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¿Iguales?

Hace casi un siglo, Virginia Wolf debatía con los hombres sobre el desproporcionado poder económico y legal de ellos ante la desigualdad de oportunidades de las mujeres. Décadas después, Simone De Beauvoir en su libro El segundo sexo, equiparaba al matrimonio con la prostitución y describía con exactitud cómo la sociedad colocaba a la mujer en una posición inferior al hombre. Mucho tiempo y pocos cambios han pasado en la vida de quienes no son sólo la mitad del mundo. Sin importar su escolaridad, profesiones, estatus socio- económico o preferencias sexuales y religiosas, persiste la visión de las mujeres objeto, padeciendo todo tipo de discriminación, violencia y abusos, incluida la negación del placer. Afortunadamente, la lucha sostenida de millones de mujeres ha derrotado a milenios de poder patriarcal tratando de invisibilizarlas.

De acuerdo con Index mundial, hasta julio de 2014 se estimaban 7.174.611.584 habitantes en el planeta. Las Naciones Unidas precisaban: en 2015, por cada 100 mujeres hay 101,8 hombres. Por su lado, la OCDE cita que en 13 de los 15 países con un alto nivel de desarrollo y estabilidad, las mujeres representan más del 50% de la población, a excepción de Islandia (49,66%) y Noruega (49,93%). El Centro de Investigación Pew indica: Rusia, Letonia, Ucrania y otros, tienen mayor presencia femenina que masculina. En Rusia, por ejemplo, hay 86,8 hombres por cada 100 mujeres. El líder es Martinica, con 84,5 hombres por cada 100 mujeres. Sin embargo, las cifras no cuadran en cuanto a igualdad de oportunidades.

Por ejemplo, en 2015, mundialmente sólo 17% de cargos ministeriales y 22% de los parlamentarios eran ocupados por mujeres, 11 eran jefas de estado y 10 jefas de gobierno. Rwanda era el único país con 63.8% de mujeres parlamentarias(cámara baja). Y según la UNESCO, en el Atlas sobre la desigualdad de género en la educación, el 52% de los infantes, fuera de las aulas de educación primaria, son niñas.

En cuanto a la violencia, discriminación y abusos, de tan cotidianos optamos por no mirarlos. Sin contar las esterilizaciones en muchas partes del planeta, según la Organización Mundial de la Salud: más de 125 millones de mujeres y niñas vivas han sufrido mutilación genital en 29 países de África y Oriente Medio.

Diversas organizaciones de mujeres y derechos humanos han documentado que la infinita lista de mujeres asesinadas, desplazadas y dañadas en Palestina, Irak, Siria, Colombia, México, Guatemala, etcétera, tiene como origen la desigualdad social, conflictos internos y la codicia del primer mundo por apropiarse de territorio y recursos naturales. Los perpetradores internos y externos hasta la fecha siguen impunes.

Por otro lado, la preferencia sexual, el disfrute de su sexualidad y hasta malformaciones genéticas son padecidas como crímenes. Una mujer demandando placer es incinerada, por lo menos, como puta; mientras al hombre, por lo mismo, se le asigna virtud. El transgénero y lesbianismo es muy complicado; el caso de Salinas, República Dominicana y Papúa Nueva Guinea lo ilustra. Ahí, debido a la deficiencia de la enzima 5-Alfa, 2%, 1 de cada 90 bebes contraen una enfermedad hereditaria, nacen como niñas y a los 12 años se transforman en hombres. Quienes han tenido esta metamorfosis son llamados de por vida güevedoces o machihembras y mientras en Dominicana son medianamente aceptados, en Papúa son rechazados porque fueron alguna vez mujeres. Este fenómeno llevó a la científica australiana Jenny Graves a señalar: “el cromosoma masculino está en proceso de destrucción, es decir, la extinción de los hombres ya puede estar en marcha.”

Podríamos seguir enumerando injusticias y siempre quedaría una por decirse, como esa en Dongguan, China, donde es normal que dos o más mujeres compartan un novio, y una vergüenza para un hombre ser monógamo, pero no al contrario. Por ello, los y las Cencerros, sin romantizar ni idealizar, más allá de exhibir los abusos, sugerimos caminos para desterrarlos. Intentamos nacer humor y ternura sin renunciar a la lascivia; sembramos bromas y respeto sin pelear con el deseo; nos zurramos de risa ante la condena legal, social y familiar, cuando alguien tiene la capacidad de amar a más de uno. Quizás no comparta mucho nuestras veredas pero, al menos, preocuparse por el placer de su pareja en lugar de cercenarlo es buen lugar para practicar la igualdad de género.

Convencidos de que se extermine o no el hombre, hoy batallamos por la sobrevivencia de la especie y la humanización de la vida, y eso sin los derechos de las mujeres será imposible. Así que, sin hacerse rumiante, súmese a la cruzada contra los machos cabríos y escríbanos, aunque sea una coz a rumiantes@elcencerro.ca, comentando el esfuerzo femenil desplegado en la presente edición.

Los editoros y las edivacas