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Asalto a Francomar Naviera Sociedad Anónima

por Victor Porter[1]

En la media mañana del jueves, Carlitos y yo nos hacíamos los ocupados en nuestra estación de mensajeros, atrás y casi tapados por Recepción. Adornito estaba en su silla alta, desde su lugar veía por las paredes y la puerta de vidrio todo lo que pasaba en el pasillo, y por un espejo metálico controlaba los ascensores y la escalera. Nada lo alteraba. Adornito medía más de dos metros, y sus manos eran tan grandes que la pistola 45 parecía de juguete cuando la agarraba; la había bautizado La Monja, porque nunca entró en acción. Él se entretenía jugando con su equipo de radio, le gustaba practicar y decir:

―Afirmativo, cambio y fuera, aquí oficial Esteves cambio… ―Lo triste es que la otra radio estaba en la caja, sin pilas y nadie le contestaba nunca.

La semana pintaba como que iba a terminar bien. Ya era jueves y lo más pesado había pasado. Los días anteriores fueron ir y venir del Banco de Boston en Florida y Diagonal hasta la oficina en Corrientes y Reconquista varias veces por día, ida y vuelta, con bolsos llenos de dólares; ojo, miles de dólares, Carlitos, el Gordo Vitale y yo, custodiados por Adornito Esteves.

Adornito miraba nervioso mientras nosotros nos íbamos pasando los bolsos llenos de guita de lado a lado de la calle Florida como si estuviésemos jugando al rugby,

―Más juicio muchachos, en serio ―nos decía.

En realidad, no había ningún peligro, eran los primeros meses de la dictadura y la cosa estaba bravísima. Nadie salía a robar, las calles estaban llenas de policías, soldados, gendarmes, y lo peor, los grupos de militares de civil, la patota aterrorizando a todo el mundo.

Dos semanas atrás habían cerrado el arreglo, Francomar Naviera le compraba al Estado casi toda la flota mercante. Compraba es una manera de contar la historia, porque en realidad fue un regalo. El pago se hizo a través de un trámite de bancos, así que este traslado de casi tres millones de dólares en manos de dos mensajeros casi adolescentes, (Carlitos y yo) un empleado contable (Gordo Vitale) y un custodio (Adornito Esteves) era sin duda dinero en efectivo para comisiones y sobornos.

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Todo lo que nos quedaba por hacer entre el jueves y el viernes era, si nos pedían, ayudar a ensobrar los sueldos, ya que había cinco buques en el puerto, cinco tripulaciones completas listas para cobrar meses atrasados. Fuera de eso, todo pintaba bien, viernes y fin de semana, primavera tardía, asado en casa y fútbol.

Así que ahí estábamos cada uno de nosotros en su puesto, esperando nada. La recepción y el conmutador de teléfonos eran el territorio indiscutido de Graciela, morocha de 40 y pico, vencedora de muchas batallas. Verla entrar a la oficina por la mañana era escuchar el tango que dice : “Del barrio de las latas se vino pa’ Corrientes con un par de alpargatas y pilchas indecentes…” Graciela, llena de contradicciones y prejuicios, les perdonaba la vida a los de Contaduría, gente de barrio; aborrecía a los de Cargas  y Relaciones Comerciales, todos de apellido inglés y ex alumnos de colegios privados, adoraba a los capitanes, veneraba a los gerentes, y odiaba a muerte a la Señora Julia, su archienemiga Secretaria Ejecutiva de los poderosos. La Señora Julia controlaba el acceso al Santo Santorum de Francomar, las oficinas del Contra Almirante Villasín y de Philip Tevenaz, el hijo del dueño.

Y de repente, ahí están siete aparecidos: una mujer más fibrosa que flaca, pelo castaño oscuro, ojos negros, nariz de águila, tensa como un violín. Tres hombres más jóvenes que ella, de traje, y otros tres vestidos de operarios especializados, llenos de herramientas, ataviados con mamelucos, empujando un carrito lleno de cajas.

La elegancia de los aparecidos (menos los operarios) obligó a Graciela a ofrecerles:

―Un cafecito o algo para tomar mientras los señores esperan…

Pero la mujer que comandaba a los otros seis, (a quien llamaremos Águila de aquí en adelante, por lo filosa que era su nariz)  y los trajes sacaron de no sé dónde unas armas que parecían de Star Wars. Graciela se puso gris del susto, Carlitos y yo ni nos movimos ni abrimos la boca. Adornito ni intento sacar a La Monja de la sobaquera, se dio cuenta que éstos no le tenían miedo y su instinto le indicó que se tenía que dejar atar sin dar mucho trabajo. Mientras ataban a Adornito, Águila dijo:

―No somos ladrones, somos la milicia popular resistiendo a la dictadura.

Graciela atinó una protesta, pero Águila le dijo “no” con el dedo, llevándoselo a los labios primero para indicar ¡silencio!, y al cuello después sugiriendo ¡te mato!

Mientras los operarios especializados montaban un cartel hacia el pasillo que decía: “Estamos filmando, disculpe las molestias”, los trajes nos arriaban a todos ya esposados rumbo al salón de archivo.

El camino hasta el archivo fue eterno y tortuoso. Los de Contaduría no hicieron el menor intento de resistir. El gordo Vitale, Ducati, el ruso Livobsky y Souza largaron las calculadoras y las planillas, y se pararon en un solo movimiento con las manos ya en alto; parecía que lo habían ensayado.

Los aristogatos de Cargas y Relaciones Comerciales mostraban su indignación resoplando y meneando la cabeza, pero nada más que eso. Marcaron el paso como cualquier hijo de vecino en estas circunstancias. La cosa empezó a enturbiarse cuando llegamos a la oficina de Ricardo Passello, Jefe de Recursos Humanos y Personal Embarcado. Todos sabíamos que Passello era un reverendo hijo de puta, pero como todo el mundo evitaba entrar a su oficina (en especial las mujeres), no sabíamos que tenía una foto del dictador enmarcada en su escritorio con una dedicatoria que decía “al amigo Ricardo, con gratitud”. Traje dos vio la foto mientras esposaba a Passello y se enloqueció. Águila y los otros iban a intervenir, pero algo los frenó. Lo dejaron hacer.

―Sácate la corbata, amigo Ricardo, y con la corbata te colgás del cuello el retrato de tu amigo de manera que todos lo veamos, y también te bajás los pantalones hasta los tobillos y los dejás ahí, si te tropezás te cago a patadas.

Águila se acercó y agregó:

―Hoy te salvas por que venimos a recuperar el dinero para el pueblo, si no te hacíamos un juicio revolucionario aquí mismo y cagabas fuego.

La Señora Julia escuchó ruidos inusuales y salió de su santuario protestando. Cuando vio lo que pasaba, empezó a gritar. Águila la agarró del cuello y la apretó contra la pared.

―Grita otra vez y no te suelto, ¿entendido? ―Lívida, la Señora Julia dijo sí con los ojos y Águila la soltó. La esposó y seguimos la peregrinación.

20

El caldo siguió espesándose en Finanzas. Ahí estaban el Contador Canepa, la caja fuerte y la Doctora Roel. Canepa no aguantaba la situación. El todopoderoso que se cagaba en casi todos, que firmaba los cheques y controlaba la caja fuerte, tenía ahora que hacer caso, bajar la cabeza y dejarse esposar. Estaba colorado como un tomate, transpiraba y casi le salía humo; yo pensé que iba a reventar en cualquier momento de un infarto.

La Doctora Roel lo tomó todo con calma y la elegancia de siempre. La Doctora Roel era todo clase, sonrisa perfecta y permanente, gasa, seda, ropa europea, tacos altos, unas pantorrillas esculpidas a fuerza de clases de ballet y el pelo siempre flotando al viento, como una propaganda de shampoo, aunque no haya viento. La Doctora Roel extendió sus brazos a lo Juana de Arco rindiéndose y Traje tres, casi pidiéndole perdón, hizo lugar entre las pulseras de oro y piedras para calzarle las esposas.

Los Capitanes estaban de gira en el puerto, y sólo quedaban el Contra Almirante Villasín y Phillipe Tevenaz, el hijo del dueño, el heredero. Acá la cosa tomó un aire solemne, Águila les dijo de entrada:

―Hoy no les toca a ustedes. Si todos se comportan, nadie sale lastimado. Dé el ejemplo, Contra Almirante, sea sensato.

En el archivo nos hicieron sentar. Nos iban preguntando el apellido a cada uno y lo anotaban en unas tarjetas autoadhesivas que decían “hello my name is”, y nos las pegaban en el pecho. Dos de los operarios especializados se llevaron a Canepa a su oficina, me imagino que para abrir la caja fuerte, ya que a los cinco minutos volvieron con un Canepa enfurecido y con los ojos desorbitados, pero callado, y seis bolsos inmensos llenos de dinero.

El tercer operario especializado iba y venía con cables y aparatitos, Águila miraba su reloj cada tanto y los Trajes nos mantenían quietos y callados. De repente Passello intentó levantarse  pero sus pantalones enredados en los ovillos lo hicieron caer de frente. Cayó sobre el retrato del General que se rompió, y el vidrio se le clavó en el hombro. Yo instintivamente me levanté a ayudarlo, pero creo que fue Traje dos el que me sentó de un trompazo en la nariz que me dejó el labio roto y la nariz sangrando. Esto no estaba en los planes, pensé, pero ¿qué iba a hacer? La Doctora Roel se puso pálida, ella era Doctora en estadísticas y finanzas y, además, nada en su vida la preparó para esta aventura. Se ve que la sangre la descomponía. Operario Especializado uno abrió una caja de primeros auxilios y nos arregló, primero a Passello y después a mí con una precisión única.

Había un silencio ominoso, subrayado por el tic-tac del reloj. Todos nosotros sentaditos sin hablar ni mirarnos. El aire pesadísimo, y nuestras etiquetitas con el “hello my name is” nos hacían parecer en una conferencia de condenados a muerte. Operario Especializado tres, petiso y con anteojos, entró al archivo, se refregó las manos y dijo:

―Presten mucha atención. En lo que voy a decir les va la vida. En unos minutos nos vamos, ustedes quedan acá, en un área que comprende el archivo, el baño, y la cocina. Hay un perímetro alambrado que no deben cruzar, si lo hacen unos dispositivos magnéticos activan los detonantes conectados a unos explosivos jamás usados en el país, y esto vuela en pedazos. Además, los catorce pisos que tienen arriba van a caer.

Un ruido extraño y espeluznante interrumpió al petiso, algo así como el rugir de tripas de un rinoceronte blanco, y nadie podía creer lo que pasó, la Doctora Roel se cagó encima. No sé cómo lo hizo, pero estaba bañada de la cintura para abajo en un caldo marrón-verdoso todavía en movimiento, con sólidos empujados por la onda expansiva, ni los zapatos de taco alto se salvaron.

¡Que cuadro, amigo! Passello con el hombro echo mierda, yo con la nariz y la trompa sangrando, la Señora Julia con los dedos de Águila estampados en el cogote y la Doctora Roel…

Águila retomo el mando de la situación y preguntó:

― ¿Alguien tiene ropa para que esta mujer se cambie?

Souza levantó la mano como si estuviésemos en la escuela y ofreció:

―Yo juego al fútbol y le puedo prestar mi equipo.

―Déselo, dijo Águila, y mandó a un Traje a acompañar a Souza para traer el bolso.

Canepa no pudo callarse y agregó:

―Apúrense que hay un olor imposi…

―Águila, con la velocidad de un trueno, le metió un patadón en los huevos y lo dejó partido al medio y sin respiración. Canepa lloraba sin ruido ni movimiento.

―Y al que se ría de la señora, hoy o cuando sea, lo reviento. Dijo Águila. Después le pidió a la señora Julia que acompañara a la doctora a cambiarse.

Volvieron las dos del baño. No es que el uniforme de Souza del Juventud y Esperanza Fútbol Cluble quedara mal, pero el color no le sentaba: un mostaza metalizado de la camiseta, el pantalón negro, y las medias blancas con rayas mostaza haciendo juego con la camiseta. Y para rematar, la publicidad del patrocinador del equipo: Carnicería La Mimosa. La Doctora Roel casi no existía, volvió un fantasma vestida de jugador de fútbol con mirada perdida.

¿Qué más nos podía pasar ese día? Por suerte el asalto casi terminaba. En unas cajas nos dejaron comida y agua. Nos recordaron lo de los cables y la explosión, después se fueron.

Nadie se movió ni dijo nada por unos minutos que parecieron horas. Después, de a poco, se envalentonaron. Nada menos que Passello, herido y con los pantalones enrollados en los tobillos, dijo ignorándonos a todos:

―Contra Almirante, acá hubo un entregador.

Con disimulo, algunos empezaron a mirar a Livobsky, judío, pelirrojo, amante de la música clásica, culpable endémico de todas las cagadas grandes.

¿Un entregador?, más bien dos, pensé yo, e hice un esfuerzo grande para no mirar a Carlitos, quien seguro estaba pensando lo mismo que yo.

A las dos semanas, durante la evaluación de la operación, Carlitos y yo nos enteramos de que los millones eran cinco en vez de tres. Y que en la caja fuerte de Canepa estaba la lista de todos los militares sobornados, así como cuánto tenía que recibir cada uno. También supimos que todos los camaradas se retiraron en orden, y que a Carlitos y a mí nos nominaron para un ascenso en las fuerzas de la resistencia.

―Perdóname por el tortazo pibe, me dijo Traje dos, era para protegerte.

 

[1]   Narrador argentino que vive en Vancouver y miembro del taller de El Cencerro.

Don Chicho

por Taylor Guerrero[1]

En una de sus salidas  a caminar, mi abuelo decidió entrar a un restaurante.  Pidió al mesero un vaso de vino tinto y una empanada.  Se puso a mirar el partido que mostraban en la pantalla.  Hasta saltó y gritó un gol junto con los demás clientes.  Cuando pidió otra copa se dio cuenta de que había un viejo sirviéndose su cañita en una mesa, atrás en un rincón.

<<Pero si es Don Chicho, con sus mismos bigotes blancos y lentes cuadrados,>> se dijo a sí mismo.  No pudiendo resistir la tentación, tomó su vaso y fue a saludarle.

<<Don Chicho, ¿le puedo hacer compañía?>>

<<Sí compañero, siéntese por favor.>>

<<¿Y cómo está su salud, Don Chicho? Tengo tantas preguntas que hacerle que no sé por dónde comenzar.>>

<<No se preocupe compañero, me mantengo bien. Siempre he dicho que empanadas y vino tinto mejoran el corazón y el espíritu.>>

<<¿Y qué piensa —tantos años después—de la tremenda traición que le hicieron?>>

<<Como puede darse cuenta compañero, la historia no se ha detenido y ese momento amargo y gris se ha superado a la manera nuestra.  Además, estoy más vivo que nunca. Habito en el corazón de la juventud y de los humildes.  Compañero, yo no vine para ser servido sino para servir y dar mi vida por la libertad de muchos.>>

Hizo una pausa para mirar un mensaje en su celular.

<<Bueno compañero, perdone pero tengo que irme.  Unos estudiantes de Ayotzinapa, México, me piden en forma urgente reunirse conmigo. Como el trabajador social que soy, espero poder ayudarles.  Mi secretaria me acaba de informar que en este momento ya me esperan en la oficina.  Creo que en total son cuarenta y tres.>>

Se levantó de la mesa y empezó a caminar hacia la salida del bar; con mi abuelo siguiéndolo atrás .  Ya en la calle mi abuelo le  insistió:

<<Pero Don Chicho, déjeme por lo menos su número de teléfono para contactarme con usted.>>

<<Compañero, estoy muy apurado, otro día se lo doy; además, usted sabe dónde ubicarme.  Hasta la próxima, como a esta misma hora, ,>> le respondió Don Chicho. Luego cruzó la calle hasta perderse entre la multitud.

Mi abuelo intentó seguirlo por varias cuadras pero le fue imposible ubicarlo.  Cuando mi abuelo regresó a casa, me llamó de inmediato y, sin parar de hablar, me contó todo lo que le había sucedido con Don Chicho.

Desde aquella vez no hay día que mi abuelo no salga a caminar.   Al hacerlo me grita siempre:

<<Ya voy saliendo querido nieto, esta vez sí espero encontrarme con Don Chicho.  Tengo tantas preguntas que hacerle.  Cuando vuelva te lo cuento todo.>>

[1]   Chileno, profesor de matemáticas y miembro del taller de creación literaria El Cencerro. Ésta es su primera publicación.

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Dulce de Leche

por Víctor Porter[1]

La cárcel estaba en la Pampa Húmeda y, quién sabe por qué, era más húmeda que toda la Pampa. Todo estaba mojado, siempre, y el olor a encierro se alternaba con el olor a Fluido Manchester que cada cierto tiempo le pasaban al piso del pasillo para ahuyentar a toda forma de vida no encerrada ahí a la fuerza. A cada tanto, a los prisioneros los sacaban a tomar aire. Salían a caminar a un patio, encerrado también, rodeado de alambres con púas. Algunos prisioneros caminaban en círculos hasta el final del tiempo. Otros aprovechaban para planear eternamente la revolución.

Abraham Dionisio y Najman conversaban cada vez que caminaban en círculos por ese patio gris y alambrado.

Venían de mundos distintos.

Najman de la gran ciudad capital, de la clase media educada (esto se puede leer como uno quiera: de la clase media y educada o de la clase educada por la mitad, no completamente educada; en resumen, lo mismo).

Abraham Dionisio, criado en los márgenes de una inmensa plantación de caña de azúcar. Sin padre y con muchos hermanitos. Según contaba, su infancia consistió en salir a cazar para comer; no a cazar animales sino a cazar comida. Su coto era el patio trasero de un matadero-carnicería. Abraham y sus hermanos pasaban horas detrás del alambrado esperando el momento. Los últimos y desesperados gemidos del cerdo, vaca o cabra que estaban a punto de carnear anunciaban la acción.

“Me partía el corazón”, contaba Abraham.

“Lo peor era cuando los miraba fijamente a los ojos, los pobres sabían que los iban a matar. ¿Y sabes qué, Najman?, esa misma mirada desesperanzada tienen algunos compañeros presos”, remataba Abraham.

Él y sus hermanos presenciaban el trabajo del matarife. Desde que aparecía con el animal en el patio de atrás, la volteada al piso, las patas atadas, la cuchillada certera, el chorro de sangre humeante a la olla y la destazada. Después, la parte más importante: mientras los hermanitos ahuyentaban a los perros, gatos y gallinas, Abraham — quién ya tenía el golpe minuciosamente planeado — corría a recoger todo lo que podía. El hígado y el corazón eran lo más valioso, después las tripas y los pulmones, o cualquier otro despojo que no se hubiesen llevado los otros hambrientos y estuviera por ahí tirado. Encarnación, la madre de Abraham, transformaría el botín en un manjar.

Apenas pudo manejar el machete, Abraham empezó a trabajar cortando caña de azúcar; el hermano que le seguía se hizo cargo de la caza.

Después de huelgas, despidos, persecución y otras injusticias cotidianas en la plantación y el ingenio, Abraham se sumó a la guerrilla rural, su lugar natural, su destino. Si alguien tenía el derecho y la obligación de alzarse en armas era él.

En el patio de la cárcel, Abraham compartía historias con Najman y otros, siempre sonriendo, nunca quejándose. El sol del cañaveral seguía brillando en el fondo de su mirada, y aún sentía el aire del monte a pesar de los años de encierro. Caer preso no interrumpió su vida ni su carrera. Como el monte, la cárcel también fue su lugar natural y su destino.

De vez en cuando, los presos podían hacer alguna compra. Para eso los presos estaban acuerpados de acuerdo a su grupo u organización política, o por afinidad personal los que eran independientes. Compraban colectivamente, de modo que todos pudieran tener yerba, cigarrillos y lo que alcanzara.

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Una tarde, Najman y Abraham estaban dando sus vueltas eternas en el patio cuando los paró el preso Dell’Orto; de él se decía que era un compañero muy importante, un cuadro revolucionario… y sin embargo no daba esa impresión. Hablar con él era hablar con el abanderado en un mural del realismo soviético, no miraba a los ojos del interlocutor; ¿para qué?, él miraba más allá del horizonte. Tal vez imaginando un desfile en su honor, o a las masas aclamándolo… Lástima, porque las paredes de la cárcel truncaban esa visión de epopeya, y él quedaba acá en el patio y la humedad, con su mirada perdida, más perruna que mesiánica.

Dell’Orto y Abraham pertenecían a la misma organización. Dado su nivel, Dell’Orto estaba a cargo de las compras grupales. Así que Dell’Orto interrumpió la caminata-charla de Najman y Abraham porque debía hacerle una pregunta estratégica a su compañero de armas.

“¿Qué va a querer comprar el compañerito Abraham? Hay yerba mate, cigarrillos, galletas, … dulce de leche”

“Yerba y dulce de leche”, respondió alegre Abraham.

Dell’Orto sorprendido y con aires de General San Martín de a caballo al mando del Ejército de los Andes replicó:

“Compañero, me extraña muchísimo que pida eso. El dulce de leche es para los burgueses, no se desvíe compañero. No se desvíe”.

Casi en llamas, pero respirando y hablando muy despacio, Abraham afirmó con la certeza de estar en lo correcto.

“Por eso luchamos compañero, para que todos podamos comer dulce de leche. Así que le repito mi pedido: Yerba Mate y dul-ce- de- le-che, ¿está claro?”

Un silencio metálico quedó flotando y Najman pensó que esa era la mejor explicación de por qué luchaban, y que jamás nadie había dicho. Sí. Era la más real, la más tangible, la más dulce.

[1]   Refugiado Argentino que vive y escribe en Vancouver, Canadá.