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Don Chicho

por Taylor Guerrero[1]

En una de sus salidas  a caminar, mi abuelo decidió entrar a un restaurante.  Pidió al mesero un vaso de vino tinto y una empanada.  Se puso a mirar el partido que mostraban en la pantalla.  Hasta saltó y gritó un gol junto con los demás clientes.  Cuando pidió otra copa se dio cuenta de que había un viejo sirviéndose su cañita en una mesa, atrás en un rincón.

<<Pero si es Don Chicho, con sus mismos bigotes blancos y lentes cuadrados,>> se dijo a sí mismo.  No pudiendo resistir la tentación, tomó su vaso y fue a saludarle.

<<Don Chicho, ¿le puedo hacer compañía?>>

<<Sí compañero, siéntese por favor.>>

<<¿Y cómo está su salud, Don Chicho? Tengo tantas preguntas que hacerle que no sé por dónde comenzar.>>

<<No se preocupe compañero, me mantengo bien. Siempre he dicho que empanadas y vino tinto mejoran el corazón y el espíritu.>>

<<¿Y qué piensa —tantos años después—de la tremenda traición que le hicieron?>>

<<Como puede darse cuenta compañero, la historia no se ha detenido y ese momento amargo y gris se ha superado a la manera nuestra.  Además, estoy más vivo que nunca. Habito en el corazón de la juventud y de los humildes.  Compañero, yo no vine para ser servido sino para servir y dar mi vida por la libertad de muchos.>>

Hizo una pausa para mirar un mensaje en su celular.

<<Bueno compañero, perdone pero tengo que irme.  Unos estudiantes de Ayotzinapa, México, me piden en forma urgente reunirse conmigo. Como el trabajador social que soy, espero poder ayudarles.  Mi secretaria me acaba de informar que en este momento ya me esperan en la oficina.  Creo que en total son cuarenta y tres.>>

Se levantó de la mesa y empezó a caminar hacia la salida del bar; con mi abuelo siguiéndolo atrás .  Ya en la calle mi abuelo le  insistió:

<<Pero Don Chicho, déjeme por lo menos su número de teléfono para contactarme con usted.>>

<<Compañero, estoy muy apurado, otro día se lo doy; además, usted sabe dónde ubicarme.  Hasta la próxima, como a esta misma hora, ,>> le respondió Don Chicho. Luego cruzó la calle hasta perderse entre la multitud.

Mi abuelo intentó seguirlo por varias cuadras pero le fue imposible ubicarlo.  Cuando mi abuelo regresó a casa, me llamó de inmediato y, sin parar de hablar, me contó todo lo que le había sucedido con Don Chicho.

Desde aquella vez no hay día que mi abuelo no salga a caminar.   Al hacerlo me grita siempre:

<<Ya voy saliendo querido nieto, esta vez sí espero encontrarme con Don Chicho.  Tengo tantas preguntas que hacerle.  Cuando vuelva te lo cuento todo.>>

[1]   Chileno, profesor de matemáticas y miembro del taller de creación literaria El Cencerro. Ésta es su primera publicación.

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Dulce de Leche

por Víctor Porter[1]

La cárcel estaba en la Pampa Húmeda y, quién sabe por qué, era más húmeda que toda la Pampa. Todo estaba mojado, siempre, y el olor a encierro se alternaba con el olor a Fluido Manchester que cada cierto tiempo le pasaban al piso del pasillo para ahuyentar a toda forma de vida no encerrada ahí a la fuerza. A cada tanto, a los prisioneros los sacaban a tomar aire. Salían a caminar a un patio, encerrado también, rodeado de alambres con púas. Algunos prisioneros caminaban en círculos hasta el final del tiempo. Otros aprovechaban para planear eternamente la revolución.

Abraham Dionisio y Najman conversaban cada vez que caminaban en círculos por ese patio gris y alambrado.

Venían de mundos distintos.

Najman de la gran ciudad capital, de la clase media educada (esto se puede leer como uno quiera: de la clase media y educada o de la clase educada por la mitad, no completamente educada; en resumen, lo mismo).

Abraham Dionisio, criado en los márgenes de una inmensa plantación de caña de azúcar. Sin padre y con muchos hermanitos. Según contaba, su infancia consistió en salir a cazar para comer; no a cazar animales sino a cazar comida. Su coto era el patio trasero de un matadero-carnicería. Abraham y sus hermanos pasaban horas detrás del alambrado esperando el momento. Los últimos y desesperados gemidos del cerdo, vaca o cabra que estaban a punto de carnear anunciaban la acción.

“Me partía el corazón”, contaba Abraham.

“Lo peor era cuando los miraba fijamente a los ojos, los pobres sabían que los iban a matar. ¿Y sabes qué, Najman?, esa misma mirada desesperanzada tienen algunos compañeros presos”, remataba Abraham.

Él y sus hermanos presenciaban el trabajo del matarife. Desde que aparecía con el animal en el patio de atrás, la volteada al piso, las patas atadas, la cuchillada certera, el chorro de sangre humeante a la olla y la destazada. Después, la parte más importante: mientras los hermanitos ahuyentaban a los perros, gatos y gallinas, Abraham — quién ya tenía el golpe minuciosamente planeado — corría a recoger todo lo que podía. El hígado y el corazón eran lo más valioso, después las tripas y los pulmones, o cualquier otro despojo que no se hubiesen llevado los otros hambrientos y estuviera por ahí tirado. Encarnación, la madre de Abraham, transformaría el botín en un manjar.

Apenas pudo manejar el machete, Abraham empezó a trabajar cortando caña de azúcar; el hermano que le seguía se hizo cargo de la caza.

Después de huelgas, despidos, persecución y otras injusticias cotidianas en la plantación y el ingenio, Abraham se sumó a la guerrilla rural, su lugar natural, su destino. Si alguien tenía el derecho y la obligación de alzarse en armas era él.

En el patio de la cárcel, Abraham compartía historias con Najman y otros, siempre sonriendo, nunca quejándose. El sol del cañaveral seguía brillando en el fondo de su mirada, y aún sentía el aire del monte a pesar de los años de encierro. Caer preso no interrumpió su vida ni su carrera. Como el monte, la cárcel también fue su lugar natural y su destino.

De vez en cuando, los presos podían hacer alguna compra. Para eso los presos estaban acuerpados de acuerdo a su grupo u organización política, o por afinidad personal los que eran independientes. Compraban colectivamente, de modo que todos pudieran tener yerba, cigarrillos y lo que alcanzara.

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Una tarde, Najman y Abraham estaban dando sus vueltas eternas en el patio cuando los paró el preso Dell’Orto; de él se decía que era un compañero muy importante, un cuadro revolucionario… y sin embargo no daba esa impresión. Hablar con él era hablar con el abanderado en un mural del realismo soviético, no miraba a los ojos del interlocutor; ¿para qué?, él miraba más allá del horizonte. Tal vez imaginando un desfile en su honor, o a las masas aclamándolo… Lástima, porque las paredes de la cárcel truncaban esa visión de epopeya, y él quedaba acá en el patio y la humedad, con su mirada perdida, más perruna que mesiánica.

Dell’Orto y Abraham pertenecían a la misma organización. Dado su nivel, Dell’Orto estaba a cargo de las compras grupales. Así que Dell’Orto interrumpió la caminata-charla de Najman y Abraham porque debía hacerle una pregunta estratégica a su compañero de armas.

“¿Qué va a querer comprar el compañerito Abraham? Hay yerba mate, cigarrillos, galletas, … dulce de leche”

“Yerba y dulce de leche”, respondió alegre Abraham.

Dell’Orto sorprendido y con aires de General San Martín de a caballo al mando del Ejército de los Andes replicó:

“Compañero, me extraña muchísimo que pida eso. El dulce de leche es para los burgueses, no se desvíe compañero. No se desvíe”.

Casi en llamas, pero respirando y hablando muy despacio, Abraham afirmó con la certeza de estar en lo correcto.

“Por eso luchamos compañero, para que todos podamos comer dulce de leche. Así que le repito mi pedido: Yerba Mate y dul-ce- de- le-che, ¿está claro?”

Un silencio metálico quedó flotando y Najman pensó que esa era la mejor explicación de por qué luchaban, y que jamás nadie había dicho. Sí. Era la más real, la más tangible, la más dulce.

[1]   Refugiado Argentino que vive y escribe en Vancouver, Canadá.