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Atizar el Fuego

por Raúl Gatica

No, no es la primavera, el verano es el responsable de todo: calor que desnuda, incita y provoca. Es su aire oliendo a ganas, a presagio en tardes rojoaranjadas del otoño asomando las narices por la orilla, invitándonos a morir con ellas y revivir en sus moradoazulecinos resplandores. El verano en su despedida alcanza a llenarnos el cuerpo de vitamina, sudores y ganas desfogadas. Nos deja el cuello torcido de tanto andar como ventiladores con la mirada.

Es estos días, aunque parezca innecesario, ayuda tener unos versos para añadir leños a la hoguera. Atiza la lumbre el salvadoreño Roque Dalton, después pone al cuerpo de refresco, capaz de apagar infiernos. Él, sin estorbos, es alimento, agua, sombra y sombrilla ante un calor que abraza. Es perro mostrando los dientes y muralla de fuego para atajar cualquier mordisco. Es la amada naciendo desde el centro de sus piernas.

Después, el español Miguel Hernández pretendiendo sosiego, alebresta la sangre afirmando en trazos ágiles, filosos y punzantes como estocadas, que en el vientre esta la salvación del mundo, el único remanso donde nada es yermo y ahí los impensables milagros nacen.

Por su lado la española Carmen Conde Abellán no se despega, ni por descuido, del cuerpo femenino. Vive en él, lo conoce y describe mejor que nadie. Hurga en el pelo, esconde aves en las intersecciones de sus extremidades y sus senos son remos para navegar secretos ríos.

La uruguaya Juana de Ibarbourou nos rescata del embrujo. Ella demanda dejar de cosificar a la mujer y amarla por mucho más que su curvas y protuberancias. Con maestría define al cuerpo como amasijo de miserias donde hasta la risa es hueca, lo demás, tierra y alimento de gusanos. La poeta compadece a quien por la carne le busca, por eso sólo le entrega cenizas. Su valor al exaltar a la mujer más allá de su apariencia, y de exigir ser mirada más allá de sus carnes la colocan como pionera del feminismo latinoamericano.

Sí el calor escasea en el verano en estas latitudes norteñas, es el tiempo del cuerpo. Oportunidad para mostrarse sin parecer cebolla cubierto de camisas, suéteres, chamarras e impermeables. Es luz señalando las motas alrededor de la cadera o el vello escabulléndose entre las piernas. Ojalá las varias miradas al cuerpo convivan en el paladar de todos y todas los lectoras de Con o sin badajo, y sin desparpajo ni prisa, encuentre en los poemas siguientes algo de frescura para los calores.

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DESNUDA
por Roque Dalton

Amo tu desnudez
Porque desnuda me bebes con los poros,
Como hace el agua cuando entre sus paredes me sumerjo.

Tu desnudez derriba con tu calor los limites,
Me abre todas las puertas para que te adivine,
Me toma de la mano como un niño perdido
Que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.

Tu piel dulce y salobre que aspiro y que sorbo
Pasa a ser mi universo, el credo que me nutre;
La aromática lámpara que alzo estando ciego
Cuando junto a la sombra los deseos me ladran.

Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
Cabes en una copa vecina de mi lengua,
Cabes en mis manos como el pan necesario,
Cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.

El día en que te mueras te enterraré desnuda
Para que limpio sea tu reparto en la tierra,
Para poder besarte la piel en los caminos,
Trenzarte en cada río los cabellos dispersos.

El día en que te mueras te enterraré desnuda,
Como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.
MENOS TU VIENTRE TODO ES CONFUSO
por Miguel Hernández

Menos tu vientre
todo es confuso.

Menos tu vientre
Todo es futuro
Fugaz, pasado,
Baldío, turbio.

Menos tu vientre
Todo es oculto,
Menos tu vientre
Todo es inseguro,
Todo postrero,
Polvos sin mundo.

Menos tu vientre
Todo es oscuro,
Menos tu vientre
Claro y profundo.
HALLAZGO
por Carmen Conde

Desnuda y adherida a tu desnudez.
Mis pechos como hielos recién cortados,
En el agua plana de tu pecho.
Mis hombros abiertos bajo tus hombros.
Y tú, flotante en mi desnudez.

Alzaré mis brazos y sostendré tu aire.
Podrás discernir mi sueño
Porque el cielo descansará en mi frente
Afluentes de tus ríos serán mis ríos.
Navegaremos juntos, tú serás mi vela
Y yo te llevaré por mares escondidos.
¡Qué suprema efusión de geografías!
Tus manos sobre mis manos.
Tus ojos, aves de mi árbol,
En la yerba de mi cabeza.
LACERIA
por Juana de Ibarbourou

No codicies mi boca. Mi boca es de ceniza
Y es un hueco sonido de campanas mi risa.

No me oprimas las manos. Son de polvo mis manos,
Y al estrecharla tocas comida de gusanos.

No trences mis cabellos. Mis cabellos son tierra
Con la que han de nutrirse las plantas de la sierra.

No acaricies mis senos. Son de greda los senos
Que te empeñas en ver como lirios morenos.

¿Y aún me quieres amado? ¿Y aún mi cuerpo pretendes
y, largas de deseo, las manos a mi tiendes?

¿Aún codicias, amado, la carne mentirosa
que es ceniza y se cubre de apariencia de rosa?

Bien, tómame. ¡Oh laceria!
¡Polvo que busca al polvo sin sentir su miseria!

Pas-Pas-Pas

por Raúl Gatica

 

El dolor de la guerra sucede en el cuerpo, el de la paz también. Es más, en el cuerpo, la paz tiene su santuario, quizás por ello la violencia pretende dejarlo únicamente en amasijos. En las camas de batalla escuchamos algo parecido a pas-pas-pas de las ametralladoras, pero ahí el tallar de cuerpos y sábanas es gustoso y celebratorio. En estos enfrentamientos piel a piel, mordisco a mordisco, estocada a estocada y todo lo demás, escurre el sudor y gotea sangre, a veces. Pero a diferencia de las guerras donde todos pierden, aquí todos ganan.

A la devastación del cuerpo se opone la costarricense Ana Istaru. En su poesía hay cucharadas de alegría, celebración del placer de la agonía. Con ella uno no cae de golpe, nos extinguimos como vela de cera, y como ella, sólo quedamos en pabilo antes de dejarnos nomás vivir gustosamente la muerte.

Pero la paz no es un regalo, nunca algo que pasa como si nada. Es el esfuerzo, recompensa posterior a todo enfrentamiento. Entonces la paz llega de a poco, suave; nunca violenta y ruidosa como la guerra. Y nadie como el español Leopondo María Panero para describirlo, breve y en pocas y contundentes lineas. Hay en su poema una especie de administración del masoquismo, porque eso y no otra cosa es querer volver a vivir lo mismo de nuevo.

Ojalá los versos seleccionados, para su apetito, por Con o sin badajo, llamándolos a la paz y la guerra del placer, lo convoquen a participar de algún modo contra el ambiente de armas y pas-pas-pas, que por todo el mundo se respira. El cuerpo transpira simplemente paz, hagámosle el homenaje que merece.

Estación San Javier

ANA ISTARU
(1960)

Dame tu cucharada
De luz
Porque agonizo.

La pasión me clavó
Dulcísimos
Mordiscos.

Un revuelo de ovarios
Revienta
De narcisos.

Tu fruto de enervados
Leopardos
Pequeñitos.

Dame tu paz de espuma,
Cien albas,
Las del trigo.

Dame de beber
Tu piel
Porque agonizo.

 

LEOPONDO MARÍA PANERO
(1948)

A FRANCISCO

Suave como el peligro atravesaste un día
Con tu mano imposible la frágil medianoche
Y tu mano valía mi vida, y muchas vidas
Y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.
Pase una noche a ti pegado como a un árbol de la vida
Porque eras suave como el peligro,
Como el peligro de vivir de nuevo.

Mozas y Santas

por Raúl Gatica

 

Artistas de todos los tiempos y lugares han optado por no sumarse al sinfín de feminicidas que desde el poder patriarcal atentan contra las féminas.

Ellas son motivo literario desde distintas perspectivas. El bravucón mexicano, precursor del modernismo, Salvador Diaz Mirón (1853-1928), abreviación de Salvador Antonio Edmundo Espiridión y Francisco de Paula Díaz Ibáñez, rompe la tradición romántica y nos presenta en Vigilia y Sueño, mujer victoriosa en lances amorosos. Preciosismo y lujuria en la batalla del placer espantan sueños entre velludas espesuras. El autor confiesa como maniobras bucales animan pabilos y apagan fuegos; desde luego, en ocasiones con ayudas poco convencionales.

Desde otro polo, el poeta, periodista, cronista, guionista, catedrático y traductor peruano Antonio Cisneros (1942-2012) hace de su poema, inicialmente rotulado, Contra la flor de la canela, y finalmente rebautizado como Para hacer el amor, un recurso didáctico para todas las edades y sexos. Navega entre las fronteras del pudor, la liviandad e impudicia. También recurre a la ternura para despertar las ganas de su doncella. Cuida que ninguno de los amantes se cueza más de lo necesario. Él medía entre brusquedad de rocas y suavidad de pastos y arena, donde la rusticidad del Dedo de Dios nunca hace daño. Ambos poetas asignan poder al falo, aunque Mirón asume que las mujeres tienen en la violencia del sexo una fantasía de placer.

Sólo esto puede esperarse de hombres, dirían las feministas a ultranza, pero el guatemalteco-mexicano Pedro Miguel (1967) las desmiente con la singular reivindicación de la excluida María Magdalena. Ahí hasta al hijo de Dios vuelve a crucificar. Lo acusa de reducir a la amante en mera madre llorona. Se mofa de la hipócrita iglesia y sus ceremonias donde el cáliz del vino simbolizando la vagina de María Magdalena.

Pero basta de pistas, mejor disfrute a los vates compartidos en esta entrega de Con o sin badajo y después, si no les perdona su misoginia, cástrelos o cuélguelo de las bolas si quiere, eso será ganancia aparte.

 

Vigilia y Sueño

por Salvador Diaz Mirón

 
La moza lucha con el mancebo
-su prometido y hermoso efebo-
y vence a costa de un traje nuevo.

Y huye sin mancha ni deterioro
En la pureza y en el decoro,
Y es un gran lirio de nieve y oro.

Y entre la sombra solemne y bruna,
Yerra en el mate jardín, cual una
Visión compuesta de aroma y luna.

Y gana el cuarto, y ante un espejo,
Y con orgullo de amargo dejo,
Cambia sonrisas con un reflejo.

Y echa cerrajas, y se desnuda,
Y al catre asciende blanca y velluda,
Y aun desvestida se quema y suda.

Y a mal pabilo, tras corto ruego,
Sopla y apaga la flor de fuego,
Y a la negrura pide sosiego.

Y duerme a poco. Y en un espanto,
Y en una lumbre, y en un encanto
Forja un suceso digno de un canto,

Suena que yace sujeta y sola
en un celaje que se arrebola,
¡y que un querube llega y la viola!

 

Para hacer el amor

por Antonio Cisneros

 
Para hace el amor
Debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la muchacha,
Tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se achicharra
Para hace el amor.
Los pastos húmedos son mejores que los pastos amarillos
Pero la arena gruesa es mejor todavía.
Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni cerca de las aguas.
Poco reino es la cama para este buen amor.
Limpios los cuerpos han de ser como una gran pradera:
Que ningún monte quede oculto y los amantes
Podrían holgarse en todos sus caminos.
La oscuridad no guarda el buen amor.
El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo como un techo
Y entonces
La muchacha no verá el Dedo de Dios.
Los cuerpos discretos pero nunca en reposo,
Los pulmones abiertos,
Las frases cortas.
Es difícil hacer el amor pero se aprende.

 

A María Magdalena

por Pedro Miguel

 
Sobre la cruz de la mujer excluida
edificó la iglesia sus altares
y quedó por los primus inter pares
a la función de madre reducida.

La amante de Jesús fue convertida
en figura menor de sus andares
que del muerto aliviaba los pesares
bajo la sombra de la cruz erguida.

Más un discreto signo profetiza
que el templo está construido sobre arena
y que es la hipocresía su condena:

misógino será, pero en la misa
ofrenda con el Grial, que simboliza
la matriz de María Magdalena.

 

Manipulaciones

Por Raúl Gatica

Encontré a Cortázar donde menos lo esperaba. El argentino tenía, sin saberlo, en el venezolano Luis Layas a uno de sus seguidores. Nada importa si el autor de Rayuela lo sabía o no, lo importante es percibir en la escritura de Luis al menos el impacto cortaziano.

Conocí a Luis Layas de camino a entrevistar a una leyenda de la música venezolana recientemente fallecido. Este viejito tirado al olvido y cultivador de la memoria y picardía, como pocos a sus años, hizo que habláramos de todo, pero nunca de literatura. Por eso, un poco tarde supe que Luis es comunicador social y locutor. Ha incursionado en el periodismo y publicado en Estampa, Escape, El Universal, Ticket, La Banda Elástica (USA), y en Zona de Obras (España). Para mi suerte, su esposa me obsequió varios libros, entre ellos uno de Luis: Idiotas todos y otros cuentos (Fundarte, 2000.)

El pasaje del cuento Turismo sin límites, traído en esta edición para los guleros lectores de Con o Sin Badajo, proviene de ese texto. La historia regala un guiño erótico e irónico de sus personajes. La manipulación de la memoria femenina para sobrellevar el cansancio de la mujer ante la mediocridad de su matrimonio. Los intentos de ella para moverlo provocan ronquidos que le arrastran a la locura. Estos elementos de la narración bastan para identificar a un escritor que finamente teje, desde la nada y con finísimo humor, historias que se desbordan por todos lados; un poco a la Roberto Bolaño, otro cortaziano, por cierto.

Pese a ser olímpico desconocedor de la obra de Luis Layas, intuyo en él que desde Roberto Bolaño no había encontrado a alguien tan cercano más al estilo que a la forma cortaziana de escribir. Las oraciones largas, dibujo de detalles en los personajes y adjetivación exacta nunca nos pierden y se convierten en una delicia de la lengua.

Sin duda, Idiotas todos y otros cuentos da un mapa de Venezuela, del barrio, de la banda y desde las vísceras. Lo digo sin arrepentirme porque cerebro y corazón son tan víscera como el hígado, único referente cuando de vísceras se habla. Además, sus descripciones son casi fotográficas. Pone la acción en nuestras manos, cuerpo y ojos. En la lectura del libro tenemos de ganancia una película narrada.

Ahí les va este fragmento venezuelo-cortazaniano para su disfrute.

Turismo Sin Limites (pasaje)

(Luis Layas)

A quince para las diez, con el programa casi concluido, Alioli calculó el tiempo necesario para hacerse notar. Se extinguió de escena solo para reaparecer con las ansias robustecidas (al menos eso es lo que esperaba). Cerrando la puerta que daba al pasillo, su cuarto matrimonial 

–que prometió y aplazó doscientas veces un mejor manual de revolcones– se volvió un apartamentico. “Siempre que podamos volveremos a la privacidad de antes, cuando los niños no habían aparecido” –se había dicho. Pero al cerrar la puerta los prescindibles adolescentes se hacían necesarios. Raúl era un grosero funcionario gris también en la cama, ella no entendía. Todo parecía bien, pero eso, no podía estar bien. Alioli descolgó el vestido de encajes y se ajustó el liguero que le parceló un istmo de celulitis, se asomó y vio la luz azulada en la cara de Raúl quien pareció menos sexy que nunca antes.

Las chancletas guindaban de unos dedos larguiruchos como garfios, poco a poco las pantorrillas se iban abultando como muslitos de pollos beneficiados con métodos reprobables, la panza, semejando la quilla de un peñero, ascendía con una curvatura increíble para hundirse grácilmente en un pecho de asmático terminal. La cara de borrego de Raúl descansaba sobre unos mofletes injustos haciéndola zozobrar como un botecito repleto de inmigrantes hacinados, y los ojos, aquellos botones inexpresivos pretendían emocionarse cuando era imposible para ellos ya distinguir un paisaje o moverse en sus cuentas con soltura. Además, tenía un bigotillo de pocos pelos despeinados sobre un labio de caucho. Y en 1975 aquel Coloso de Rodas horadado, desmantelado e higiénico le había resultado una opción; ella había dejado trepar aquel aparatoso pero todavía ágil cuerpo sobre su ingle planita, y permitido lamer por esa boca de macho-foca-inexperto el contorno de un cuello aun sin sorber.

Alioli regresó al cuarto con escasísima tela encima de sus piernas, arriba no llevaba nada excepto por algo como un antifaz que le dibujaba una carita de diablo en todo el mascaron de proa. Estaba excitada por los recuerdos, nada más. Quería cogerse a un tipo que recomponía en su memoria, hibridándolo con un presentador de concursos de tez morena y paticas de gallo confinadoras de unos pómulos salientes. Su silueta de cuarentona dietética tijereteo la imagen del cuadrilátero. Dos niuyorricans sin lengua se cayeron a nutridos coñazos en el boxeo de las diez mientras Alioli extrajo la pulpa posible de un pene nervioso que marco tarde la tarjeta y huyo de la reunión sin esperar la merienda. El ojo avinagrado del referí y los semblantes ansiosos y aterrados de los púgiles se alternaban sin cesar en planos de diversa inclinación, el sudor buscaba pistas y las sienes temblaban, mientras de reojo nadie quería perderse el desenlace de la otra acera. La mirada del público y de la niña nalgona con el cartel que anuncia el round se dirigieron abochornadas al lente de la cámara, pero el director seguía frenético, ponchando detalles gruesos y embarazosos de la lucha, infiltrándose en los secretos burlescos y tristes de los contendedores.

Alioli de Bastardo susurró con una entonación sensual y descarada: “Raúl… tengo un amante”. Un minuto después lo volvió a intentar con una queja ofendida: “Raúl, ya no siento nada por ti”. Luego, levantándose mientras le chorreaba un hilito de semen parduzco por la entrepierna, se detuvo en el centro de la habitación y repitió la píldora. “Raúl, duermo con otro que me hace feliz, que entiende mi pasión de mujer”. Y cuando dejó de atender el espejo y volteó a mirar al marido se dio cuenta de inmediato que dormía, que yacía con una mueca achocolatada y fúnebre en los labios. Esa era la interferencia que había estado registrando, ese ruido de burro amordazado sacándole de sus casillas, paralizando su orgasmo feliz. Volvió a verlo y ya sin poder contenerse grito. Y siguió gritando hasta que reventaron las enclenques hebras de lógica que sobrevivían en su cráneo.