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Manipulaciones

Por Raúl Gatica

Encontré a Cortázar donde menos lo esperaba. El argentino tenía, sin saberlo, en el venezolano Luis Layas a uno de sus seguidores. Nada importa si el autor de Rayuela lo sabía o no, lo importante es percibir en la escritura de Luis al menos el impacto cortaziano.

Conocí a Luis Layas de camino a entrevistar a una leyenda de la música venezolana recientemente fallecido. Este viejito tirado al olvido y cultivador de la memoria y picardía, como pocos a sus años, hizo que habláramos de todo, pero nunca de literatura. Por eso, un poco tarde supe que Luis es comunicador social y locutor. Ha incursionado en el periodismo y publicado en Estampa, Escape, El Universal, Ticket, La Banda Elástica (USA), y en Zona de Obras (España). Para mi suerte, su esposa me obsequió varios libros, entre ellos uno de Luis: Idiotas todos y otros cuentos (Fundarte, 2000.)

El pasaje del cuento Turismo sin límites, traído en esta edición para los guleros lectores de Con o Sin Badajo, proviene de ese texto. La historia regala un guiño erótico e irónico de sus personajes. La manipulación de la memoria femenina para sobrellevar el cansancio de la mujer ante la mediocridad de su matrimonio. Los intentos de ella para moverlo provocan ronquidos que le arrastran a la locura. Estos elementos de la narración bastan para identificar a un escritor que finamente teje, desde la nada y con finísimo humor, historias que se desbordan por todos lados; un poco a la Roberto Bolaño, otro cortaziano, por cierto.

Pese a ser olímpico desconocedor de la obra de Luis Layas, intuyo en él que desde Roberto Bolaño no había encontrado a alguien tan cercano más al estilo que a la forma cortaziana de escribir. Las oraciones largas, dibujo de detalles en los personajes y adjetivación exacta nunca nos pierden y se convierten en una delicia de la lengua.

Sin duda, Idiotas todos y otros cuentos da un mapa de Venezuela, del barrio, de la banda y desde las vísceras. Lo digo sin arrepentirme porque cerebro y corazón son tan víscera como el hígado, único referente cuando de vísceras se habla. Además, sus descripciones son casi fotográficas. Pone la acción en nuestras manos, cuerpo y ojos. En la lectura del libro tenemos de ganancia una película narrada.

Ahí les va este fragmento venezuelo-cortazaniano para su disfrute.

Turismo Sin Limites (pasaje)

(Luis Layas)

A quince para las diez, con el programa casi concluido, Alioli calculó el tiempo necesario para hacerse notar. Se extinguió de escena solo para reaparecer con las ansias robustecidas (al menos eso es lo que esperaba). Cerrando la puerta que daba al pasillo, su cuarto matrimonial 

–que prometió y aplazó doscientas veces un mejor manual de revolcones– se volvió un apartamentico. “Siempre que podamos volveremos a la privacidad de antes, cuando los niños no habían aparecido” –se había dicho. Pero al cerrar la puerta los prescindibles adolescentes se hacían necesarios. Raúl era un grosero funcionario gris también en la cama, ella no entendía. Todo parecía bien, pero eso, no podía estar bien. Alioli descolgó el vestido de encajes y se ajustó el liguero que le parceló un istmo de celulitis, se asomó y vio la luz azulada en la cara de Raúl quien pareció menos sexy que nunca antes.

Las chancletas guindaban de unos dedos larguiruchos como garfios, poco a poco las pantorrillas se iban abultando como muslitos de pollos beneficiados con métodos reprobables, la panza, semejando la quilla de un peñero, ascendía con una curvatura increíble para hundirse grácilmente en un pecho de asmático terminal. La cara de borrego de Raúl descansaba sobre unos mofletes injustos haciéndola zozobrar como un botecito repleto de inmigrantes hacinados, y los ojos, aquellos botones inexpresivos pretendían emocionarse cuando era imposible para ellos ya distinguir un paisaje o moverse en sus cuentas con soltura. Además, tenía un bigotillo de pocos pelos despeinados sobre un labio de caucho. Y en 1975 aquel Coloso de Rodas horadado, desmantelado e higiénico le había resultado una opción; ella había dejado trepar aquel aparatoso pero todavía ágil cuerpo sobre su ingle planita, y permitido lamer por esa boca de macho-foca-inexperto el contorno de un cuello aun sin sorber.

Alioli regresó al cuarto con escasísima tela encima de sus piernas, arriba no llevaba nada excepto por algo como un antifaz que le dibujaba una carita de diablo en todo el mascaron de proa. Estaba excitada por los recuerdos, nada más. Quería cogerse a un tipo que recomponía en su memoria, hibridándolo con un presentador de concursos de tez morena y paticas de gallo confinadoras de unos pómulos salientes. Su silueta de cuarentona dietética tijereteo la imagen del cuadrilátero. Dos niuyorricans sin lengua se cayeron a nutridos coñazos en el boxeo de las diez mientras Alioli extrajo la pulpa posible de un pene nervioso que marco tarde la tarjeta y huyo de la reunión sin esperar la merienda. El ojo avinagrado del referí y los semblantes ansiosos y aterrados de los púgiles se alternaban sin cesar en planos de diversa inclinación, el sudor buscaba pistas y las sienes temblaban, mientras de reojo nadie quería perderse el desenlace de la otra acera. La mirada del público y de la niña nalgona con el cartel que anuncia el round se dirigieron abochornadas al lente de la cámara, pero el director seguía frenético, ponchando detalles gruesos y embarazosos de la lucha, infiltrándose en los secretos burlescos y tristes de los contendedores.

Alioli de Bastardo susurró con una entonación sensual y descarada: “Raúl… tengo un amante”. Un minuto después lo volvió a intentar con una queja ofendida: “Raúl, ya no siento nada por ti”. Luego, levantándose mientras le chorreaba un hilito de semen parduzco por la entrepierna, se detuvo en el centro de la habitación y repitió la píldora. “Raúl, duermo con otro que me hace feliz, que entiende mi pasión de mujer”. Y cuando dejó de atender el espejo y volteó a mirar al marido se dio cuenta de inmediato que dormía, que yacía con una mueca achocolatada y fúnebre en los labios. Esa era la interferencia que había estado registrando, ese ruido de burro amordazado sacándole de sus casillas, paralizando su orgasmo feliz. Volvió a verlo y ya sin poder contenerse grito. Y siguió gritando hasta que reventaron las enclenques hebras de lógica que sobrevivían en su cráneo.