Archivos de la categoría Caballo Viejo

Bailar salsa en Caracas, con o sin pareja

por Rodrigo Benavides

Las posibilidades sonoras y rítmicas que se despliegan en toda la Cuenca del Mar Caribe son tan amplias y diversas que sus límites – si llegaran a existir – se ubican en los propios individuos que conforman el volumen total de personas que a ellas responden, ya sea porque bailan sus compases o interpretan algún instrumento. Un componente explosivo se manifiesta en el carácter repentista, informal e intenso de la gente que nace en esta parte del mundo. Por eso, “con el descubrimiento de América, la vida toma una nueva dimensión: se pasa de la geometría plana a la geografía del espacio… Todo este drama se vivió, tanto más que en ningún otro sitio del planeta, en el mar Caribe. Allí ocurrió el descubrimiento, se inició la conquista, se formó la academia de los aventureros.” Así comienza el memorable ensayo Biografía del Caribe, escrito por el historiador colombiano Germán Arciniegas en 1945.

En la dimensión de la música denominada salsa, que se baila, canta y vive con fervor en Venezuela, en mayor medida cerca y a lo largo de la geografía costera nacional, hay suficiente espacio para que todos sus artífices le impriman un volcán de pasión a la expresividad de sentimientos que abarcan la dulzura del bolero – la cercanía de los cuerpos que se suman – y la entrega al movimiento exponencial – los cuerpos que se complementan – en un campo mutuo, colectivo y personal, allí donde no hay rutina y la improvisación constituye un desafío permanente.

Pollo de sangre azul

La ciudad de Caracas no recibe directamente los aires que se desplazan sobre las aguas del Mar Caribe porque se interpone el majestuoso Parque Nacional Waraira Repano (Cerro El Ávila), máxima elevación de la cordillera de la Costa, desde cuya cima, a poco más de dos mil metros de altura, es posible apreciar una escala geográfica representativa del universo tropical americano. A pesar de la distancia al mar, en Caracas se concentra el sabor directo del Caribe por diversas vías, entre ellas el humor y, en la red de busetas cuyos conductores hacen sonar en esas unidades de transporte colectivo, un sinfín de canciones pertenecientes al género de la salsa de todo tiempo. En algunas busetas la programación se sintoniza a emisoras de radio especializadas; mientras que en otras, la musicalidad proviene de discos compactos de gran circulación, regrabados y vendidos a gran escala, mp3, y compilaciones seleccionadas y realizadas por los propios conductores. Estas naves parecen museos musicales ambulantes, visitados a diario por pasajeros tarareando las canciones que escuchan. La salsa, además, no requiere de pistas para ser bailada: en estas unidades de transporte también es común ver personas que no pueden resistir el tumbao de esta música pegajosa, por lo cual desencadenan su tongoneo personal, bailando sin pareja y moviendo el cuerpo en una sintonía cultural compartida – una gran fiesta vital – como una manifestación más de la alegría de ser y vivir.

Ese contoneo responde a un imán rítmico creciente cuyo centro magnético se ha ido desplazando desde África – la Madre original – con sus elementos percusivos replicando los latidos de la tierra, transportados en cestas flotantes de madera sobre grandes olas, entre cuyas crestas repiqueteaban castañuelas andaluzas en cubierta buscando las costas de una tierra desconocida, desembocando finalmente ante la inmensidad de las selvas que bajaron por el gran río Orinoco en alas de pájaros antiguos y en las maracas de sabios Shamanes de la Indo-América profunda. Este gran viaje intercultural que es la salsa, propagado por mares, lagos, océanos y ríos (entre ellos el Guadalquivir, el Mar Mediterráneo, los ríos de la costa occidental africana, el Océano Atlántico, El Caribe, el Mar de las Antillas, el Orinoco y el Lago de Maracaibo), sigue haciendo vigente el sentido de aquella voz popular que asegura que ¿ en el Caribe, el que no baila, sufre.