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Estación Latinoamérica

por Belén Febres-Cordero

Nuestra historia y nuestro idioma. Alegría y ansias compartidas de luchar. El cacao y el tomate, ingredientes que utilizamos para cocinar platos tan variados como los tonos de nuestra piel. Una sola piel. Arraigo a la familia y a las raíces que nos sujetan a nuestra tierra, Latinoamérica, para que podamos germinar.

Santiago Rincón Leuro – psicólogo de profesión y fotógrafo apasionado – lleva el cariño por esta porción del mundo marcado en el alma como tatuaje en la piel. Aprendió a querer a Bogotá, su ciudad natal, de la mano de su abuelo. “De niño me paseaba por el centro de la capital contándome historias de las casas, calles y edificios. Mucho de lo que él me enseñó se materializa en lo que hago.” También fue su abuelo quien le impregnó amor al campo, por eso sueña con tener una casa en las montañas. Por ahora las escala.

Tras haber cursado un posgrado en turismo cultural y patrimonio, decidió crear el blog “Vista al Patrimonio de la Humanidad” en el que pretende dar una visión de la región no sólo como turista sino también como conocedor en temas relacionados con el patrimonio cultural de América Latina. “A veces sentimos poco interés por lo que tenemos a la mano. Conocer a profundidad lo nuestro nos permite apreciar más las cosas que nos unen y así entendernos más.” Con este ejercicio de escritura busca también exponer los aspectos de la patrimonialización que podrían mejorar.

No quiere viajar a otro continente hasta haber pisado todos los países de la región. Recorriendo los rincones que la conforman se está acercando a su objetivo. Durante sus viajes por Cuba, Panamá, Argentina, Perú, Bolivia y Paraguay, México y Ecuador con su cámara ha capturado lagunas, calles, montañas, voladores, árboles, niños: adoquines con los que se construye nuestra identidad. Aun así, todavía siente que le falta mucho por andar.

Estación Chusacá

Santiago también trabaja en la Escuela Taller de Bogotá, la cual capacita a jóvenes de poblaciones vulnerables en oficios como cocina, carpintería y construcción. Él ha participado en varias actividades impulsadas por el colegio, incluyendo el proyecto de restauración de estaciones de tren en Colombia. Cuenta que hay más de 400 estaciones de tren en el país. “La existencia de tantas líneas de ferrocarril es admirable, pero lastimosamente se había abandonado la estructura férrea casi en su totalidad. Muchas de las estaciones estaban en ruina.”

Del proyecto de restauración de las estaciones dice que lo más gratificante ha sido ver a la gente comprometida, participando en las actividades de la comunidad y proponiendo ideas. “Se está contribuyendo a generar escenarios de participación colectiva donde las personas encargadas de la renovación son las usuarias de estos espacios. Esto no pasa frecuentemente en la construcción, donde muchas veces las personas que trabajan en una casa o un edificio no pueden entrar en ellos una vez concluida la obra.”

También inspirado por su abuelo, Santiago se dedica a recorrer, conocer y fotografiar la estructura férrea de Colombia. “Hay estaciones hermosísimas y sería interesante ver qué se puede hacer en el futuro por ellas.” Siente la necesidad de crear un registro del entorno para que nuestros descendientes tengan un medio desde el cual reconstruir la historia y no repitan los mismos errores cometidos en el pasado. “La memoria es un medio para el aprendizaje, para que las comunidades, la gente y la humanidad en general aprendan qué deben hacer por su propio bien y por el bien de los demás.”

Chusacá, Cartago, San Javier y el Ocaso son los nombres de apenas unas pocas estaciones que Santiago ha fotografiado. Así, con su trabajo, él nos ayuda a conservar recuerdos, como estaciones a dónde volver, para poder algún día ser abuelos con mil vidas e historias para contar.

Para conocer más sobre Santiago y su trabajo se puede visitar su blog aquí.

Estación Chusacá2

La Perversa Sensación de Crear

por Belén Febres-Cordero y Nandy Fajardo

 

Los amigos de Ángela Atuesta le llaman “la Negra”. Ella se define como la reina del color. Su voz que pisa fuerte y risa frecuente y espontánea describen a Ángela regando vida al caminar, y plasmándola en creaciones donde colores, formas y texturas estallan como globos.

El amor por el arte y sus gatos, Horacio y Alea, son la constante en la vida de Ángela en lo definido por ella como la “perversa sensación de crear.” Una necesidad de imaginar desbordándosele del cuerpo y aguijoneándole a experimentar hasta con latas de atún vacías para crear escenarios en miniatura.

Estas ansias forman parte de su esencia, pese a no recordar cómo ni cuándo surgieron. Desempolva, en cambio, el apoyo de su madre motivándole a tomar sus primeras clases de pintura y dibujo a los once años, y a estudiar Artes Plásticas en la Universidad de los Andes, Bogotá.

“La época en la universidad fue un desastre. Me enfrenté a mucho discurso sin sentido y experimenté una gran desilusión,” explica. “Me pasé preguntándome: y esta vaina pa’ qué rayos sirve, porque en realidad el arte no sirve pa’ nada, ¿no?,” añade con el acento característico de las personas nacidas y crecidas en Bogotá, Colombia.
Hoy, a sus 27 años, considera: “si bien en un universo apocalíptico el arte podría ser inútil, en el actual sirve para la denuncia social”. Además, lo describe como elemento de expresión capaz de convertirse en herramienta histórica. “Más que transformar un mundo que no sé si se pueda cambiar, busco crear algo para expresar mi desacuerdo.”

En su vida, arte y amor están entrelazados. Trabaja con su novio a quien, durante la entrevista, nunca llama por su nombre. Eso sí, detalla el del colectivo de ambos: Bicromo.

“En una relación como la nuestra, las típicas actividades de ir al cine o comprar un helado se van p’al carajo. Tenemos un amor de pintores, quienes aún quemados, sudorosos o manchados decimos: te quiero.”

La pintura de gran formato es una de las actividades desarrolladas por Bicromo. Ángela la define como un poco engorrosa.

“Al no tener automóvil, llevamos latas, brochas y hasta el agua para lavarlas, en bicicleta o en carritos de mercado; y así vamos a crear murales en las calles.”

No le gustan las galerías, le parecen muy lejanas. En cambio, pintar en lugares públicos le permite acercarse a la gente. De esta manera observa al arte con potencialidad de unir a todas las condiciones humanas, el cual, además de transmitir un mensaje, puede generar espacios de discusión y educación.

“Cuando una señora pasa, te ve pintando y se detienen pa’ preguntarte qué estás haciendo, escucha y entiende, terminas pensando: mmmm… el arte sí vale la pena.”

Con Bicromo también dan talleres a niños. Hacen grafitis y murales en espacios públicos. Además, tienen un colectivo de ilustración digital. Con él crearon la película Llave de Papel, financiada con una beca del Instituto Distrital de Bellas Artes.

“Con la animación puedo crear monstruos y hacerlos vivir, correr, saltar. Puedo matar a alguien sin asesinarlo en la vida real. Puedo decir: esto que tú ves, porque yo lo hice, existe. La dinámica del arte es un poco narcisista” dice tras un corto silencio.

Ángela espera poder vivir, algún día, únicamente de su arte. Por ahora tiene un segundo empleo para mantenerse. Trabaja como guía y tallerista en el Museo del Oro en Bogotá. Cuando no está ahí, inventa nuevos proyectos: anima, pinta e ilustra. “Hago muchas cosas y a la vez no hago nada,” dice con la humildad e impaciencia de la gente a quien las ansias de soñar se le derraman, y el tiempo para hacerlo siempre le queda corto.

También quiere viajar mucho, pero no se imagina la vida fuera de Colombia, considerada su base emocional y física.

“Además, no tendría corazón para dejar a mis gatos.” Dice en referencia a Horacio, nacido hace seis meses, cuyo mayor entretenimiento es molestar a Alea. Ella tiene siete años y casi siempre está cansada. El pelaje de Horacio es gris con blanco y el de Alea, amarillo con negro. Quizás más preciso sería decir que sus pelajes a veces son así, cuando la pintura – originalmente destinada a crear cuadros y murales – no les ha salpicado. La conversación debe terminar. Horacio nuevamente despierta a Alea que, paciente y determinada, intenta – una vez más – quedarse dormida.