Archivo de la etiqueta: fajardo

Contador de Historias

por Nandy Fajardo y Fabricio Tocco Chiodini

Acordamos encontrarnos un lunes. Rodrigo quería que nos diéramos cita en Skype a las nueve de la mañana de Venezuela. Yo, al ver que en Vancouver serían las cinco de la madrugada, sugerí que la cambiáramos al mediodía. Tuvimos dificultades para comunicarnos, Rodrigo estaba sin conexión y por teléfono tuvimos que volver a cambiar la cita para el lunes siguiente. Tanta espera fue recompensada una vez que finalmente coincidimos, con aquella voz alegre y musical, tan propia de los venezolanos.

Rodrigo prefiere ser llamado «fotógrafo» antes que «artista». Esta distinción le parece importante, pues para él hay un abismo entre fotografía documental y artística. En el grupo de El Cencerro, se le conoce como «El domador de perspectivas». Para él, su forma de ver el mundo implica no conformarse con la imagen que le ofrezca el primer punto de vista disponible. Más bien, nos dice al respecto, «desde el lugar en el que lo estás viendo, te puedes imaginar cómo sería esa escena si estuvieses del lado opuesto. No tienes que ir al otro lado para verla», porque Rodrigo es capaz de domar imágenes, de jugar con ellas.

Al iniciar su carrera en Europa a los diecinueve años, en 1979, este caraqueño planeaba inicialmente estudiar arquitectura. Rodrigo llegó a Europa hablando sólo español. Sin quererlo, un compañero colombiano, de un curso intensivo de inglés, le cambiaría para siempre la vida. Fue aquella tarde que lo invitó a que se registrara en una escuela de fotografía, donde terminó formándose con Roy Flamm, prestigioso fotógrafo californiano vinculado al célebre Grupo f/64.

Flamm, nos cuenta Rodrigo, acabaría siendo su maestro para siempre: «tú sabes que los tutores duran mucho más allá de los recuerdos». La filosofía de Flamm marcaría las imágenes de Rodrigo a lo largo de sus casi cuatro décadas de carrera.

Rodrigo pasaría nueve años en Europa, dividiendo su estancia simétricamente entre Londres, París y Barcelona. «Como decimos en el Caribe, cada ciudad tiene su tumbao, su sabor». Para Rodrigo, Londres es una ciudad maravillosa para estudiar, mientras que recuerda París como un lugar más duro, pero al mismo tiempo festivo y apasionante. «Barcelona, en su carácter de puerto mediterráneo, nos queda un poco más cerca, sobre todo cuando entre las brumas se pueden apreciar, a lo lejos, ciertos tonos de las luces del continente americano». Las memorias de las ciudades, por supuesto, están hechas de gente y el contacto que el fotógrafo estableció con ellas, un elemento que, como podemos ver, dejó una clara huella en sus registros urbanos.

Una reflexión interesante que suscitaron estos años europeos para Rodrigo tiene que ver con la distinción entre «destinos» y «propósitos»: «Uno anda como por un camino y va encontrándose bifurcaciones. Cuando estás en un tránsito hacia el conocimiento, idealmente nada debería apartarte de tu propósito. Pero ni siquiera es un destino, es un propósito. El destino es lo último, va mucho más allá, más lejos. El propósito, en cambio, es un camino que te lleva a tu destino. Pero eso no lo sabes hasta cuando acaba todo. Hay todo ese desafío personal dentro del cual los estudios son importantes, pero no son lo único, son una conjunción de factores que uno afronta de forma no del todo consciente».

11_RBenavides_TrombonistaCaracas2003

Al volver a Venezuela con casi treinta años, a finales de los ochenta, Rodrigo se enfrentó con un «sentimiento de desarraigo difícil, de grandes dimensiones»: «Después de nueve años en el extranjero, tu país te hace falta […] pero cuando llegas, como decimos en el llano “no te hallas”, te sientes muy desubicado».

Nos cuenta Rodrigo que logró resolver y superar este desarraigo enarbolando una estrategia y redescubriendo una fuerte conexión: por un lado, «diseñó un lema para viajar: a cada cliente que visitaba, le decía que mientras más lejos me enviara, más barato le iba a cobrar». La posibilidad de seguir viajando, esta vez por territorio venezolano, le permitió redescubrir y reconectarse con un componente singular de su país: la naturaleza venezolana, una «geografía de esta tierra que es una sola tierra, cuya única frontera son los ríos». Para Rodrigo, «nuestras ciudades, tal vez, se parecen a casi todas las capitales de estado, pero nuestra fuerza vital está en la profundidad de las selvas, en las cimas de los Andes, en esa tierra vibrante que nos hace ser como somos».

El regreso a Venezuela hizo florecer algo que ya estaba en Rodrigo antes de sus años de formación europeos: «Yo tenía esa semilla debidamente instalada en mi ser. Al regresar, veo las cosas de otra manera, tomando consciencia de la importancia de recorrer estos paisajes, de acompañarlos tomando fotos en esta geografía sensible de una forma mucho más depurada y consciente, con una mirada distinta».

Aclara Rodrigo que sus «proyectos más ambiciosos siempre tienen lugar en espacios distantes de las metrópolis». Su compromiso, nos dice, es «volver la mirada a la tierra»: «yo aspiro con mi trabajo a acompañar las causas de los pueblos más simples como los pescadores, los ordeñadores, las tejedoras de chinchorro, la gente simple de la vida». Algo que hace no sólo desde su labor fotográfica sino también a través de la Escuela de Fotografía que dirige junto a su mujer. «El Núcleo Fotosensible» intenta «promover la utilidad pública de la fotografía» y alberga proyectos de investigación sobre el tratamiento de la imagen.

En una época de proliferación de fotografías que inundan diariamente la red, Rodrigo se mantiene parcialmente crítico: por un lado, escribe de forma periódica en su Tumblr (http://lazentella.com) sobre fotografía directa y no se declara tecnófobo, ya que admite la importancia del desarrollo técnico para su disciplina. Al mismo tiempo, considera las redes sociales como un espacio que fomenta cierta «vertiente tendenciosa», una «inmediatez para manipular», que privilegia «una abundancia de banalidades de todo tenor». Para Rodrigo, aquello que sigue distinguiendo al fotógrafo profesional es un gesto que suele perder de vista el usuario amateur al retratar sus desayunos en Instagram: el gesto de contar una historia. Por eso, prefiere llevar libros en sus viajes antes que ponerse a leer en un celular.

En este sentido, a Rodrigo le resulta más interesante «lo tangible». Por lo tanto, prefiere no participar de las redes sociales y seguir revelando fotos en su laboratorio casero, profundamente conectado con su atracción por el territorio y la riqueza intercultural de su país, como parte de un sentido compartido en Latinoamérica y El Caribe.

Cuando le preguntamos por su opinión sobre su registro histórico de la situación de Venezuela, Rodrigo aprovecha para explicarnos sobre su filosofía profesional. Un buen fotógrafo no puede quedarse con el retrato anecdótico, con el mero registro de lo episódico, debe ser capaz de narrar. De lo contrario, nos dice, «la cosa se queda a medio camino». Por último, resalta Rodrigo la idea de que la historia está en todas partes: no se circunscribe a hechos puntuales o a coyunturas políticas. Un buen fotógrafo documental debe ser capaz, ante todo, de contar historias en profundidad.

13_RBenavides_ArtificesCulturales2014_05_IMG_8733