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Nuestro Calor

por César Moheno

Una tarde de hace muchos años me guarecí de la lluvia en la casa de doña Marcelina Próspero. Junto a su hermana Juana, llenas de fortaleza y de arrugas en el cuerpo, me contaban sus historias cerca del fuego de la troje que compartían en un paraje del bosque de la meseta purépecha de Michoacán. Hacía frío y ellas me arropaban con sus palabras, sus risas, sus afanes. Con un aire de complicidad que se manifestaba en las miradas y los silencios, el cauce de sus frases las fue conduciendo a las confidencias. Así comenzaron a compartir sus secretos.

Una ya se siente por completo diferente después de recibir por primera vez la comunión. Allí, me decían, en la ceremonia, por primera y casi única vez se viste una de blanco y todas las niñas se unen por un momento en el atrio del templo, sabiéndose distintas, mientras la banda toca y toca todo el rato y todas bailan en medio de la gente. Lo hacen tan entre ellas, que se dirían palomas al verlas bailar. Están tan contentas, que quisieran que pasara el tiempo rápido pues se mueren de ganas de contar ese momento.

Así llega al cabo de los años el día de la boda. Desde el instante del compromiso, nuestro gusto – me seguían contando – es realizar una serie de costumbres que aseguran a las familias y a los novios las formas de la concordia y el gozo para que enraíce la unión. Y en ese tejido ser mujer ampara la fuerza del mundo. Por eso el día de la boda, para recibir a la nueva hija, se engalana con cintas de colores y con guirnaldas de maíz la cabeza del novio. Allí la esperan todos los parientes de la casa. Para mostrarle su júbilo la reciben con cohetes y con música. La hacen pasar y la sientan en medio de la estancia, donde cada uno de los miembros de la familia de él, le trenza en el pelo un moño de cinta de color. Algunos hasta le prenden algún otro regalo. Esa es la forma de engalanarla.

Después de la ceremonia en la iglesia, las mujeres de la familia de la novia acarrean pollos, licor y cajas de cerveza a la casa del novio. Todo acompañado de confeti, más música y más cohetes que es lo que se acostumbra. La madre del novio las recibe en el umbral de su casa luciendo en el pelo pan de jabón, escobeta y estropajo para enseñar que ya le dio el último baño a su hijo. Allí se junta la parentela completa y pasan a comer las viandas que se venían preparando desde la víspera. Todos bailan, especialmente las mujeres. Y todos por igual se beben ríos y ríos de vino para homenajear el recuerdo de las bodas de Canán.

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Al amanecer del otro día, bailan el son de la canara. Las mujeres lo hacen con un telar, con un huso o con un tejido y los hombres con sus aperos de labranza. Alguna mujer hace un muñeco de trapo y se lo entrega al novio y a la novia para que lo arrullen. Ahora los padres de los dos bailan con pan y chocolate que ofrecen a la novia, que cuando lo va a coger se lo arrebatan y se lo comen entre ellos. Así se acostumbra para que vayan las dos familias agarrándose de la confianza. De ella depende el trasplantarse.

Por eso le digo que es tan grande el valor de asegundar con toda la familia eso de los sacramentos. Por algo ha de ser que las campanas marcan la vida de los pueblos. Por eso tenemos que aprender desde chiquitos a escucharlas. Ya sabemos que al cumplirles aseguramos nuestro buen paso por el mundo. Así ha sido siempre. Por eso estamos aquí, usted y nosotras, compartiendo nuestro calor, celebrando con palabras y con pan.

Sólo las viejas hacemos de este pan. Sólo nosotras podemos hacerlo. Escogemos todo, desde los granos del trigo que vamos a moler hasta el tipo de leña con el que lo vamos a hornear. Por eso nuestro pan es especial. Por eso no podemos dejar pasar ninguna fiesta para hacerlo. Por eso todo el mundo nos pregunta. Juana, Marcelina, ¿cuándo van a hacer de su pan?

Para hacer buen pan hay que conocer muchos secretos. Todos los secretos. Inventarlos todos también; porque una nunca sabe con qué nos va a salir el trigo, o cómo amaneció la levadura o nosotras mismas.

Para que un horno sea bueno y no se le salga el calor, uno misma lo tiene que hacer. Y hay que saber hasta escoger en dónde ponerlo. Hay que hacerle un esqueleto con palos de encino y juntarle mucha piedra y lodo. A eso es lo que llamamos la columna. A ella hay que darle su pasadita de adobe bien cargado. Después se le ponen por dentro hiladas redondas de ladrillo sin juntear, para que aguante el peso de la cubierta que también será de ladrillo, pero ese sí muy bien junteado. Se le cubre con una capa fuerte de adobe y se repella con una capa de ceniza blanca. El chiste es saber dar la redondez para que aguante y no se nos caiga. Después de darle la primera quemada se le saca el ladrillo del corazón y se le baila encima. Si el horno aguanta el baile ya está rico para hornear.

Para sacar una buena hornada de pan el secreto está en irle respetando sus deseos. Que si quiere más tueste el grano, que si desea más agua la harina, que si la levadura está muy seca, que si no le dio bien el sereno, o que si lo mezclamos después de que salió el sol; hasta el peso exacto tenemos que ofrecerle. Pero otra vez repito. Uno de los secretos es irle inventando sus secretos.

Las viejas creemos que el principal de entre ellos es que lo amasamos en nuestra cama y, así, nuestro propio calor le damos. Por eso no lo dejamos salir de nuestro cuarto hasta que haya que comerlo. Por eso no sólo aplauden su sabor. Es sobre todo su olor lo que le alaban. No se dan cuenta aún que es a mujer a lo que huele.

La esquina es de quien la trabaja

por Raúl Zibechi

La pasada semana participé como invitado en un encuentro de trabajadoras sexuales en el local de Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer Elisa Martínez, enclavado en el mercado de La Merced, en el centro del Distrito Federal. Sólo conocía a tres de sus integrantes y fundadoras (Elvira Madrid, Jaime Montejo y Rosa Madrid) en encuentros de movimientos populares y en convocatorias del zapatismo.

En la reunión participaron unas 50 trabajadoras sexuales, en un pequeño departamento donde funciona la clínica que ofrece servicios como Papanicolau, pruebas rápidas de detección de VIH/sida, colposcopia, electrocirugía y cirugía láser, tratamiento de infecciones de transmisión sexual, odontología, acupuntura, masoterapia y atención sicológica, que financian con la venta de los condones Encanto.

El ambiente es difícil de definir porque no se parece en nada a las reuniones de los movimientos sociales y las izquierdas. Habría que remontarse a los encuentros de obreros anarquistas, un siglo atrás, para encontrar referencias válidas. Las trabajadoras sexuales auto-organizadas en la brigada son personas de corazón grande y palabra directa, sin vueltas ni retórica, capaces de explicar sus tremendas vivencias con la naturalidad propia de las de abajo.

Comenzó a circular la palabra. Había mujeres y transexuales de tres generaciones, ya que comenzaron a organizarse hace más de 25 años. La organización se rige por una asamblea general integrada en su mayoría por trabajadoras sexuales que se han aglutinado, desde 1997, bajo el nombre público de Red Mexicana de Trabajo Sexual, destaca uno de sus múltiples documentos.

En la mesa estaban Elvira, Patricia Mérida y Krizna. Sus intervenciones fueron extraordinarias, sencillas, profundas, cristalinas, conmovedoras hasta las lágrimas, que en esas tres horas rodaron tanto como las palabras. Lágrimas de dignidad y de rabia. En sus voces hablaron la explotación de padrotes y madrotas, la violencia de policías abusivos, las violaciones, los golpes y el encarcelamiento, el secuestro de hijos e hijas, las carreras contra las transexuales a quienes la policía rapaba y daba manguerazos.

El clímax fue la intervención de Betty. Sonrisa ingenua, lanza en tono inocente una pregunta demoledora. ¿Cuál es su intención con esto?, en referencia a la información que se lleva el periodista. Una trabajadora sexual interpela al periodista invitado. Es la síntesis de un proceso de décadas, del crecimiento desde abajo, de la dignidad de no sentirse menos que nadie. No es desconfianza en el otro; es poder, capacidad de interrogar que sólo nace de la autoestima y la confianza en sí misma.

Para llegar a ese lugar recorrieron un largo camino. Antes tenían que pedir permiso a las madrotas para trabajar en la calle, ahora tienen cooperativas, explica Alma, hasta con 160 integrantes. Antes nos caíamos gordas unas a otras, ahora están unidas. Chabela recuerda que las llamaban foco de infección, pero ahora son promotoras de salud formadas en los talleres de la brigada.

Lupita, China, Isabel, Ramona junto a su hijo, evocan un pasado de humillaciones en hospitales y violaciones grupales en las calles, cuando las detenciones duraban hasta 15 días. Mi vida era droga diaria, recuerda Betty. Todo eso se acabó, replica alguna. En 2014 el Gobierno del Distrito Federal debió reconocerlas como trabajadoras no asalariadas. Algunas, como Mérida, gracias a la brigada, estudiaron primaria, secundaria y computación. Otras se desempeñan como periodistas gracias a los talleres que imparte, solidariamente, Gloria Muñoz.

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Así fue naciendo un sujeto colectivo. Somos parte de una familia, explica Elvira, cuya vida cambió el día que las conoció. Transitar de objetos a sujetos, de putas a trabajadoras dignas, es un camino que sólo puede explicarse, y entenderse, desde la carne adolorida y las lágrimas rodando sobre la mejilla. No existe tesis ni plataforma capaz de hacerlo. Es vida y sólo vale sentirla.

Brigada callejera tiene su decálogo de principios: apoyo mutuo, decisiones por consenso, unidad de acción, franqueza y no simulación, ser políticamente incorrectos o sea no instrumentales, buscar lo común con otros y no la perfección, no colaboración con el Estado y megaproyectos de grandes corporaciones, no violencia, no injerencia en asuntos internos de otros movimientos y autodeterminación.

Integran la Red de Resistencias Autónomas Anticapitalistas y la Otra Campaña convocada por el EZLN. Han creado la Agencia de Noticias Independiente Noti-calle y las iniciativas de Radio Talón y Tv calle. Cuando alguien propuso hacerse sindicato, la transexual Krizna recordó que rechazan las formas verticales de organización.

Cuando tantos movimientos han sido doblegados por las políticas sociales, brigada obtiene hasta 97 por ciento de sus recursos de la venta de condones, lo que les evita depender de financiamientos externos que puedan generar dependencia o sumisión política, señalan en su página web. El 3 por ciento restante lo obtienen de fundaciones, embajadas, empresas o dependencias del gobierno mexicano, excepto de presidencias municipales, gobiernos estatales o el GDF, que cada vez condicionan más sus aportaciones a la fidelidad política de quienes los obtienen.

Jaime recuerda que el Gobierno del DF quiere expulsar del Centro Histórico a las trabajadoras sexuales, ambulantes, pobres y adictos, y pretenden cerrar o modernizar el mercado La Merced. Elvira agrega que ya cerraron todos los hoteles en la zona, que “ahora utilizan al narco para despojarnos” y que desde 2007 creció la represión, aumentó el trabajo sexual y las desapariciones son un fenómeno nuevo y temible.

Es poco frecuente, en tiempos de posmodernidad con masacres, encontrar espacios plebeyos que irradien espíritu y rabia de clase; abajos con conciencia de clase (como anotan los sabidos). Es reconfortante, pero, sobre todo, es un soplo de vida en este mar de sangre y desesperanza.

El Archivo de La Isla

por Ilan Semo[1]

Es famoso que Walter Benjamin advirtió alguna vez que no existe documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie. Nada remite a la presa sobre la que se erige todo pasado cultural más que un orden inconexo, o ya invisible en tanto que orden, de ruinas y vestigios de ruinas. Son los vencederos los que gozan del atributo de proyectar a la devastación que les abrió paso como un patrimonio cultural. Sin embargo, Benjamin nunca aclaró dónde podría yacer la remisión (o el residuo) de la espectralidad de la historia, la historia entendida (y vivida) como multiplicidad de pasados posibles, suprimidos en su mayoría de (y por) los documentos de la cultura. No habría entonces acaso que preguntarse por la pequeña llama encerrada en la inversión de su sentencia: ¿qué pasaría si un documento de barbarie devienera en un documento de cultura?

Nada más difícil, ambiguo y arduo que recobrar a las voces lejanas e inaudibles de esa multiplicidad suspendida, arruinada por los espectáculos y las fabulaciones de sus mudos triunfadores. Pero hay siempre, así sea como callada latencia, una pequeña ventana, un atisbo de sombras, por donde esa mirada despierta a ese otro ángel de la historia, el ángel que no deja atrás a uno solo de sus muertos. Latencia es simplemente lo que yace oculto que (sin poder) se esfuerza por salir a la luz.

Porque la historia –si es que Reinhart Koselleck tuvo un momento de inspiración– no la escriben los vencedores. Ellos la celebran. Por el contrario, la escriben, en tanto que deriva absoluta de todo aquello que permanece, los vencidos. Aquellos que escriben desde el frente de la derrota. El mismo frente que atisbó a Tucidides y a Maquiavelo, a Tocqueville y al mismo Benjamin. La razón no es compleja. Son los que se preguntan por qué pasó lo que pasó. ¿Por qué no pudo ser de otra manera? ¿Cómo salir de la parálisis? Aquellos que escriben desde el horizonte de las presencias invisibles que dan sentido a lo que aparentemente acaba por perder sentido. El sin sentido en posesión del olvido.

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La Isla. Archivo de una tragedia”, el documental del cineasta alemán Uli Stelzner sobre el sorpresivo hallazgo del principal centro de documentación de la Policía Nacional de Guatemala, es el patente testimonio de la promesa que puede encerrar convertir un documento de barbarie en uno de la cultura contra el olvido.

El documental fue estrenado originalmente hace cinco años en Holanda y hace cuatro en Guatemala, no obstante las intimidaciones y las amenazas de bomba a la sala donde se proyectó. Preocupado por las amenazas, el cineasta se dirigió con el embajador alemán en Guatemala. Éste le respondió: ¡lo mejor es consultar con el embajador de EU! Hay quien dice que Europa se está muriendo; esa tarde murió un poco en Guatemala. Uli no le hizo caso. La exhibición fue un éxito cinematográfico y político.

En 2005, un incendio consumió las instalaciones de La Isla, uno de los centros de detención y tortura donde se alojaba la Policía Nacional. De sus sótanos emergieron ¡ochenta millones! de documentos que cubren la historia de la policía guatemalteca en la mayor parte del siglo XX. Los papeles se encontraban en el fango, muchos semi destruidos, otros mojados, otros más semi quemados. Comenzó la labor de curaduría por parte de las comisiones de derechos humanos.

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Lentamente la información empezó a dar sentido a lo que ocurrió en Guatemala entre 1960 y 1995. Y sólo hay una palabra para describirlo: el mayor holocausto humano y político en la historia de las dicataduras de América Latina. Más de 160 mil muertos; muchos de ellos torturados y vejados. Más de 40 mil desaparecidos.

Tres décadas y media de depredación que exterminaron a franjas enteras de la oposición política, a pueblos y aldeas de las regiones indígenas y a miles y miles de ciudadanos simplemente indiferentes.

La fuerza del documental no radica, sin embargo, en la integridad de su denuncia, sino en su lenguaje. No es el lenguaje del periodismo ni del discurso de lo político. Es el que Paul Celam definió alguna vez como el único lenguaje capaz de convertir al duelo interrumpido de quienes fueron expropiados de rostro, historia y memoria en desafuero de las almas del presente: el lenguaje de la poesía.

En La Isla la muerte es un asunto estrictamente de los vivos, de los sobrevivientes: no el duelo por las víctimas–como sugieren los aterradores estudios actuales sobre la tolerancia y la reconciliación–, sino el rencuentro con los estratos más profundos de la historia.

La única manera en que la historia, para Benjamin, se convierte en señal de alerta para los vivos: el mandato de la reparación. Es decir, la confianza en dotar el sentido de la otra historia, la no visible, la incautada por el archivo, para enmudecer a los documentos triunfantes de la cultura.

[1]   Investigador, académico e historiador. Actualmente es académico del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana.

Estación de Albán - Colombia

Feminicidios en Francia

por Vilma Fuentes

 

El 10 de septiembre 2012, Jacqueline Sauvage asesinó a su marido, Norbert Morat, con tres balas del fusil familiar. Alegó en su defensa 47 años de violencias conyugales y abusos sexuales del padre de familia sobre sus tres hijas. Lo hizo por miedo, pues esa mañana el hombre había proferido amenazas de muerte, es decir, en legítima defensa. El jurado popular no aceptó este argumento, pues Sauvage disparó por la espalda a Morat, así incapaz de agredir o de defenderse. Fue condenada a 10 años de reclusión. Un segundo juicio, solicitado por sus abogados, confirmó la sentencia el 3 de diciembre de 2015.

Las protestas no se hicieron esperar: asociaciones feministas y de apoyo y defensa de mujeres maltratadas organizaron campañas y mítines para pedir, o más bien exigir, la gracia presidencial. Los medios de comunicación, en especial la televisión, dieron amplios espacios a entrevistas con las hijas de Jacqueline Sauvage, con su abogada y con representantes feministas. En efecto, ¿cómo condenar a 10 años de prisión, cinco de ellos incompresibles, a una mujer que ha sufrido golpizas durante 47 años, y ve a sus hijas violadas por un monstruo? Otras mujeres dan sus testimonios de la violencia sufrida a manos de sus maridos, de sus deseos de matar, de su imposibilidad de pasar al acto, de su admiración por el acto de Sauvage.

El problema, argumentan quienes están en contra de esa gracia presidencial, es que el indulto sentaría un precedente, podría dar lugar a jurisprudencia y, por extensión, otorgar un permiso implícito a las mujeres que sufren violencias conyugales de matar a sus maridos, justificando el asesinato del energúmeno cónyuge, el homicidio transformado en un acto banal.

François Hollande había prometido, durante su campaña a la presidencia, no utilizar el derecho de gracia. Derecho real –de realeza, no de realidad– heredado de la monarquía, el cual presupone una voluntad superior a la de la legislación y la justicia: la del rey. Suprimido una corta temporada, durante la revolución de 1789, fue restablecido y sigue vigente.

Inquieto por la baja, para no decir caída libre, de su popularidad, el presidente francés sigue de cerca los sondeos, y parece obedecer más a éstos que a una línea política. Así, se somete a las presiones de las minorías en busca de simpatizantes y, desde luego, futuros electores. Acuciado por los grupos feministas, por la fuerza de los medios de comunicación y por una opinión pública mayoritaria favorable a Sauvage, en quien ve una víctima, cuando no una heroína, el presidente francés acordó una gracia parcial a Sauvage, quien volverá a prisión una corta temporada –saldría el próximo abril– para evaluar su peligrosidad y asegurarse de que no es capaz de reincidir.

Más allá del caso particular, de Jacqueline Sauvage, existe una situación que debería ser inimaginable en un país altamente civilizado, perteneciente al puñado de naciones poderosas: cada dos días y medio, un homicidio es cometido en el seno de la pareja, según el Ministerio del Interior, sin contar las víctimas colaterales: los niños asesinados.

Desde luego, las víctimas de esta violencia son en su mayoría del sexo femenino. En 2012, por ejemplo, hubo 148 mujeres y 26 hombres muertos bajo los golpes de su cónyuge. Sin contar los 13 niños asesinados ese año. Se sabe, además que 547 mil personas son víctimas de la violencia conyugal cotidiana cada año, aunque sean pocas las que interponen una queja ante la justicia. El miedo es más fuerte que los golpes.

Podría alegarse que Francia acoge personas de civilizaciones y religiones que hacen un principio de la sumisión femenina. De ahí la necesidad de reforzar la escuela laica y republicana para todos.

Nada comparable con el horror de los feminicidios impunes que se cometen en la frontera mexicana. Sin duda, el papa Francisco ha sido informado de esta situación. Habrá que poner atención a sus palabras durante su visita al país.

La Vesícula, qué

Pedro Miguel[1]

Han pasado 830 años desde la muerte de Balduino IV, el rey jerosolimitano que gobernó con sabiduría y capacidad a pesar de la lepra que lo devoraba. El soberano escondía los efectos terribles que el padecimiento había causado en su rostro tras una máscara de plata, no tanto por afán de opacidad cuanto por decoro y consideración a los demás. En épocas más recientes hay que acordarse de la poliomielitis de Roosevelt, la depresión crónica de Churchill y el cáncer de próstata de Mitterrand como ejemplos de padecimientos graves que no impidieron el desempeño de estadistas con proyección mundial, los cuales – aun enfermos – tomaron decisiones cruciales (y eficaces) para los países que presidían.

Pero la etiqueta social contemporánea quiere que la salud de los gobernantes sea un asunto de interés público por cuanto, se dice, su condición física puede introducir factores indeseables en el ejercicio del mando, inducir medidas que afecten el curso del acontecer político, económico o diplomático o mermar la capacidad del funcionario para actuar en forma exitosa.

Tal ha sido el principal elemento de criterio con el que la opinión pública nacional ha abordado temas como los rumores sobre el consumo de Prozac por Vicente Fox y el alcoholismo de Felipe Calderón, o las dos cirugías (el año antepasado y hace unos días) a las que se ha sometido Peña Nieto, una para sacarle no sé qué cosa del cuello y otra para retirarle la vesícula biliar.

Estos gobernantes y sus empleados inmediatos han reaccionado con una molestia injustificada a los intentos por inquirir sobre esos asuntos. Fox suspendió une entrevista con Jorge Ramos en cuanto éste le preguntó por su ingesta de antidepresivos; Calderón hizo un berrinche que provocó el primer despido de Carmen Aristegui de MVS – luego de que la periodista planteara al aire las pregunta de si el michoacano tenía problemas con la bebida y de si la sociedad no merecía una explicación puntual al respecto – y, en 2013, los voceros de Peña afirmaron con ánimo desafiante y hasta agresivo que su jefe tenía una salud de Charles Atlas y que corría maratones. Tales reacciones han sido las equivalencias locales de la máscara de plata de Balduino IV.

Posiblemente estos asuntos hayan sido sobre dramatizados tanto por quienes legítimamente exigen transparencia en la salud de los gobernantes como por éstos. Hay que considerar que de 1988 a la fecha los ocupantes de Los Pinos han sido colocados allí no para que tomen decisiones, sino para que ejecuten determinaciones ya adoptadas por conglomerados empresariales y mediáticos nacionales y por los círculos del poder político y financiero de Estados Unidos. Y, sanos o enfermos, alcoholizados o sobrios, deprimidos o no, los presidentes mexicanos del ciclo neoliberal han cumplido a cabalidad con sus respectivos encargos: Salinas inició la destrucción del tejido social y unció al país al TLC; Zedillo se encargó de brindar protección a los grandes capitales y desviar el golpe de la crisis económica hacia la mayoría de la población; Fox fue el restaurador de la fachada democrática del régimen oligárquico y prosiguió la privatización a gran escala; Calderón aplicó en México la destrucción nacional como el modelo de negocios previamente ensayado por Bush en Afganistán e Irak, y Peña ha sido el encargado de demoler lo que quedaba de propiedad pública, derechos laborales y soberanía.

Hoy proliferan los cuestionamientos al último de la lista por su episodio clínico biliar. Tal vez, en aras de recomponer la salud pública, sería recomendable poner menos atención a la de Peña, recuperar las exigencias de esclarecimiento de temas mucho más graves y poner la demanda de transparencia sobre las numerosas opacidades acumuladas desde su llegada al cargo, empezando, por ejemplo, por la turbiedad de los votos comprados en 2012 con tarjetas de Monex y de Soriana. O las menudencias de esa impúdica distribución de 10 millones de aparatos de televisión en los meses previos a las elecciones del 7 de junio.

Y así, muchas otras cosas. Como los dineros otorgados a legisladores con etiqueta de oposición para que participaran, así fuera en calidad de comparsas, en la imposición de las reformas estructurales. O el sórdido papel de Alfredo Castillo como comisionado en Michoacán. O las ejecuciones extrajudiciales perpetradas por elementos del Ejército en Tlatlaya. O los asesinatos cometidos por la Policía Federal en Apatzingán y las torturas a que fueron sometidos los hombres de Tanhuato, oficialmente caídos en combate.

También es exigible, desde luego, que la Presidencia deje de construir muros de olvido y distracción y emprender grandes simulaciones institucionales alrededor de las propiedades inmobiliarias multimillonarias del propio Peña, su esposa y su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, y asuma ante la nación lo que todo mundo sabe: que esos inmuebles fueron entregados en condiciones ventajosas por un contratista del gobierno a funcionarios capaces de influir en el otorgamiento de más contratos fáciles y concesiones jugosas.

Más que la vesícula presidencial importa saber el contenido de los acuerdos comerciales que el gobierno ha estado negociando a espaldas de la población, como el Transpacífico y el de Comercio de Servicios, ambos devastadores para la soberanía, la economía y los derechos de la población.

Y, sobre todo, el peñato debe explicar en forma fehaciente y sin invenciones truculentas qué pasó el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, por qué la agresión en contra de estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, la razón de los encubrimientos y omisiones ensayados en los nueve meses transcurridos desde esa atrocidad y el paradero de los 43 normalistas desaparecidos. La vesícula, qué.

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[1]          Periodista y editorialista de La Jornada.