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La Perversa Sensación de Crear

por Belén Febres-Cordero y Nandy Fajardo

 

Los amigos de Ángela Atuesta le llaman “la Negra”. Ella se define como la reina del color. Su voz que pisa fuerte y risa frecuente y espontánea describen a Ángela regando vida al caminar, y plasmándola en creaciones donde colores, formas y texturas estallan como globos.

El amor por el arte y sus gatos, Horacio y Alea, son la constante en la vida de Ángela en lo definido por ella como la “perversa sensación de crear.” Una necesidad de imaginar desbordándosele del cuerpo y aguijoneándole a experimentar hasta con latas de atún vacías para crear escenarios en miniatura.

Estas ansias forman parte de su esencia, pese a no recordar cómo ni cuándo surgieron. Desempolva, en cambio, el apoyo de su madre motivándole a tomar sus primeras clases de pintura y dibujo a los once años, y a estudiar Artes Plásticas en la Universidad de los Andes, Bogotá.

“La época en la universidad fue un desastre. Me enfrenté a mucho discurso sin sentido y experimenté una gran desilusión,” explica. “Me pasé preguntándome: y esta vaina pa’ qué rayos sirve, porque en realidad el arte no sirve pa’ nada, ¿no?,” añade con el acento característico de las personas nacidas y crecidas en Bogotá, Colombia.
Hoy, a sus 27 años, considera: “si bien en un universo apocalíptico el arte podría ser inútil, en el actual sirve para la denuncia social”. Además, lo describe como elemento de expresión capaz de convertirse en herramienta histórica. “Más que transformar un mundo que no sé si se pueda cambiar, busco crear algo para expresar mi desacuerdo.”

En su vida, arte y amor están entrelazados. Trabaja con su novio a quien, durante la entrevista, nunca llama por su nombre. Eso sí, detalla el del colectivo de ambos: Bicromo.

“En una relación como la nuestra, las típicas actividades de ir al cine o comprar un helado se van p’al carajo. Tenemos un amor de pintores, quienes aún quemados, sudorosos o manchados decimos: te quiero.”

La pintura de gran formato es una de las actividades desarrolladas por Bicromo. Ángela la define como un poco engorrosa.

“Al no tener automóvil, llevamos latas, brochas y hasta el agua para lavarlas, en bicicleta o en carritos de mercado; y así vamos a crear murales en las calles.”

No le gustan las galerías, le parecen muy lejanas. En cambio, pintar en lugares públicos le permite acercarse a la gente. De esta manera observa al arte con potencialidad de unir a todas las condiciones humanas, el cual, además de transmitir un mensaje, puede generar espacios de discusión y educación.

“Cuando una señora pasa, te ve pintando y se detienen pa’ preguntarte qué estás haciendo, escucha y entiende, terminas pensando: mmmm… el arte sí vale la pena.”

Con Bicromo también dan talleres a niños. Hacen grafitis y murales en espacios públicos. Además, tienen un colectivo de ilustración digital. Con él crearon la película Llave de Papel, financiada con una beca del Instituto Distrital de Bellas Artes.

“Con la animación puedo crear monstruos y hacerlos vivir, correr, saltar. Puedo matar a alguien sin asesinarlo en la vida real. Puedo decir: esto que tú ves, porque yo lo hice, existe. La dinámica del arte es un poco narcisista” dice tras un corto silencio.

Ángela espera poder vivir, algún día, únicamente de su arte. Por ahora tiene un segundo empleo para mantenerse. Trabaja como guía y tallerista en el Museo del Oro en Bogotá. Cuando no está ahí, inventa nuevos proyectos: anima, pinta e ilustra. “Hago muchas cosas y a la vez no hago nada,” dice con la humildad e impaciencia de la gente a quien las ansias de soñar se le derraman, y el tiempo para hacerlo siempre le queda corto.

También quiere viajar mucho, pero no se imagina la vida fuera de Colombia, considerada su base emocional y física.

“Además, no tendría corazón para dejar a mis gatos.” Dice en referencia a Horacio, nacido hace seis meses, cuyo mayor entretenimiento es molestar a Alea. Ella tiene siete años y casi siempre está cansada. El pelaje de Horacio es gris con blanco y el de Alea, amarillo con negro. Quizás más preciso sería decir que sus pelajes a veces son así, cuando la pintura – originalmente destinada a crear cuadros y murales – no les ha salpicado. La conversación debe terminar. Horacio nuevamente despierta a Alea que, paciente y determinada, intenta – una vez más – quedarse dormida.