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Guerras y crímenes

por Raúl Gatica

Reza el cliché, tanto en el amor como en la guerra, todo vale. Quienes piensan que no, han establecido reglas que nadie respeta. Lo mismo vale para cualquier guerra, pues en el centro de todo está el cuerpo, universo maravilloso dentro de otro universo: la vida.
Cuerpos de hombres y de mujeres se han usado casi para las mismas cosas, aunque en algunos casos, el cuerpo de las mujeres y las mujeres en sí, son más usadas que los hombres.
Tenemos registros del uso del cuerpo de las mujeres en las guerras desde hace más de quinientos años.

Al menos eso cuentan algunos cronistas de los conquistadores, quienes vieron de primera mano los resultados de su invasión.

Por ser pacifista irredento, nunca me han gustado las guerras, salvo las de cuerpo a cuerpo, y en pelotas. Algo de eso les trae hoy Con y Sin Badajo. Por muy absurdas que resulten las narraciones, esto fue lo que pasó, según las crónicas de ese tiempo.

El libro Anales de Cuauhtitlán, con paleografía y traducción de Rafael Tena, cuenta que en el año Calli (1473), cuando gobernaba Tlatelolco Moquihuixtli, y reinaba el Tlatoani Axayacatzin, estando en guerra tenochcas y tlatelolcas, pasó lo que aquí se narra.

Para mí, esas historias dejan claros los crímenes sucedidos en la guerra de conquista. Sin embargo, literariamente, pese a que regularmente el catolicismo castra a los cronistas de esa época, aquí el lenguaje tímidamente usado ayuda a suponer lo que la lengua les amarró a los narradores: lo que hace una mano entre las piernas al palpar la natura de las mujeres y el porqué esa natura habla. Un sexo femenino parlanchín es algo constante en el mundo indígena antiguo. Y, sin duda, nos hace sonreír pícaramente el saber que la cimiente se riega en el palacio, o que la baba de nopal pudo jugar un rol de lubricante. Aquí algunas de esas historias.

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I

El que untaba su miembro con babas de nopal
Cuando aún no había guerra, Moquihuixtli hacía muchas cosas malas con sus mujeres; y una hija de Axayacatzin, tlatoani de Tenochtitlan, era mujer de Moquihuixtli. Esta señora todo lo informaba en Tenochtitlan, pues las pláticas de guerra de Moquíhuix tenía en secreto, ella las iba a referir a Axayacatzin. De muchas maneras escandalizó Moquihuixtli a la ciudad; a sus mujeres les ponía rellenos de pochote para que parecieran más grandes. Y a la señora que era hija de Axayacatzin le metía el brazo por entre las piernas mientras que con la mano palpaba dentro de su natura. Y se dice que la natura de la señora le habló, diciendo: “¿Por qué estás afligido, Moquíhuix? ¿Por qué has abandonado a tu ciudad? Ya no será; ya no amanecerá”. Luego sucedió que (Moquíhuix) regó su simiente dentro del palacio; se divertía untando su miembro con babas de nopal. Desnudaba a sus mujeres y hacía que se ungieran el cuerpo con aceite de trementina. Después se quedaba mirándolas. Tras varios agüeros (y escándalos), Moquihuixtli envió mensajeros a Cuauhtitlán para hablar con el tlatoani Ayactlacatzin y pedirle ayuda, pero éste no los escuchó.

II

El señor de Tlatelulco estaba casado con una hija o hermana del rey de México, Axayacatl. Dice la historia que mientras ella dormía soñó que sus partes impúdicas hablaban y que con voz lastimosas decían: “¡Ay de mí, señora mía, qué será de mí mañana a estas horas!” Despertando del sueño con mucho temor, ella contó a su marido lo que había soñado, e importunándole le dijo que quería poner el sueño en práctica.
Después, del libro Historia de las Indias de Nueva España de Fray Diego Durán, recuperamos este acontecimiento.

III

Cuando Moquihuix y Teconal se vieron perdidos y notaron que más que pelear, la gente huía, se subieron a lo alto del templo. Para entretener a los mexicanos y ellos poderse rehacer, usaron de un ardid, y juntando gran número de mujeres y desnudándolas todas en cueros y haciendo un escuadrón de ellas, las echaron hacia los mexicanos que peleaban, furiosos. Estas mujeres, así desnudas y con sus pechos y partes vergonzosas descubiertas, venían dándose palmadas en las barrigas, y otras mostrando las tetas y exprimiendo su leche para rociarla sobre los mexicanos. Junto a ellas venía otro escuadrón de niños, todos en cueros. Tenían embijadas las caras y emplumadas las cabezas, y hacían un llanto lamentable. Viendo una cosa tan torpe, mandó el rey Axayacatl que no hiciesen mal a mujer alguna , empero que fuesen presas y los niños juntamente.

Historias indígenas aparte, no espere a que le avienten a las mujeres en pelotas, o que su “natura” le hable, o que la baba de nopal venga a salvarle la falta de lubricidad. Mejor cuéntenos sus opiniones y escríbanos a rumiantes@elcencerro.ca