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Dulce de Leche

por Víctor Porter[1]

La cárcel estaba en la Pampa Húmeda y, quién sabe por qué, era más húmeda que toda la Pampa. Todo estaba mojado, siempre, y el olor a encierro se alternaba con el olor a Fluido Manchester que cada cierto tiempo le pasaban al piso del pasillo para ahuyentar a toda forma de vida no encerrada ahí a la fuerza. A cada tanto, a los prisioneros los sacaban a tomar aire. Salían a caminar a un patio, encerrado también, rodeado de alambres con púas. Algunos prisioneros caminaban en círculos hasta el final del tiempo. Otros aprovechaban para planear eternamente la revolución.

Abraham Dionisio y Najman conversaban cada vez que caminaban en círculos por ese patio gris y alambrado.

Venían de mundos distintos.

Najman de la gran ciudad capital, de la clase media educada (esto se puede leer como uno quiera: de la clase media y educada o de la clase educada por la mitad, no completamente educada; en resumen, lo mismo).

Abraham Dionisio, criado en los márgenes de una inmensa plantación de caña de azúcar. Sin padre y con muchos hermanitos. Según contaba, su infancia consistió en salir a cazar para comer; no a cazar animales sino a cazar comida. Su coto era el patio trasero de un matadero-carnicería. Abraham y sus hermanos pasaban horas detrás del alambrado esperando el momento. Los últimos y desesperados gemidos del cerdo, vaca o cabra que estaban a punto de carnear anunciaban la acción.

“Me partía el corazón”, contaba Abraham.

“Lo peor era cuando los miraba fijamente a los ojos, los pobres sabían que los iban a matar. ¿Y sabes qué, Najman?, esa misma mirada desesperanzada tienen algunos compañeros presos”, remataba Abraham.

Él y sus hermanos presenciaban el trabajo del matarife. Desde que aparecía con el animal en el patio de atrás, la volteada al piso, las patas atadas, la cuchillada certera, el chorro de sangre humeante a la olla y la destazada. Después, la parte más importante: mientras los hermanitos ahuyentaban a los perros, gatos y gallinas, Abraham — quién ya tenía el golpe minuciosamente planeado — corría a recoger todo lo que podía. El hígado y el corazón eran lo más valioso, después las tripas y los pulmones, o cualquier otro despojo que no se hubiesen llevado los otros hambrientos y estuviera por ahí tirado. Encarnación, la madre de Abraham, transformaría el botín en un manjar.

Apenas pudo manejar el machete, Abraham empezó a trabajar cortando caña de azúcar; el hermano que le seguía se hizo cargo de la caza.

Después de huelgas, despidos, persecución y otras injusticias cotidianas en la plantación y el ingenio, Abraham se sumó a la guerrilla rural, su lugar natural, su destino. Si alguien tenía el derecho y la obligación de alzarse en armas era él.

En el patio de la cárcel, Abraham compartía historias con Najman y otros, siempre sonriendo, nunca quejándose. El sol del cañaveral seguía brillando en el fondo de su mirada, y aún sentía el aire del monte a pesar de los años de encierro. Caer preso no interrumpió su vida ni su carrera. Como el monte, la cárcel también fue su lugar natural y su destino.

De vez en cuando, los presos podían hacer alguna compra. Para eso los presos estaban acuerpados de acuerdo a su grupo u organización política, o por afinidad personal los que eran independientes. Compraban colectivamente, de modo que todos pudieran tener yerba, cigarrillos y lo que alcanzara.

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Una tarde, Najman y Abraham estaban dando sus vueltas eternas en el patio cuando los paró el preso Dell’Orto; de él se decía que era un compañero muy importante, un cuadro revolucionario… y sin embargo no daba esa impresión. Hablar con él era hablar con el abanderado en un mural del realismo soviético, no miraba a los ojos del interlocutor; ¿para qué?, él miraba más allá del horizonte. Tal vez imaginando un desfile en su honor, o a las masas aclamándolo… Lástima, porque las paredes de la cárcel truncaban esa visión de epopeya, y él quedaba acá en el patio y la humedad, con su mirada perdida, más perruna que mesiánica.

Dell’Orto y Abraham pertenecían a la misma organización. Dado su nivel, Dell’Orto estaba a cargo de las compras grupales. Así que Dell’Orto interrumpió la caminata-charla de Najman y Abraham porque debía hacerle una pregunta estratégica a su compañero de armas.

“¿Qué va a querer comprar el compañerito Abraham? Hay yerba mate, cigarrillos, galletas, … dulce de leche”

“Yerba y dulce de leche”, respondió alegre Abraham.

Dell’Orto sorprendido y con aires de General San Martín de a caballo al mando del Ejército de los Andes replicó:

“Compañero, me extraña muchísimo que pida eso. El dulce de leche es para los burgueses, no se desvíe compañero. No se desvíe”.

Casi en llamas, pero respirando y hablando muy despacio, Abraham afirmó con la certeza de estar en lo correcto.

“Por eso luchamos compañero, para que todos podamos comer dulce de leche. Así que le repito mi pedido: Yerba Mate y dul-ce- de- le-che, ¿está claro?”

Un silencio metálico quedó flotando y Najman pensó que esa era la mejor explicación de por qué luchaban, y que jamás nadie había dicho. Sí. Era la más real, la más tangible, la más dulce.

[1]   Refugiado Argentino que vive y escribe en Vancouver, Canadá.

El clítoris, ese gran desconocido

por Verónica Gutiérrez Portillo*

El 6 de febrero pasado fue el Día Internacional Contra la Mutilación Genital Femenina (Ablación); fecha escogida por la ONU en 2012 para concienciar, sensibilizar, luchar y encontrar maneras para frenar esta aberrante costumbre en diferentes culturas africanas, además de ser una clara discriminación hacia el género femenino, así como una flagrante violación de los derechos humanos de niñas y mujeres.

Por este motivo, me gustaría escribir este sintetizado artículo sobre el clítoris, como una manera más de combatir esta cruenta, cruel, absurda e inaceptable tradición.

El clítoris, ese pequeño órgano carnoso y eréctil que encontramos en la parte superior de la vulva del aparato genital femenino; ese órgano parcialmente escondido y también desconocido, ha sido y es todavía, objeto de discriminación, persecución cultural y escatimado protagonismo, a pesar de su nombre prácticamente universal y las bondades que ostenta en su reducido tamaño.

Su única función es otorgar placer sexual a la mujer, ya que no tiene una función reproductiva y, sin embargo, cuando se habla del órgano sexual femenino invariablemente se piensa en la vagina, cuando es el clítoris el que merece ostentar dicho título al ser mucho más sensible (extremadamente) y el causante directo de todos los orgasmos femeninos, ya que por él discurren los nervios sensitivos (dorsales) y, en términos generales, una gran cantidad de terminaciones nerviosas (ocho mil en su parte externa –el doble de las del pene– comunicadas con otras 15 mil en la región pélvica).

El clítoris, al igual que el pene, posee capuchón, glande y cuerpos cavernosos que se llenan de sangre con la excitación sexual.

Recientemente, se ha empezado a hablar del complejo uretra-clítoris-vagina, una zona de estimulación erótica y sensorial muy potente, de la que todavía queda mucho por descubrir.

En 2011 expertos de la Universidad de Rutgers (Nueva Jersey, Estados Unidos) crearon un mapa cerebral del placer sexual femenino, utilizando escáneres para identificar las áreas del cerebro involucradas en la excitación de los genitales femeninos, lo que reveló que la estimulación del clítoris no es la única que activa la corteza sensorial, puesto que también la estimulación de la vagina, el cuello uterino y los pezones desencadenan respuestas cerebrales.

Fue apenas en 1998 cuando se describió la anatomía completa del clítoris por la uróloga australiana Helen O’Connell a través de imágenes por resonancia magnética. Posteriormente, dos investigadores franceses, los doctores Odile Buisson y Pierre Foldès, crearon el primer sonograma completo en 3D de un clítoris estimulado. No obstante, fueron los estudios de Bill Masters y Virginia Johnson los que lanzaron el clítoris a la fama aseverando que la mujer a menudo no queda satisfecha con una única experiencia orgásmica y demostrando que la mujer bien puede prescindir del hombre al descubrir una sexualidad femenina independiente del coito con los hombres.

El mecanismo del clítoris es muy similar al del pene; como éste, tiene erecciones y eyacula, y al ser un cuerpo cavernoso, también se ve afectado por patologías como la hipertensión, la diabetes y por el ineludible paso del tiempo.

El clítoris es una parte de la anatomía femenina delicada y sensible que debe ser tratada como tal, algo que la mayoría de los hombres todavía desconoce.

 

* Médico familiar de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco

La Otra Guerra

por Joe Barret[1]

La última vez que Arden Nash salió de Barcelona, la ciudad entera se volvió a decirle adiós. Hubo lágrimas, aplausos y aclamaciones. Rosas y claveles llovieron sobre la diagonal. Banderas de seda colgaban de los edificios, elevándose en el viento: las anarquistas de color rojo y negro, las republicanas amarillas y púrpuras, y las catalanas rojas y amarillas. Era octubre 29 de 1938, el final de la Guerra Civil española. Nash marchó en la primera fila de los canadienses, el batallón Mackenzie-Papineau, los MacPaps. Fue el último desfile de las Brigadas Internacionales.

Pero la emoción se mezclaba con la tristeza. Más de 600 canadienses habían muerto. Las brigadas internacionales fueron retiradas de la línea del frente, derrotadas. El fascismo fue el vencedor. Adolf Hitler y Benito Mussolini habían ganado la guerra para el dictador español Francisco Franco.

Al finalizar el desfile, llegó un mensaje por los altavoces. La voz era la de Dolores Ibárruri, también conocida como La Pasionaria, la enérgica política comunista, hija de un minero de carbón Vasco. “¡Mujeres madres!”, exclamó: “Cuando pasen los años y las heridas de la guerra hallan sanado, cuando la memoria haya nublado los días dolorosos y sangrientos, devueltos con un presente de libertad, hablen con sus hijos sobre el amor y el bienestar. Díganles sobre las Brigadas Internacionales. Díganles cómo, atravesando mares y montañas, atravesando las fronteras erizadas de bayonetas, estos hombres llegaron a nuestro país como defensores de la libertad. ¡Ellos renunciaron a lo que amaban, a su país, a su hogar y fortuna, a sus padres, madres, esposas, hermanos, hermanas, y a sus hijos!”. A continuación, la Pasionaria se dirigió a los soldados que partían. “Se pueden ir con orgullo. Ustedes son historia, son leyenda. Nosotros no los olvidaremos, y cuando las hojas del olivo de la paz broten de nuevo, ¡Vuelvan! Todos ustedes encontraran amor y gratitud en el pueblo español, que ahora y en el futuro gritara con todo su corazón, “¡Larga vida a los héroes de las Brigadas internacionales!”

Estación Chusacá

Arden Nash, nació a las afueras de Salmon Arm y ahora vive en Kamloops, era uno de entre los más de 1.500 voluntarios de todo Canadá que se unió a las Brigadas Internacionales para luchar contra los fascistas españoles. Ellos eran leñadores, mineros, trabajadores de campos de socorro, y desempleados. Eran poetas, novelista y filósofos. Eran médicos, enfermeras y maestros.
Nash fue voluntario para defender una democracia distante, dispuesto a dar su vida para proteger la libertad y la justicia en un país del que no sabía nada. A pesar de estar violando La Ley de Alistamiento Extranjero de 1937, que prohibía viajar a España. El primer ministro Mackenzie King, al igual que los líderes británicos Stanley Baldwin y Neville Chamberlain, pensaron que abandonando España al fascismo, todos se salvarían de una guerra mundial. Nash no se dejó engañar, como tampoco lo hicieron los otros 400 habitantes de la Columbia Británica que lucharon en España, ni las decenas de miles de canadienses que apoyaron la causa española. Sin el reconocimiento oficial de su contribución, Nash y sus compañeros cometieron un delito siguiendo su conciencia.

Es noviembre de 1996. Hace 21 años, con la muerte de Franco la dictadura fascista terminó. La monarquía constitucional ha garantizado un gobierno democrático estable durante dos décadas. En una realización de la promesa que la Pasionaria hiciera, los brigadistas han regresado. El aire en el vestíbulo del Hotel del congreso en Madrid, centro de la ciudad, está llena del amargo humo de los cigarrillos españoles. La cacofonía de las conversaciones en una docena de idiomas hace eco en las paredes. Arden Nash esta relajado en un sofá del vestíbulo. Cincuenta y ocho años después de salir, él ha vuelto. La ocasión, el Homenaje a las Brigadas Internacionales, una celebración gubernamental en honor a la contribución extranjera durante la guerra. Regresar a España es regresar a las emociones que dejaron atrás hace mucho tiempo.

Nash, de 78 años, está acompañado por once sobrevivientes del batallón Mackenzie-Papineau. Como maestro de español y amigo de Nash, estoy aquí con otros 14 canadienses, familiares y amigos que acompañan a los veteranos. En total, 370 brigadistas procedentes de 32 países asisten al evento de una semana. Adicionalmente, 500 familiares y amigos conforman el entorno. Más de 100 periodistas de todo el mundo cubren la historia.

El agotador vuelo trasatlántico y la irregular alimentación provocaron en Nash una crisis diabética que lo mandó una noche al hospital. Los organizadores no habían previsto la fragilidad de los ex combatientes. Tuvieron que alquilar sillas de ruedas extras y autobuses turísticos, equipados con ascensores hidráulicos y ambulancias acompañantes.

En el Palacio de los Deportes, la apertura de gala se pone en marcha. La línea de boletos se extiende a través de la plaza y luego desaparece al final de la cuadra. La gente remolinea alrededor de la entrada del estadio. Los veteranos comienzan a llegar y se abre el paso. Aplausos y aclamaciones surgen de la multitud cuando los veteranos caminan o pasan en sus sillas de ruedas. El estadio, desde el interior, parece un estadio de hockey. Ocho mil personas llenan los asientos.

Ondean banderas rojas, amarillas y púrpuras de la segunda República española (1931-1939). El público canta: “¡Los Fascistas no pasarán!” Es el famoso grito de guerra de la Pasionaria. Es el llamado a las armas que elevaron la moral y agitaron a Madrid para resistir el paso del bombardeo fascista y el ataque del ejército en la capital española en noviembre de 1936. En el micrófono, la rasposa voz del maestro de ceremonias pide silencio.

“Todos tenemos que agradecerles”, dice, y se disculpa con los antiguos brigadistas. Entonces aparecen las palabras y la música”, se comienza con un poema de Rafael Alberti, poeta de la segunda república.

Venís desde muy lejos… Más esta lejanía

¿Qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?

La necesaria muerte os nombra cada día,

No importa en qué ciudades, campos o carreteras.

De este país, del otro, del grande, del pequeño,

Del que apenas si al mapa da un color desvaído,

Con las mismas raíces que tiene un mismo sueño,

Sencillamente anónimos y hablando habéis venido.

A continuación, sigue la música. Después de cada canción hay aplausos y cantos apoyando a los veteranos. Es un festival de dos horas que termina con el discurso espontáneo de un superviviente del Batallón Thaelmann, de voluntarios alemanes exiliados por Hitler. De la multitud sale un gran respeto hacia este hombre cuando habla. “Venimos a defender a los indefensos”, dice. “A los niños, a las madres, y los viejos que estaban siendo asesinados sin piedad por la fuerza aérea de Hermann Goering, de la Legión Cóndor.”

Me fui, pero seguí escuchando la voz de Flor Cernuda, ex secretaria de La Pasionaria, a quien había conocido en nuestro primer día en Madrid. “Los españoles aman a los brigadistas con todos los rincones de su cuerpo, con sus intestinos, con sus corazones”, me confió. De vuelta al hotel, las historias se cuentan hasta altas horas de la noche. Dos veteranos ingleses recuerdan al canadiense que conocieron en la batalla del Jarama. “¿Has oído hablar de Jimmy Shapcotte?” piel de cera de Jo Garber recuerda su acento. “En enero de 1937 tenía 68 años de edad y estaba en primera línea.” Yo nunca había leído u oído mención alguna de Shapcotte. Entre esos viejos voluntarios anónimos, Shapcotte pudo haber usado un nombre falso para ocultarse de las autoridades canadienses.

Un francés, Theo Franco, de 82 años, me arrinconó para contarme cómo sobrevivió dos años en las cárceles de Franco antes que la Embajada de Venezuela lograra su liberación en 1941. “Luego me fui escondido en un barco a Inglaterra. Me alisté en el ejército británico y vi acción en Sicilia, Monte Cassino, hasta que fui capturado en una acción de paracaidistas detrás de las líneas en Arnhem. A mí y otros 45 nos formaron y dispararon. Caí en una fosa común, pero al día siguiente, dos campesinos que pasaban por ahí me vieron mover la mano entre el montón de cuerpos y me sacaron. Mi insignia de paracaidista, un medallón pesado, desvió la bala. Yo convalecí oculto durante seis meses. Durante ese tiempo los aliados avanzaron y la guerra estaba a punto de terminar. Cuando regresé a casa después de nueve años de guerra, encontré a mi madre vestida de negro y llorando mi muerte. La impresión de verme con vida casi la mató.” Sin dudarlo, abrió su camisa para mostrar la cicatriz en el centro de su pecho y dice que una parte de la placa del paracaídas está todavía por debajo.

Al día siguiente, Nash se levantó temprano, y se preparó para abordar los autobuses que llevarían a sus compañeros y él a las Cortes, el Parlamento Español. Allí, en una ceremonia oficial, el presidente del Congreso, Federico Trillo, les entregará los documentos de ciudadanía. Trillo representa un gobierno de derecha recién electo. Algunos miembros del nuevo gobierno estuvieron estrechamente ligados a Franco durante su dictadura de casi 40 años. Se rumorea que Trillo encontrará una excusa para ausentarse de la ceremonia.

Los humos de diesel son una bienvenida diferente a la niebla pesada que se posa sobre la ciudad de cinco millones. El sol se cuela entre las sucias nubes, lo suficiente para que Nash pueda emitir una sombra tenue. Se sienta pacientemente en su silla de ruedas, atrás de la multitud. El andén está lleno de gente esperando a meterse apretadamente en los buses.

Estación Chusacá2

En Cortes los veteranos son bienvenidos por un túnel de cámaras de televisión. Grupos de periodistas se acumulan aquí y allá alrededor de la entrada. Entrevistan a los veteranos de sus respectivos países. Adentro, en un salón exclusivo reservado para los brigadistas, enormes lámparas cuelgan de soportes bañados en oro. Un grupo de 20 cámaras de televisión es confinado a una esquina por una gruesa cuerda de seda. Mientras los veteranos se agrupan, familiares y amigos son arreados en los pasillos de afuera. Finalmente, un político aparece y habla ante las cegadoras luces de las cámaras de televisión. Con gracia, agradece a los veteranos que defendieron el último gobierno de la segunda república construido legalmente. Anuncia que la ciudadanía española será otorgada a todos los Brigadistas internacionales, de acuerdo con la promesa hecha por el ex presidente Juan Negrín en 1938 y a la nueva ley que pasó con unanimidad el año pasado. Sin embargo, aún existe un obstáculo, antes que la ciudadanía sea otorgada. Rectificaciones de la constitución son necesarias para hacer a los brigadistas ciudadanos. Entonces por ahora, lo único distribuido será un documento oficial indicando que el parlamento ha decretado que la ciudadanía será otorgada. Ni siquiera hay una ceremonia oficial para entregar estos documentos.

Mientras los brigadistas se dirigen a la salida, los parlamentarios les dan un llavero con la foto de Cortes.

El anticlímax se torna amargo cuando los brigadistas descubren que el legislador que habló no es más que el segundo vice-presidente, Joan Marcet. Enrique Fernández Miranda, el primer vice-presiente, se unió a Trillo negándose a atender la ceremonia. En los noticieros esa tarde y en el periódico del país el día siguiente, el gobierno es fuertemente criticado por su “falta de modales y habilidades en la vida política”. El veterano de 85 años no está sorprendido “Esto sólo confirma lo que todos sabemos”, le dice al reportero de El País, el periódico nacional de España. “esta gente (el actual gobierno de derecha) no respeta a nadie”.

Esa tarde, después de un banquete espectacular patrocinado por el Congreso de Diputados, los veteranos vuelven al hotel agotados. Pero todavía hay tiempo para más entrevistas, esta vez con un reportero de CTV- un camarógrafo que está siguiendo a los canadienses.

“¿Por qué vinieron a España?,” le preguntan a Nash. Él está acostumbrado a la pregunta. Antes de partir para Madrid, me dijo la historia de sus comienzos en el interior de BC casi 80 años atrás.

“Éramos gente muy pobre, viviendo en el campo en los años 30”, y sus gruesas cejas enmarcan su mirada profunda. “No había calefacción, agua, electricidad o teléfonos. Ni siquiera teníamos radio.” Algunas veces veía el noticiero, pero casi siempre se enteraba de lo que pasaba en el mundo por los líderes sindicales, los viajeros o los periódicos. “Mis padres eran grandes lectores: Dickens, Fielding. Nos los leyeron a todos desde que éramos niños”.

“El sindicato de Trabajadores del Campo de Refugio tenía organizadores que venían a nuestra casa. Joe Kelly fue uno de ellos. Hubo otros, pero no usaban su nombre real.” A mediados de los años 30, era común que los trabajadores que estaban en las listas negras se cambiaran el nombre. Era la única manera de encontrar trabajo en otros campos.

“Nos contaban sobre las condiciones esclavizantes en los campos de refugio. Sus historias eran interesantes. Algunas veces se quedaban en la noche. Nosotros simpatizábamos con ellos. La United Front (un grupo de coalición de la izquierda) tenía una oficina de campaña en Salmon Arm, y nos encontrábamos a los mismos organizadores allí. Eran gente brillante. Habían enseñado evolución humana, en teorías científico técnicas”.

En mayo de 1935, Nash de 17 años y cinco de sus amigos se subieron en un tren a Vancouver para apoyar el paro de los trabajadores del Campo de Refugio. Se unió a miles de voluntario de más de 70 grupos comunitarios, en un día para colectar dinero para los empleados en huelga. “Tenía una lata y me paré en frente a un hotel en la calle Granville. Dos policías encubiertos se acercaron y se quedaron viéndome. No sabía si me iban a arrestar, pero se fueron después de un tiempo. La mayoría de personas en Vancouver eran amables. Ponían en la lata 10 centavos. Eso era mucho dinero en ese tiempo”. Colectamos más de $5.000 dólares en un día para los trabajadores en huelga.

“Yo estuve allí solo un par de días, y los trabajadores decidieron ir a Ottawa. Ese fue el comienzo de la travesía Ontario-Ottawa. Luego nos subimos a un tren de carga. Tú has visto fotos de eso, entonces sabes cómo es.”

Algunos hombres sólo llegaron hasta Regina. Allí, policías a caballo arrestaron a una multitud de 3.000 personas. Un hombre murió y hubo varios heridos. “Recuerdo muchos hombres regresando, todos en banca rota”.

El verano siguiente, la guerra explotó en España. El general Franco se rebeló en contra del nuevo gobierno de izquierda. Hitler y Mussolini respaldaron a los insurgentes con ataques aéreos, tropas y tanques. “poco después de eso, todo el mundo se estaba yendo para España” continuo Nash. “Nosotros escuchamos sobre España por los organizadores de los campos de refugio. Luego escuchas que esta persona se fue, luego otra, y decides ir tú también.”

Con el premio de la ciudadanía española muy cerca, el reportero de la CVT quiere saber que esperan tener los veteranos como reconocimiento oficial en Canadá.

Las esperanzas de Nash están nubladas por su pragmatismo. Desde que los MacPaps se fundaron 60 años atrás, luchar contra el gobierno canadiense por reconocimiento ha sido un problema constante. Los 20 sobrevivientes del MacPap en Canadá no están tan preocupados por sus pensiones tanto como por tener un reconocimiento simbólico. Un monumento nacional a los voluntarios – para igualar el memorial en el parque Queens en Toronto, que fue oficiado por el gobierno de Bob Rae- es su principal prioridad. La legión real canadiense todavía rechaza a los voluntarios de la Guerra Civil Española como veteranos de guerra legítimos. Gobiernos federales exitosos se han rehusado firmemente a admitir el error de Mackenzie King. Por lo menos, las políticas de gobierno son indiferentes; algunas veces, el gobierno ha catalogado falsamente a los MacPaps de mercenarios.

Pero hay una razón para ser optimistas. En su primer día en España, los MacPaps fueron invitados a la residencia del embajador de Canadá para una recepción en su honor. Los voluntarios sobrevivientes escucharon palabras alentadoras como “No podía ser indiferente” del embajador David Wright. “Cuando ves la contribución hecha y el reconocimiento dado por todos los partidos políticos en España. Yo creo que es importante que la embajada dé un reconocimiento también. Pero no puedo hablar por Ottawa.”

Es la media noche antes que las entrevistas terminen. Los viejos guerreros de la libertad finalmente pueden dormir – hasta las 7 am, cuando todo el mundo se despierta de nuevo y las Brigadas Internacionales son divididas entre delegaciones que viajaran a diferentes ciudades. La mayoría de los canadienses, incluyendo a Nash, van a ir a Albacete. En el interior, al oeste de Valencia en la costa Mediterránea, Albacete sirvió como el centro de entrenamiento y distribución de las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española.

Apenas llegamos a la estación de tren, el manager, con walkie-talkie en mano guío el desfile de nueve sillas de ruedas. En fila india, nos hicimos camino hacia las entrañas de la estación. Las sillas de ruedas se tambaleaban mientras cruzaban las riendas sucias hacia la plataforma en la que esperaríamos el tren. Nos subimos rápidamente y nuestro tren salió puntual a las 10 am. Parecen distantes las memorias de los trenes españoles que se tambaleaban sobre los carriles. Hoy, los trenes Iberianos compiten con los mejores trenes de Austria y Suiza. El viaje es cómodo y rápido.

Mirando a la escena por la ventana desde el sofá, a una velocidad de 100 mph, los ojos azules de Nash siguen los olivares en las colinas. Los arbustos se parecen a los olivos de Aragón. Angostas ramas verde-plateadas ancladas a un suelo rojizo y rocoso. Nash recuerda una escena de años atrás. En una huerta como una de esas, encontró refugio del fuego enemigo hasta que las balas empezaron a explotar a unos centímetros de su cabeza. Él era un camillero de tan sólo 20 años. Se arrastró entre la tierra de nadie para rescatar a un soldado herido. Alcanzando el soldado de infantería inválido, lo arrastró hasta un lugar seguro detrás de un camión destrozado. Por un laberinto de olivos y uvas, Nash guió el soldado de vuelta a la seguridad de la estación médica.

En Albacete, había confusión con la llegada. Un voluntario se ofreció a empujar la silla de ruedas de Nash mientras que yo corrí hacia la parte de atrás para recoger nuestro equipaje. Cuando regresé, el asistente de Nash estaba rompiendo un pedazo de papel que un hombre, parte de un grupo, puso en sus inmóviles piernas. ¿Qué dice? “No más fondos del gobierno para las Brigadas Internacionales. ASESINOS FASCISTAS”. Es un recordatorio de los neo-Nazis.

Nash es llevado rápidamente hacia la entrada de la estación. Allí, hay una banda tocando para dar la bienvenida a los brigadistas. La banda está tocando Zarzuelas, un ritmo nostálgico que evoca una pelea de toros y una sinfonía de Manuel de Falla.

Más de 1.000 personas están aglomeradas en los parqueaderos de la estación de tren. Aplaudiendo la llegada de cada brigadista en un túnel de honor que se forma espontáneamente alrededor de los cruzados geriátricos. Cantando “No pasarán” y coros de la “Internacional”. Luego “Alcalde, alcalde”. La gente de Albacete esta avergonzada. Su alcalde (del partido popular del gobierno federal) ha decidido boicotear la visita de los brigadistas.

Otra hora de discursos precede la subida a los buses. Finalmente en su cuarto, Nash colapsa en una siesta de medio día.

Cruzando el hotel, se expande el parque de la ciudad. Empujo a Nash por entre un paseo de árboles arqueados. Las ramas cubren el cielo. Hacia nuestra izquierda, miles de gorriones aletean en el bosque urbano. El olor a Guano nos sigue hasta la calle.

Estamos aquí para la apertura de una exhibición de arte en honor a Las Brigadas Internacionales. La exhibición es en un museo moderno y bien iluminado. Deslumbrantes lámparas reflejan brillantes luces en los suelos de mármol. Nash es atraído por los modelos de un metro de los aviones de guerra rusos usados por la república. El “Chato” biplano se veía frecuentemente en Madrid. Un gran avión de defensa, fue usado para acabar la persecución de los bombarderos Nazis. En 1937, los republicanos tuvieron que pelear contra el estado de arte de los alemanes Messerschmitts. Un guerrero Ruso, nariz respingada, apodado “La Mosca” que se ve como un cono sobre ruedas con un ala atravesándolo por el medio. El modelo desempolvo un viejo recuerdo “Yo vi una pelea de perros mientras mi retirada en Aragón” recuerda Nash. “Un tipo saltó de su avión. Su paracaídas no abrió, lo vimos caer al suelo”.

Como música de fondo, un disco rayado del himno de la XV Brigada sonando una y otra vez, con un banjo tocando al ritmo de “Ay Carmela”

Vive la quince brigada

Room bala, Room bala, Room,

Boom, boom

Mercenarios y fascistas,

Ay Manuela, Ay Manuela

Mercenarios y fascistas,

Ay Manuela, Ay Manuela

 

Nash recuerda la baja moral durante las retiradas “Ninguno de nosotros pensó que saldría de allí vivo”, luego canta suavemente la parodia del himno, compuesta por Roy Conroy, uno de los MacPap de Vancouver.

From Belchite to Gandesa (Desde Belchite a Gandesa),

I ran well-a, I ran well-a (Yo corri, yo corri)

From Belchite to Gandesa (Desde Belchite a Gandesa),

I ran well-a, I ran well-a (Yo corri, yo corri) …

 

La tarde siguiente empezamos la última parte del tour, el tren nocturno a Barcelona. Así como en la guerra, el “Homenaje” terminaría en Barcelona.

Justo antes de las 9 pm, el tren cruzó silenciosamente el rio Ebro hacia Cataluña. No hay ningún ruido. Poco después, en Tarragona, Nash pregunta “¿Ya cruzamos el Ebro?” con mi mente en las retiradas, el final de la guerra, lo miré de vuelta y asentí.

A lo largo del invierno de 1937-38, los fascistas ganaron en la república. Por abril, las Brigadas Internacionales estaban destruidas. Peleando en pequeños grupos o solos, las fuerzas democráticas se retiraron hacia el rio Ebro. Luego, en un último acto de coraje en julio de 1938, los republicanos volvieron a cruzar el rio y atacaron los fascistas. Tomaron las fuerzas de Franco por sorpresa, pero, desafortunadamente, el éxito inicial fue empantanado. Los MacPaps fueron atacados solo a seis kilómetros de la ciudad de Gandesa. Allí había pocos lugares para esconderse. Cuando las fuerzas enemigas atacaron con sus morteros, afilados fragmentos de rocas volaron por los aires. Esos fragmentos eran tan peligrosos como las ametralladoras. Los MacPaps se mantuvieron en esa difícil posición por dos meses.

A finales de septiembre de 1938, el presidente Negrín decidió retirar las Brigadas Internacionales. Con la falsa esperanza que Franco le correspondería retirando las fuerzas armadas alemanas e italianas- un gesto noble pero ingenuo. Los fascistas, ahora sin ninguna oposición, cerraron los últimos vestigios de la república.

Al final del desfile en octubre 29 de 1938, los brigadistas marcharon por la famosa Diagonal de Barcelona. Allí, el melancólico y nostálgico discurso de La Pasionaria fue grabado para siempre.

Los canadienses partieron al norte de Cataluña. Tuvieron que esperar hasta enero, antes que los oficiales canadienses decidieran repatriarlos. Al principio de febrero de 1939, los sobrevivientes volvieron a Canadá. Multitudes entusiastas de 10.000 personas los estaban esperando en Toronto y Vancouver para recibirlos de vuelta en casa.

En la tarde del 9 de noviembre de 1996, los brigadistas se encontraron en Cataluña, desde todas partes de España. La estación de trenes de Barcelona estaba llena con personas de todas las edades. De nuevo los aplausos, de nuevo los gritos “No pasarán” y los túneles de honor para los voluntarios sobrevivientes.

El recibimiento en Cataluña es como en ningún otro lugar. Los políticos catalanes y el público son inamovibles en su apoyo a las Brigadas Internacionales. Desde que dejaron Canadá, Nash ha estado pensando en vestir sus medallas de servicio a las fuerzas armadas canadienses. Un pacifista de espíritu, nunca las ha usado para las ceremonias del Día de la Conmemoración en Canadá. Al día siguiente, noviembre 10, él pensó que sería una buena ocasión para lucir las medallas que han estado en su cajón por los últimos 51 años. A último momento decide dejar las decoraciones militares en su maleta.

En el parlamento, esa mañana, las multitudes están atrincheradas en las aceras. Coloridas banderas – la negra y roja por las uniones anarquistas, la roja y amarilla por Cataluña, y la morada, roja y amarilla por la segunda república – compiten por atención.

El presidente de Cataluña, Jordi Pujol, es acompañando por el presidente del parlamento, Joan Reventos, el presidente del diputado, Manuel Royes, y el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall. Los brigadistas son invitados al histórico parlamento de Cataluña. Es una tumultuosa bienvenida compuesta desde los grandes oficiales hasta los miles de ciudadanos catalanes.

Para España, parte del homenaje a las Brigadas Internacionales, en su 60avo aniversario, cierra el capítulo final de una cruda guerra civil. Ahora hay reconciliación oficial. La profecía de La Pasionaria ha pasado.

De vuelta en Canadá, Arden Nash y los sobrevivientes del BC MacPaps se reúnen con el primer ministro de BC, Glen Clark. Pero ¿y el gobierno federal? Los veteranos quieren que Canadá haga frente a la vergüenza de la negligencia. El gobierno de Francia acaba de votar para dar a los sobrevivientes de la guerra civil española pensiones completas y beneficios. En Canadá, los voluntarios aún están esperando la financiación de una baldosa de roca.

(Traducción de Nandy Fajardo)

[1]     Profesor, investigador y organizador sindical y solidario de las más nobles causas del mundo. Nació y vive en Victoria, Canadá.

Las Semillas de Taraba

por Gustavo Duch Guillot[1]

 

—Escúchenme, me llamo Fátima, nacida en Taraba, un pequeño pueblo a unos 100 kilómetros al sur de Damasco, la capital de Siria.

“Después de cuatro años de sequías, nuestras tierras dejaron de parir y nuestro ganado murió, así que toda la familia tuvimos que partir hacia la ciudad de Daraa, en la ruta que lleva al mar. Al poco de llegar, en el 2011, estalló una revuelta que dicen que fue el inicio de la guerra. En nuestro barrio no pudimos permanecer durante muchas semanas, pero tuvimos suerte porque unos parientes de Damasco nos acogieron.

“Pero miren, la guerra no acaba y yo he llegado hasta aquí y no les voy a contar todo lo que pasé. Sólo les digo que toda mi familia murió. Nos han asesinado, entre las balas, las olas y la indiferencia. Así es que nos han muerto.

Pero no saben nada, ustedes, son verdaderos ignorantes.”

Y Fátima, con unos ojos exactos a los granos verdes y ahusados de la cebada, con su pañuelo cubriendo el pelo, continuó:

—Soy una de Ellas, la saga de mujeres más antigua del mundo. Mi madre me lo explicó, su abuela se lo explicó, y así cuenten, cuenten con detenimiento, porque fueron por miles de generaciones que sabemos quiénes somos.

“Somos Ellas.

“Porque fue cerca de Taraba, como explican los libros de historia que ahora aquí en Europa ya no recuerdan, que hace 10 mil años o más una mujer como yo decidió no caminar más, no acarrear más su vida y la de los suyos. Ya tenían algunas cabras cuando tomó varios de los granos recolectados y, siguiendo una fuerza interior, un presentimiento, decidió hundirlos en la tierra. Los cubrió con más tierra mezclada con restos de harinas de sus comidas que después, con su propio lloro, apelmazó. Sabía que sucedería, así que con serenidad decidió esperar.

“Escúchenme, porque esta es la historia de ustedes. Y si acaba, acabará.

“Allí mejoraron sus chozas, allí crecieron varias generaciones más. Y siempre las mujeres de mi familia tuvieron cuidado de aquellos granos. Algunas de Ellas salieron a fundar nuevas aldeas llevando las semillas, que llorándolas germinaron libres. Y por siglos, con Ellas, las semillas de Taraba cruzaron montañas, avanzaron por el desierto, saltaron de isla en isla el mar.

“Escúchenme porque bien se sabe, pero ustedes lo silencian, que fueron estas mujeres migrantes las que llevaron las semillas hasta aquí, hasta esta Europa hoy sobrealimentada, pero tan cobarde.

Su alimento, sus campos cultivados son porque a Ellas entonces nadie las detuvo. No pusieron alambres en su camino, no tenían vallas que saltar, ni bombas que esquivar. ¿Lo saben? Yo creo que no.”

Y quienes allí la escuchaban pudieron presenciar cómo Fátima, junto a la orilla de la playa, tomó una semilla de su bolsillo, la dejó caer y al mismo tiempo que la primera ola la tomaba en sus brazos, una lágrima verde de sus ojos cayó sobre ella.

Sólo unos instantes después, millones de personas que aguardaban en las costas de Marruecos, Túnez, Egipto, Palestina, Libia, Turquía, Argelia, Siria, Líbano… pudieron avanzar apaciblemente hacia el norte por una ruta segura, cómoda y con alimentos.

El mar se había convertido en un inmenso campo de cebada.

 

[1]     Veterinario y escritor Catalán. Publica en El Periódico de Catalunya, Público, La Jornada de México, Galicia Hoxe y El Correo Vasco