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Gases

Mi abuelo, un indio Ñuu Savi, sabía del comportamiento del clima con el rebuznar y desenvainar del ‘instrumento’ de su burro Músico. Como el pulpo Paúl, casi no fallaba.

—Si Músico apunta su ‘cornetota’ al cielo, no es calentura lo que padece: avisa de gemidos, estertores, sufrimientos, dolores y sudores de la madre tierra, que también está viva —decía el abuelo.

Con el devenir del tiempo, pese a que la ciencia y sus científicos han inventado máquinas para medir todo, no atinan a ponerse de acuerdo sobre lo que pasa con el clima. Desconcertados, acusan a los gases de efecto invernadero de los inviernos cálidos y veranos con heladas y granizadas, o de lluvias, nevadas y sequías súbitas.

Hoy día, las estaciones ya no pueden medirse sólo con el calendario. Ya no sabemos si calorones y heladas nos enredarán primavera con invierno, verano con otoño. Tampoco cuándo los ciclones despeinarán el clima y desgajarán montañas. Menos aún si nevadas y aguaceros arrasarán la cachondez de los lugares turísticos con ríos desbordados, tsunamis o avalanchas insospechados; o dónde terremotos desmoronarán edificios y abrirán la tierra para tragarse a la vida con ansias de amante desesperado. Cada vez es más complicado prever la respuesta de la tierra ante tanta violación. Vamos rápido y derecho a la mierda, si es que no estamos ya ahí.

Y pensar que todo pasa porque comenzamos a calentarnos. Hablamos del planeta, no del endurecimiento del badajo o la humedad femenil resultado de atrevidos tocamientos. Tan es verdad que diversos científicos afirman que 2016 fue el año más cálido en la historia humana: 1.1 grado por arriba del establecido en la era preindustrial. Además, científicos de la Universidad de Stanford afirman que el día más caluroso del año en distintas partes del mundo está relacionado con el cambio climático.

Y aquí las opiniones de los expertos se dividen. Algunos sostienen que la calentura planetaria resulta de los gases efecto invernadero, a su vez consecuencia de pornográficas penetraciones de cemento y asfalto por todos lados. Succiones exageradas de mantos acuíferos, petróleo y gas natural. Desfloramientos forzados de la tierra por la minería salvaje y devastaciones forestales que van dejando nuestro hábitat desértico, infértil, yermo y casi frígido.

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Otros declaran que no es sólo la acción humana la responsable del calentamiento global y sus daños colaterales irreversibles. Insisten en la responsabilidad del gas metano liberado a lo largo del globo, particularmente en la tundra ártica y los pantanos. También insinúan que nos calentamos a pedos. Sí, a pedos. Al menos eso se infiere de lo publicado por la revista Current Biology, afirmando que los dinosaurios saurópodos – o gigantes herbívoros – podrían haber provocado el calentamiento climático de la Tierra a través de sus flatulencias. Mencionan que esos dinosaurios producían mucho más metano que todas las fuentes de contaminación moderna juntas.

Independientemente de quién genere el calentamiento global, la Academia Nacional de Ciencias de USA señaló que la influencia del cambio de temperatura provocó 57% de los récords de menos lluvia, y 41% de los récords de lluvias abundantes en un año. Y para rematar, la revista Science pronostica que el calentamiento global incrementará las sequías y aguaceros en este 2017.

Y mientras los científicos se ponen de acuerdo en lo que pasa, lo cierto es que como los indígenas aseguran, la tierra es organismo vivo y los ‘desastres naturales’ son su respuesta a las acciones humanas emprendidas contra ella. Por eso no todos los calentones conducen al gozo y placer, tan así que, según la ONU, ya están a la vista: cuatro potenciales hambrunas en forma simultánea por primera vez en la historia. Más de 20 millones de personas corren el riesgo de morir de hambre debido a sequías y a conflictos en Yemen, Somalia, Sudán del Sur y el noroeste de Nigeria, mientras más de 100 millones enfrentan malnutrición aguda en todo el mundo. Además, el derretimiento de los glaciares e incremento del nivel del mar pondrá en peligro de extinción a las comunidades indígenas y especies animales de los Polos. Quizás por estas evidencias, finalmente los científicos salieron a las calles para convocarnos a frenar nuestra propia destrucción.

En fin, mientras se resuelve si es verdad que la extinción de los dinosaurios se debió a que eran muy pedorros, ante el panorama apocalíptico retomemos a Revueltas, quien dice que el horror cotidiano puede ser sustento de una buena narración. De ahí que los y las Cencerros les invitamos a mugirnos al menos sus comentarios sobre esta edición a rumiantes@elcencerro.ca

Las editoras y los editoros

 

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