derechos laborales y soberanía.

Hoy proliferan los cuestionamientos al último de la lista por su episodio clínico biliar. Tal vez, en aras de recomponer la salud pública, sería recomendable poner menos atención a la de Peña, recuperar las exigencias de esclarecimiento de temas mucho más graves y poner la demanda de transparencia sobre las numerosas opacidades acumuladas desde su llegada al cargo, empezando, por ejemplo, por la turbiedad de los votos comprados en 2012 con tarjetas de Monex y de Soriana. O las menudencias de esa impúdica distribución de 10 millones de aparatos de televisión en los meses previos a las elecciones del 7 de junio.

Y así, muchas otras cosas. Como los dineros otorgados a legisladores con etiqueta de oposición para que participaran, así fuera en calidad de comparsas, en la imposición de las reformas estructurales. O el sórdido papel de Alfredo Castillo como comisionado en Michoacán. O las ejecuciones extrajudiciales perpetradas por elementos del Ejército en Tlatlaya. O los asesinatos cometidos por la Policía Federal en Apatzingán y las torturas a que fueron sometidos los hombres de Tanhuato, oficialmente caídos en combate.

También es exigible, desde luego, que la Presidencia deje de construir muros de olvido y distracción y emprender grandes simulaciones institucionales alrededor de las propiedades inmobiliarias multimillonarias del propio Peña, su esposa y su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, y asuma ante la nación lo que todo mundo sabe: que esos inmuebles fueron entregados en condiciones ventajosas por un contratista del gobierno a funcionarios capaces de influir en el otorgamiento de más contratos fáciles y concesiones jugosas.

Más que la vesícula presidencial importa saber el contenido de los acuerdos comerciales que el gobierno ha estado negociando a espaldas de la población, como el Transpacífico y el de Comercio de Servicios, ambos devastadores para la soberanía, la economía y los derechos de la población.

Y, sobre todo, el peñato debe explicar en forma fehaciente y sin invenciones truculentas qué pasó el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, por qué la agresión en contra de estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, la razón de los encubrimientos y omisiones ensayados en los nueve meses transcurridos desde esa atrocidad y el paradero de los 43 normalistas desaparecidos. La vesícula, qué.

navegaciones.blogspot.com

 

[1]          Periodista y editorialista de La Jornada.

Manipulaciones

Por Raúl Gatica

Encontré a Cortázar donde menos lo esperaba. El argentino tenía, sin saberlo, en el venezolano Luis Layas a uno de sus seguidores. Nada importa si el autor de Rayuela lo sabía o no, lo importante es percibir en la escritura de Luis al menos el impacto cortaziano.

Conocí a Luis Layas de camino a entrevistar a una leyenda de la música venezolana recientemente fallecido. Este viejito tirado al olvido y cultivador de la memoria y picardía, como pocos a sus años, hizo que habláramos de todo, pero nunca de literatura. Por eso, un poco tarde supe que Luis es comunicador social y locutor. Ha incursionado en el periodismo y publicado en Estampa, Escape, El Universal, Ticket, La Banda Elástica (USA), y en Zona de Obras (España). Para mi suerte, su esposa me obsequió varios libros, entre ellos uno de Luis: Idiotas todos y otros cuentos (Fundarte, 2000.)

El pasaje del cuento Turismo sin límites, traído en esta edición para los guleros lectores de Con o Sin Badajo, proviene de ese texto. La historia regala un guiño erótico e irónico de sus personajes. La manipulación de la memoria femenina para sobrellevar el cansancio de la mujer ante la mediocridad de su matrimonio. Los intentos de ella para moverlo provocan ronquidos que le arrastran a la locura. Estos elementos de la narración bastan para identificar a un escritor que finamente teje, desde la nada y con finísimo humor, historias que se desbordan por todos lados; un poco a la Roberto Bolaño, otro cortaziano, por cierto.

Pese a ser olímpico desconocedor de la obra de Luis Layas, intuyo en él que desde Roberto Bolaño no había encontrado a alguien tan cercano más al estilo que a la forma cortaziana de escribir. Las oraciones largas, dibujo de detalles en los personajes y adjetivación exacta nunca nos pierden y se convierten en una delicia de la lengua.

Sin duda, Idiotas todos y otros cuentos da un mapa de Venezuela, del barrio, de la banda y desde las vísceras. Lo digo sin arrepentirme porque cerebro y corazón son tan víscera como el hígado, único referente cuando de vísceras se habla. Además, sus descripciones son casi fotográficas. Pone la acción en nuestras manos, cuerpo y ojos. En la lectura del libro tenemos de ganancia una película narrada.

Ahí les va este fragmento venezuelo-cortazaniano para su disfrute.

Turismo Sin Limites (pasaje)

(Luis Layas)

A quince para las diez, con el programa casi concluido, Alioli calculó el tiempo necesario para hacerse notar. Se extinguió de escena solo para reaparecer con las ansias robustecidas (al menos eso es lo que esperaba). Cerrando la puerta que daba al pasillo, su cuarto matrimonial 

–que prometió y aplazó doscientas veces un mejor manual de revolcones– se volvió un apartamentico. “Siempre que podamos volveremos a la privacidad de antes, cuando los niños no habían aparecido” –se había dicho. Pero al cerrar la puerta los prescindibles adolescentes se hacían necesarios. Raúl era un grosero funcionario gris también en la cama, ella no entendía. Todo parecía bien, pero eso, no podía estar bien. Alioli descolgó el vestido de encajes y se ajustó el liguero que le parceló un istmo de celulitis, se asomó y vio la luz azulada en la cara de Raúl quien pareció menos sexy que nunca antes.

Las chancletas guindaban de unos dedos larguiruchos como garfios, poco a poco las pantorrillas se iban abultando como muslitos de pollos beneficiados con métodos reprobables, la panza, semejando la quilla de un peñero, ascendía con una curvatura increíble para hundirse grácilmente en un pecho de asmático terminal. La cara de borrego de Raúl descansaba sobre unos mofletes injustos haciéndola zozobrar como un botecito repleto de inmigrantes hacinados, y los ojos, aquellos botones inexpresivos pretendían emocionarse cuando era imposible para ellos ya distinguir un paisaje o moverse en sus cuentas con soltura. Además, tenía un bigotillo de pocos pelos despeinados sobre un labio de caucho. Y en 1975 aquel Coloso de Rodas horadado, desmantelado e higiénico le había resultado una opción; ella había dejado trepar aquel aparatoso pero todavía ágil cuerpo sobre su ingle planita, y permitido lamer por esa boca de macho-foca-inexperto el contorno de un cuello aun sin sorber.

Alioli regresó al cuarto con escasísima tela encima de sus piernas, arriba no llevaba nada excepto por algo como un antifaz que le dibujaba una carita de diablo en todo el mascaron de proa. Estaba excitada por los recuerdos, nada más. Quería cogerse a un tipo que recomponía en su memoria, hibridándolo con un presentador de concursos de tez morena y paticas de gallo confinadoras de unos pómulos salientes. Su silueta de cuarentona dietética tijereteo la imagen del cuadrilátero. Dos niuyorricans sin lengua se cayeron a nutridos coñazos en el boxeo de las diez mientras Alioli extrajo la pulpa posible de un pene nervioso que marco tarde la tarjeta y huyo de la reunión sin esperar la merienda. El ojo avinagrado del referí y los semblantes ansiosos y aterrados de los púgiles se alternaban sin cesar en planos de diversa inclinación, el sudor buscaba pistas y las sienes temblaban, mientras de reojo nadie quería perderse el desenlace de la otra acera. La mirada del público y de la niña nalgona con el cartel que anuncia el round se dirigieron abochornadas al lente de la cámara, pero el director seguía frenético, ponchando detalles gruesos y embarazosos de la lucha, infiltrándose en los secretos burlescos y tristes de los contendedores.

Alioli de Bastardo susurró con una entonación sensual y descarada: “Raúl… tengo un amante”. Un minuto después lo volvió a intentar con una queja ofendida: “Raúl, ya no siento nada por ti”. Luego, levantándose mientras le chorreaba un hilito de semen parduzco por la entrepierna, se detuvo en el centro de la habitación y repitió la píldora. “Raúl, duermo con otro que me hace feliz, que entiende mi pasión de mujer”. Y cuando dejó de atender el espejo y volteó a mirar al marido se dio cuenta de inmediato que dormía, que yacía con una mueca achocolatada y fúnebre en los labios. Esa era la interferencia que había estado registrando, ese ruido de burro amordazado sacándole de sus casillas, paralizando su orgasmo feliz. Volvió a verlo y ya sin poder contenerse grito. Y siguió gritando hasta que reventaron las enclenques hebras de lógica que sobrevivían en su cráneo.