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Nuestro Calor

por César Moheno

Una tarde de hace muchos años me guarecí de la lluvia en la casa de doña Marcelina Próspero. Junto a su hermana Juana, llenas de fortaleza y de arrugas en el cuerpo, me contaban sus historias cerca del fuego de la troje que compartían en un paraje del bosque de la meseta purépecha de Michoacán. Hacía frío y ellas me arropaban con sus palabras, sus risas, sus afanes. Con un aire de complicidad que se manifestaba en las miradas y los silencios, el cauce de sus frases las fue conduciendo a las confidencias. Así comenzaron a compartir sus secretos.

Una ya se siente por completo diferente después de recibir por primera vez la comunión. Allí, me decían, en la ceremonia, por primera y casi única vez se viste una de blanco y todas las niñas se unen por un momento en el atrio del templo, sabiéndose distintas, mientras la banda toca y toca todo el rato y todas bailan en medio de la gente. Lo hacen tan entre ellas, que se dirían palomas al verlas bailar. Están tan contentas, que quisieran que pasara el tiempo rápido pues se mueren de ganas de contar ese momento.

Así llega al cabo de los años el día de la boda. Desde el instante del compromiso, nuestro gusto – me seguían contando – es realizar una serie de costumbres que aseguran a las familias y a los novios las formas de la concordia y el gozo para que enraíce la unión. Y en ese tejido ser mujer ampara la fuerza del mundo. Por eso el día de la boda, para recibir a la nueva hija, se engalana con cintas de colores y con guirnaldas de maíz la cabeza del novio. Allí la esperan todos los parientes de la casa. Para mostrarle su júbilo la reciben con cohetes y con música. La hacen pasar y la sientan en medio de la estancia, donde cada uno de los miembros de la familia de él, le trenza en el pelo un moño de cinta de color. Algunos hasta le prenden algún otro regalo. Esa es la forma de engalanarla.

Después de la ceremonia en la iglesia, las mujeres de la familia de la novia acarrean pollos, licor y cajas de cerveza a la casa del novio. Todo acompañado de confeti, más música y más cohetes que es lo que se acostumbra. La madre del novio las recibe en el umbral de su casa luciendo en el pelo pan de jabón, escobeta y estropajo para enseñar que ya le dio el último baño a su hijo. Allí se junta la parentela completa y pasan a comer las viandas que se venían preparando desde la víspera. Todos bailan, especialmente las mujeres. Y todos por igual se beben ríos y ríos de vino para homenajear el recuerdo de las bodas de Canán.

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Al amanecer del otro día, bailan el son de la canara. Las mujeres lo hacen con un telar, con un huso o con un tejido y los hombres con sus aperos de labranza. Alguna mujer hace un muñeco de trapo y se lo entrega al novio y a la novia para que lo arrullen. Ahora los padres de los dos bailan con pan y chocolate que ofrecen a la novia, que cuando lo va a coger se lo arrebatan y se lo comen entre ellos. Así se acostumbra para que vayan las dos familias agarrándose de la confianza. De ella depende el trasplantarse.

Por eso le digo que es tan grande el valor de asegundar con toda la familia eso de los sacramentos. Por algo ha de ser que las campanas marcan la vida de los pueblos. Por eso tenemos que aprender desde chiquitos a escucharlas. Ya sabemos que al cumplirles aseguramos nuestro buen paso por el mundo. Así ha sido siempre. Por eso estamos aquí, usted y nosotras, compartiendo nuestro calor, celebrando con palabras y con pan.

Sólo las viejas hacemos de este pan. Sólo nosotras podemos hacerlo. Escogemos todo, desde los granos del trigo que vamos a moler hasta el tipo de leña con el que lo vamos a hornear. Por eso nuestro pan es especial. Por eso no podemos dejar pasar ninguna fiesta para hacerlo. Por eso todo el mundo nos pregunta. Juana, Marcelina, ¿cuándo van a hacer de su pan?

Para hacer buen pan hay que conocer muchos secretos. Todos los secretos. Inventarlos todos también; porque una nunca sabe con qué nos va a salir el trigo, o cómo amaneció la levadura o nosotras mismas.

Para que un horno sea bueno y no se le salga el calor, uno misma lo tiene que hacer. Y hay que saber hasta escoger en dónde ponerlo. Hay que hacerle un esqueleto con palos de encino y juntarle mucha piedra y lodo. A eso es lo que llamamos la columna. A ella hay que darle su pasadita de adobe bien cargado. Después se le ponen por dentro hiladas redondas de ladrillo sin juntear, para que aguante el peso de la cubierta que también será de ladrillo, pero ese sí muy bien junteado. Se le cubre con una capa fuerte de adobe y se repella con una capa de ceniza blanca. El chiste es saber dar la redondez para que aguante y no se nos caiga. Después de darle la primera quemada se le saca el ladrillo del corazón y se le baila encima. Si el horno aguanta el baile ya está rico para hornear.

Para sacar una buena hornada de pan el secreto está en irle respetando sus deseos. Que si quiere más tueste el grano, que si desea más agua la harina, que si la levadura está muy seca, que si no le dio bien el sereno, o que si lo mezclamos después de que salió el sol; hasta el peso exacto tenemos que ofrecerle. Pero otra vez repito. Uno de los secretos es irle inventando sus secretos.

Las viejas creemos que el principal de entre ellos es que lo amasamos en nuestra cama y, así, nuestro propio calor le damos. Por eso no lo dejamos salir de nuestro cuarto hasta que haya que comerlo. Por eso no sólo aplauden su sabor. Es sobre todo su olor lo que le alaban. No se dan cuenta aún que es a mujer a lo que huele.

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