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El Archivo de La Isla

por Ilan Semo[1]

Es famoso que Walter Benjamin advirtió alguna vez que no existe documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie. Nada remite a la presa sobre la que se erige todo pasado cultural más que un orden inconexo, o ya invisible en tanto que orden, de ruinas y vestigios de ruinas. Son los vencederos los que gozan del atributo de proyectar a la devastación que les abrió paso como un patrimonio cultural. Sin embargo, Benjamin nunca aclaró dónde podría yacer la remisión (o el residuo) de la espectralidad de la historia, la historia entendida (y vivida) como multiplicidad de pasados posibles, suprimidos en su mayoría de (y por) los documentos de la cultura. No habría entonces acaso que preguntarse por la pequeña llama encerrada en la inversión de su sentencia: ¿qué pasaría si un documento de barbarie devienera en un documento de cultura?

Nada más difícil, ambiguo y arduo que recobrar a las voces lejanas e inaudibles de esa multiplicidad suspendida, arruinada por los espectáculos y las fabulaciones de sus mudos triunfadores. Pero hay siempre, así sea como callada latencia, una pequeña ventana, un atisbo de sombras, por donde esa mirada despierta a ese otro ángel de la historia, el ángel que no deja atrás a uno solo de sus muertos. Latencia es simplemente lo que yace oculto que (sin poder) se esfuerza por salir a la luz.

Porque la historia –si es que Reinhart Koselleck tuvo un momento de inspiración– no la escriben los vencedores. Ellos la celebran. Por el contrario, la escriben, en tanto que deriva absoluta de todo aquello que permanece, los vencidos. Aquellos que escriben desde el frente de la derrota. El mismo frente que atisbó a Tucidides y a Maquiavelo, a Tocqueville y al mismo Benjamin. La razón no es compleja. Son los que se preguntan por qué pasó lo que pasó. ¿Por qué no pudo ser de otra manera? ¿Cómo salir de la parálisis? Aquellos que escriben desde el horizonte de las presencias invisibles que dan sentido a lo que aparentemente acaba por perder sentido. El sin sentido en posesión del olvido.

Estación Albán3

La Isla. Archivo de una tragedia”, el documental del cineasta alemán Uli Stelzner sobre el sorpresivo hallazgo del principal centro de documentación de la Policía Nacional de Guatemala, es el patente testimonio de la promesa que puede encerrar convertir un documento de barbarie en uno de la cultura contra el olvido.

El documental fue estrenado originalmente hace cinco años en Holanda y hace cuatro en Guatemala, no obstante las intimidaciones y las amenazas de bomba a la sala donde se proyectó. Preocupado por las amenazas, el cineasta se dirigió con el embajador alemán en Guatemala. Éste le respondió: ¡lo mejor es consultar con el embajador de EU! Hay quien dice que Europa se está muriendo; esa tarde murió un poco en Guatemala. Uli no le hizo caso. La exhibición fue un éxito cinematográfico y político.

En 2005, un incendio consumió las instalaciones de La Isla, uno de los centros de detención y tortura donde se alojaba la Policía Nacional. De sus sótanos emergieron ¡ochenta millones! de documentos que cubren la historia de la policía guatemalteca en la mayor parte del siglo XX. Los papeles se encontraban en el fango, muchos semi destruidos, otros mojados, otros más semi quemados. Comenzó la labor de curaduría por parte de las comisiones de derechos humanos.

Estación Albán1

Lentamente la información empezó a dar sentido a lo que ocurrió en Guatemala entre 1960 y 1995. Y sólo hay una palabra para describirlo: el mayor holocausto humano y político en la historia de las dicataduras de América Latina. Más de 160 mil muertos; muchos de ellos torturados y vejados. Más de 40 mil desaparecidos.

Tres décadas y media de depredación que exterminaron a franjas enteras de la oposición política, a pueblos y aldeas de las regiones indígenas y a miles y miles de ciudadanos simplemente indiferentes.

La fuerza del documental no radica, sin embargo, en la integridad de su denuncia, sino en su lenguaje. No es el lenguaje del periodismo ni del discurso de lo político. Es el que Paul Celam definió alguna vez como el único lenguaje capaz de convertir al duelo interrumpido de quienes fueron expropiados de rostro, historia y memoria en desafuero de las almas del presente: el lenguaje de la poesía.

En La Isla la muerte es un asunto estrictamente de los vivos, de los sobrevivientes: no el duelo por las víctimas–como sugieren los aterradores estudios actuales sobre la tolerancia y la reconciliación–, sino el rencuentro con los estratos más profundos de la historia.

La única manera en que la historia, para Benjamin, se convierte en señal de alerta para los vivos: el mandato de la reparación. Es decir, la confianza en dotar el sentido de la otra historia, la no visible, la incautada por el archivo, para enmudecer a los documentos triunfantes de la cultura.

[1]   Investigador, académico e historiador. Actualmente es académico del Departamento de Historia de la Universidad Iberoamericana.

Estación de Albán - Colombia

Pas-Pas-Pas

por Raúl Gatica

 

El dolor de la guerra sucede en el cuerpo, el de la paz también. Es más, en el cuerpo, la paz tiene su santuario, quizás por ello la violencia pretende dejarlo únicamente en amasijos. En las camas de batalla escuchamos algo parecido a pas-pas-pas de las ametralladoras, pero ahí el tallar de cuerpos y sábanas es gustoso y celebratorio. En estos enfrentamientos piel a piel, mordisco a mordisco, estocada a estocada y todo lo demás, escurre el sudor y gotea sangre, a veces. Pero a diferencia de las guerras donde todos pierden, aquí todos ganan.

A la devastación del cuerpo se opone la costarricense Ana Istaru. En su poesía hay cucharadas de alegría, celebración del placer de la agonía. Con ella uno no cae de golpe, nos extinguimos como vela de cera, y como ella, sólo quedamos en pabilo antes de dejarnos nomás vivir gustosamente la muerte.

Pero la paz no es un regalo, nunca algo que pasa como si nada. Es el esfuerzo, recompensa posterior a todo enfrentamiento. Entonces la paz llega de a poco, suave; nunca violenta y ruidosa como la guerra. Y nadie como el español Leopondo María Panero para describirlo, breve y en pocas y contundentes lineas. Hay en su poema una especie de administración del masoquismo, porque eso y no otra cosa es querer volver a vivir lo mismo de nuevo.

Ojalá los versos seleccionados, para su apetito, por Con o sin badajo, llamándolos a la paz y la guerra del placer, lo convoquen a participar de algún modo contra el ambiente de armas y pas-pas-pas, que por todo el mundo se respira. El cuerpo transpira simplemente paz, hagámosle el homenaje que merece.

Estación San Javier

ANA ISTARU
(1960)

Dame tu cucharada
De luz
Porque agonizo.

La pasión me clavó
Dulcísimos
Mordiscos.

Un revuelo de ovarios
Revienta
De narcisos.

Tu fruto de enervados
Leopardos
Pequeñitos.

Dame tu paz de espuma,
Cien albas,
Las del trigo.

Dame de beber
Tu piel
Porque agonizo.

 

LEOPONDO MARÍA PANERO
(1948)

A FRANCISCO

Suave como el peligro atravesaste un día
Con tu mano imposible la frágil medianoche
Y tu mano valía mi vida, y muchas vidas
Y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.
Pase una noche a ti pegado como a un árbol de la vida
Porque eras suave como el peligro,
Como el peligro de vivir de nuevo.

La Trinchera del Arte

por las Editoros

Cuando los nazis allanaron la casa de Pablo Picasso encontraron el cuadro de Guernica. “¿Fue usted quien hizo esto?, le preguntó un oficial al pintor, que apenas podía contener su indignación. Picasso, mirándolo por sobre el hombro, respondió. No, a decir verdad, esto lo hicieron ustedes.”

Verónica Abdala

Pax, pacis, acuerdo, pacto, entendimiento mutuo, coexistencia permanente, es de los retos más antiguos del mundo, porque no se reduce a eliminar las confrontaciones armadas, sino a la necesidad del acuerdo para la convivencia de todos los mundos existentes en nuestro planeta. Y cómo no serlo, si desde pequeños nos educamos a chillar el ¡Pas-pas-pas! o ¡bang, bang! para simular disparos, mientras nuestros humeantes dedos apuntaban al temido adversario, personificando en el vecino del barrio. La paz llegaba con el aburrimiento, otro juego, la llamada a comer o al trabajo.

En la actualidad, los ensordecedores pum-pum-pum, ratatatatatata- ratatatata, boomm, cataplún de la guerra y sus imágenes y noticias no parecen mostrar hartazgo. No hay autoridad capaz de llamar a deponer la violencia, cesar invasiones y demás actos que trastocan la convivencia. Pero si en las confrontaciones todos pierden, ¿por qué no vislumbramos aburrimiento y cansancio de la guerra? Simple: la guerra es un negocio, la paz no. Por ello no hay mecanismos para prevenir las guerras y tampoco para atender las secuelas.

Las marcas de la violencia, con o sin guerra declarada, quedan imborrables en cuerpos humanos, plantas, animales y cosas. Heridos todos. Sufre la naturaleza, se lastiman monumentos y sitios sagrados, lloran los animales, nos retorcemos de dolor hechos un amasijo de desperdicio. Ante eso se prioriza garantizar la ausencia de guerra, en lugar de construir procesos más amplios y duraderos de paz. Como resultado tenemos los llamados conflictos internos, en muchos casos, más sangrientos que las guerras convencionales. Los ciento veinte mil muertos en México y sus masacres en San Fernando, Tlatlaya, los 43 estudiantes desaparecidos, y la más reciente de Nochixtlan Oaxaca, son pruebas irrefutables para los incrédulos.

Quizás los efectos visuales de la conflagración, en sus infinitas estadísticas de dramáticas muertes: agonizar cercenado, ciego, intoxicado, hecho cachitos o simple montón de carne y huesos, obligan a cubrir los efectos visibles. Las campañas mediáticas, instituciones, comisiones diplomáticas y especialistas en resolución de conflictos, escarban la tumba del olvido sobre el calvario de Bosnia, Irak, Colombia, Siria, El Salvador, Sudáfrica, Rwanda, Filipinas, etc. Pero nada o poco se hace para reparar los daños asentados en las familias de los hombres y mujeres destruidos, o en los mutilados, desplazados, refugiados, exiliados, huérfanos, viudas y mucho más.

La inutilidad de las instituciones para garantizar la paz haría pensar en la ineficacia para detener el negocio del exterminio. A los comerciantes de la guadaña les basta acusar a quien quieran de dictador, narco, violador de derechos humanos, promotor del terrorismo, poseedor de armas biológicas, etc., para iniciar masacres.

En este contexto desolador, donde el optimismo se pudre ante la ausencia de alternativas, el arte, que para muchos sirve absolutamente para ni madres, ¿contribuye a la paz? ¿Podrá un verso detener una bala, un tanque o la guerra? ¿Una pintura ser trinchera, barricada o refugio anti bombas? No. Definitivamente no. Pero el Guernica de Picasso, al menos desolló entera la tragedia de la guerra. La canción Resistiré del Dúo Dinámico, arenga a no perder la esperanza, aunque vivamos en un ambiente de fusiles. El libro de los Abrazos de Galeano, alguno de los Cuentos Peregrinos de García Márquez, más de un verso de Girondo, alguna novela de Jorge Amado y Manuel Scorza, ayudan a pensar que todo esfuerzo por la paz vale la pena. Por ello en esta edición la pensamos desde algunas perspectivas artísticas.

Y no, no estamos contentos con la guerra y la violencia, ni con los millones de muertos, refugiados, huérfanos y mutilados arrastrando su dolor por el mundo, ese al que Elliot definió como “dolor entero”. La cruzada por la paz es una responsabilidad bestial, y como rumiantes la asumimos. Por eso, pese a sus imperfecciones, celebramos los acuerdos de paz en Colombia, y les invitamos a manchar con mensaje pacifista todas las paredes del mundo, incluidas las cibernéticas. Empiece mandado sus bombazos sobre el tema a rumiantes@elcencerro.ca

Estación Cartago2

Estación Cartago1

La Otra Guerra

por Joe Barret[1]

La última vez que Arden Nash salió de Barcelona, la ciudad entera se volvió a decirle adiós. Hubo lágrimas, aplausos y aclamaciones. Rosas y claveles llovieron sobre la diagonal. Banderas de seda colgaban de los edificios, elevándose en el viento: las anarquistas de color rojo y negro, las republicanas amarillas y púrpuras, y las catalanas rojas y amarillas. Era octubre 29 de 1938, el final de la Guerra Civil española. Nash marchó en la primera fila de los canadienses, el batallón Mackenzie-Papineau, los MacPaps. Fue el último desfile de las Brigadas Internacionales.

Pero la emoción se mezclaba con la tristeza. Más de 600 canadienses habían muerto. Las brigadas internacionales fueron retiradas de la línea del frente, derrotadas. El fascismo fue el vencedor. Adolf Hitler y Benito Mussolini habían ganado la guerra para el dictador español Francisco Franco.

Al finalizar el desfile, llegó un mensaje por los altavoces. La voz era la de Dolores Ibárruri, también conocida como La Pasionaria, la enérgica política comunista, hija de un minero de carbón Vasco. “¡Mujeres madres!”, exclamó: “Cuando pasen los años y las heridas de la guerra hallan sanado, cuando la memoria haya nublado los días dolorosos y sangrientos, devueltos con un presente de libertad, hablen con sus hijos sobre el amor y el bienestar. Díganles sobre las Brigadas Internacionales. Díganles cómo, atravesando mares y montañas, atravesando las fronteras erizadas de bayonetas, estos hombres llegaron a nuestro país como defensores de la libertad. ¡Ellos renunciaron a lo que amaban, a su país, a su hogar y fortuna, a sus padres, madres, esposas, hermanos, hermanas, y a sus hijos!”. A continuación, la Pasionaria se dirigió a los soldados que partían. “Se pueden ir con orgullo. Ustedes son historia, son leyenda. Nosotros no los olvidaremos, y cuando las hojas del olivo de la paz broten de nuevo, ¡Vuelvan! Todos ustedes encontraran amor y gratitud en el pueblo español, que ahora y en el futuro gritara con todo su corazón, “¡Larga vida a los héroes de las Brigadas internacionales!”

Estación Chusacá

Arden Nash, nació a las afueras de Salmon Arm y ahora vive en Kamloops, era uno de entre los más de 1.500 voluntarios de todo Canadá que se unió a las Brigadas Internacionales para luchar contra los fascistas españoles. Ellos eran leñadores, mineros, trabajadores de campos de socorro, y desempleados. Eran poetas, novelista y filósofos. Eran médicos, enfermeras y maestros.
Nash fue voluntario para defender una democracia distante, dispuesto a dar su vida para proteger la libertad y la justicia en un país del que no sabía nada. A pesar de estar violando La Ley de Alistamiento Extranjero de 1937, que prohibía viajar a España. El primer ministro Mackenzie King, al igual que los líderes británicos Stanley Baldwin y Neville Chamberlain, pensaron que abandonando España al fascismo, todos se salvarían de una guerra mundial. Nash no se dejó engañar, como tampoco lo hicieron los otros 400 habitantes de la Columbia Británica que lucharon en España, ni las decenas de miles de canadienses que apoyaron la causa española. Sin el reconocimiento oficial de su contribución, Nash y sus compañeros cometieron un delito siguiendo su conciencia.

Es noviembre de 1996. Hace 21 años, con la muerte de Franco la dictadura fascista terminó. La monarquía constitucional ha garantizado un gobierno democrático estable durante dos décadas. En una realización de la promesa que la Pasionaria hiciera, los brigadistas han regresado. El aire en el vestíbulo del Hotel del congreso en Madrid, centro de la ciudad, está llena del amargo humo de los cigarrillos españoles. La cacofonía de las conversaciones en una docena de idiomas hace eco en las paredes. Arden Nash esta relajado en un sofá del vestíbulo. Cincuenta y ocho años después de salir, él ha vuelto. La ocasión, el Homenaje a las Brigadas Internacionales, una celebración gubernamental en honor a la contribución extranjera durante la guerra. Regresar a España es regresar a las emociones que dejaron atrás hace mucho tiempo.

Nash, de 78 años, está acompañado por once sobrevivientes del batallón Mackenzie-Papineau. Como maestro de español y amigo de Nash, estoy aquí con otros 14 canadienses, familiares y amigos que acompañan a los veteranos. En total, 370 brigadistas procedentes de 32 países asisten al evento de una semana. Adicionalmente, 500 familiares y amigos conforman el entorno. Más de 100 periodistas de todo el mundo cubren la historia.

El agotador vuelo trasatlántico y la irregular alimentación provocaron en Nash una crisis diabética que lo mandó una noche al hospital. Los organizadores no habían previsto la fragilidad de los ex combatientes. Tuvieron que alquilar sillas de ruedas extras y autobuses turísticos, equipados con ascensores hidráulicos y ambulancias acompañantes.

En el Palacio de los Deportes, la apertura de gala se pone en marcha. La línea de boletos se extiende a través de la plaza y luego desaparece al final de la cuadra. La gente remolinea alrededor de la entrada del estadio. Los veteranos comienzan a llegar y se abre el paso. Aplausos y aclamaciones surgen de la multitud cuando los veteranos caminan o pasan en sus sillas de ruedas. El estadio, desde el interior, parece un estadio de hockey. Ocho mil personas llenan los asientos.

Ondean banderas rojas, amarillas y púrpuras de la segunda República española (1931-1939). El público canta: “¡Los Fascistas no pasarán!” Es el famoso grito de guerra de la Pasionaria. Es el llamado a las armas que elevaron la moral y agitaron a Madrid para resistir el paso del bombardeo fascista y el ataque del ejército en la capital española en noviembre de 1936. En el micrófono, la rasposa voz del maestro de ceremonias pide silencio.

“Todos tenemos que agradecerles”, dice, y se disculpa con los antiguos brigadistas. Entonces aparecen las palabras y la música”, se comienza con un poema de Rafael Alberti, poeta de la segunda república.

Venís desde muy lejos… Más esta lejanía

¿Qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?

La necesaria muerte os nombra cada día,

No importa en qué ciudades, campos o carreteras.

De este país, del otro, del grande, del pequeño,

Del que apenas si al mapa da un color desvaído,

Con las mismas raíces que tiene un mismo sueño,

Sencillamente anónimos y hablando habéis venido.

A continuación, sigue la música. Después de cada canción hay aplausos y cantos apoyando a los veteranos. Es un festival de dos horas que termina con el discurso espontáneo de un superviviente del Batallón Thaelmann, de voluntarios alemanes exiliados por Hitler. De la multitud sale un gran respeto hacia este hombre cuando habla. “Venimos a defender a los indefensos”, dice. “A los niños, a las madres, y los viejos que estaban siendo asesinados sin piedad por la fuerza aérea de Hermann Goering, de la Legión Cóndor.”

Me fui, pero seguí escuchando la voz de Flor Cernuda, ex secretaria de La Pasionaria, a quien había conocido en nuestro primer día en Madrid. “Los españoles aman a los brigadistas con todos los rincones de su cuerpo, con sus intestinos, con sus corazones”, me confió. De vuelta al hotel, las historias se cuentan hasta altas horas de la noche. Dos veteranos ingleses recuerdan al canadiense que conocieron en la batalla del Jarama. “¿Has oído hablar de Jimmy Shapcotte?” piel de cera de Jo Garber recuerda su acento. “En enero de 1937 tenía 68 años de edad y estaba en primera línea.” Yo nunca había leído u oído mención alguna de Shapcotte. Entre esos viejos voluntarios anónimos, Shapcotte pudo haber usado un nombre falso para ocultarse de las autoridades canadienses.

Un francés, Theo Franco, de 82 años, me arrinconó para contarme cómo sobrevivió dos años en las cárceles de Franco antes que la Embajada de Venezuela lograra su liberación en 1941. “Luego me fui escondido en un barco a Inglaterra. Me alisté en el ejército británico y vi acción en Sicilia, Monte Cassino, hasta que fui capturado en una acción de paracaidistas detrás de las líneas en Arnhem. A mí y otros 45 nos formaron y dispararon. Caí en una fosa común, pero al día siguiente, dos campesinos que pasaban por ahí me vieron mover la mano entre el montón de cuerpos y me sacaron. Mi insignia de paracaidista, un medallón pesado, desvió la bala. Yo convalecí oculto durante seis meses. Durante ese tiempo los aliados avanzaron y la guerra estaba a punto de terminar. Cuando regresé a casa después de nueve años de guerra, encontré a mi madre vestida de negro y llorando mi muerte. La impresión de verme con vida casi la mató.” Sin dudarlo, abrió su camisa para mostrar la cicatriz en el centro de su pecho y dice que una parte de la placa del paracaídas está todavía por debajo.

Al día siguiente, Nash se levantó temprano, y se preparó para abordar los autobuses que llevarían a sus compañeros y él a las Cortes, el Parlamento Español. Allí, en una ceremonia oficial, el presidente del Congreso, Federico Trillo, les entregará los documentos de ciudadanía. Trillo representa un gobierno de derecha recién electo. Algunos miembros del nuevo gobierno estuvieron estrechamente ligados a Franco durante su dictadura de casi 40 años. Se rumorea que Trillo encontrará una excusa para ausentarse de la ceremonia.

Los humos de diesel son una bienvenida diferente a la niebla pesada que se posa sobre la ciudad de cinco millones. El sol se cuela entre las sucias nubes, lo suficiente para que Nash pueda emitir una sombra tenue. Se sienta pacientemente en su silla de ruedas, atrás de la multitud. El andén está lleno de gente esperando a meterse apretadamente en los buses.

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En Cortes los veteranos son bienvenidos por un túnel de cámaras de televisión. Grupos de periodistas se acumulan aquí y allá alrededor de la entrada. Entrevistan a los veteranos de sus respectivos países. Adentro, en un salón exclusivo reservado para los brigadistas, enormes lámparas cuelgan de soportes bañados en oro. Un grupo de 20 cámaras de televisión es confinado a una esquina por una gruesa cuerda de seda. Mientras los veteranos se agrupan, familiares y amigos son arreados en los pasillos de afuera. Finalmente, un político aparece y habla ante las cegadoras luces de las cámaras de televisión. Con gracia, agradece a los veteranos que defendieron el último gobierno de la segunda república construido legalmente. Anuncia que la ciudadanía española será otorgada a todos los Brigadistas internacionales, de acuerdo con la promesa hecha por el ex presidente Juan Negrín en 1938 y a la nueva ley que pasó con unanimidad el año pasado. Sin embargo, aún existe un obstáculo, antes que la ciudadanía sea otorgada. Rectificaciones de la constitución son necesarias para hacer a los brigadistas ciudadanos. Entonces por ahora, lo único distribuido será un documento oficial indicando que el parlamento ha decretado que la ciudadanía será otorgada. Ni siquiera hay una ceremonia oficial para entregar estos documentos.

Mientras los brigadistas se dirigen a la salida, los parlamentarios les dan un llavero con la foto de Cortes.

El anticlímax se torna amargo cuando los brigadistas descubren que el legislador que habló no es más que el segundo vice-presidente, Joan Marcet. Enrique Fernández Miranda, el primer vice-presiente, se unió a Trillo negándose a atender la ceremonia. En los noticieros esa tarde y en el periódico del país el día siguiente, el gobierno es fuertemente criticado por su “falta de modales y habilidades en la vida política”. El veterano de 85 años no está sorprendido “Esto sólo confirma lo que todos sabemos”, le dice al reportero de El País, el periódico nacional de España. “esta gente (el actual gobierno de derecha) no respeta a nadie”.

Esa tarde, después de un banquete espectacular patrocinado por el Congreso de Diputados, los veteranos vuelven al hotel agotados. Pero todavía hay tiempo para más entrevistas, esta vez con un reportero de CTV- un camarógrafo que está siguiendo a los canadienses.

“¿Por qué vinieron a España?,” le preguntan a Nash. Él está acostumbrado a la pregunta. Antes de partir para Madrid, me dijo la historia de sus comienzos en el interior de BC casi 80 años atrás.

“Éramos gente muy pobre, viviendo en el campo en los años 30”, y sus gruesas cejas enmarcan su mirada profunda. “No había calefacción, agua, electricidad o teléfonos. Ni siquiera teníamos radio.” Algunas veces veía el noticiero, pero casi siempre se enteraba de lo que pasaba en el mundo por los líderes sindicales, los viajeros o los periódicos. “Mis padres eran grandes lectores: Dickens, Fielding. Nos los leyeron a todos desde que éramos niños”.

“El sindicato de Trabajadores del Campo de Refugio tenía organizadores que venían a nuestra casa. Joe Kelly fue uno de ellos. Hubo otros, pero no usaban su nombre real.” A mediados de los años 30, era común que los trabajadores que estaban en las listas negras se cambiaran el nombre. Era la única manera de encontrar trabajo en otros campos.

“Nos contaban sobre las condiciones esclavizantes en los campos de refugio. Sus historias eran interesantes. Algunas veces se quedaban en la noche. Nosotros simpatizábamos con ellos. La United Front (un grupo de coalición de la izquierda) tenía una oficina de campaña en Salmon Arm, y nos encontrábamos a los mismos organizadores allí. Eran gente brillante. Habían enseñado evolución humana, en teorías científico técnicas”.

En mayo de 1935, Nash de 17 años y cinco de sus amigos se subieron en un tren a Vancouver para apoyar el paro de los trabajadores del Campo de Refugio. Se unió a miles de voluntario de más de 70 grupos comunitarios, en un día para colectar dinero para los empleados en huelga. “Tenía una lata y me paré en frente a un hotel en la calle Granville. Dos policías encubiertos se acercaron y se quedaron viéndome. No sabía si me iban a arrestar, pero se fueron después de un tiempo. La mayoría de personas en Vancouver eran amables. Ponían en la lata 10 centavos. Eso era mucho dinero en ese tiempo”. Colectamos más de $5.000 dólares en un día para los trabajadores en huelga.

“Yo estuve allí solo un par de días, y los trabajadores decidieron ir a Ottawa. Ese fue el comienzo de la travesía Ontario-Ottawa. Luego nos subimos a un tren de carga. Tú has visto fotos de eso, entonces sabes cómo es.”

Algunos hombres sólo llegaron hasta Regina. Allí, policías a caballo arrestaron a una multitud de 3.000 personas. Un hombre murió y hubo varios heridos. “Recuerdo muchos hombres regresando, todos en banca rota”.

El verano siguiente, la guerra explotó en España. El general Franco se rebeló en contra del nuevo gobierno de izquierda. Hitler y Mussolini respaldaron a los insurgentes con ataques aéreos, tropas y tanques. “poco después de eso, todo el mundo se estaba yendo para España” continuo Nash. “Nosotros escuchamos sobre España por los organizadores de los campos de refugio. Luego escuchas que esta persona se fue, luego otra, y decides ir tú también.”

Con el premio de la ciudadanía española muy cerca, el reportero de la CVT quiere saber que esperan tener los veteranos como reconocimiento oficial en Canadá.

Las esperanzas de Nash están nubladas por su pragmatismo. Desde que los MacPaps se fundaron 60 años atrás, luchar contra el gobierno canadiense por reconocimiento ha sido un problema constante. Los 20 sobrevivientes del MacPap en Canadá no están tan preocupados por sus pensiones tanto como por tener un reconocimiento simbólico. Un monumento nacional a los voluntarios – para igualar el memorial en el parque Queens en Toronto, que fue oficiado por el gobierno de Bob Rae- es su principal prioridad. La legión real canadiense todavía rechaza a los voluntarios de la Guerra Civil Española como veteranos de guerra legítimos. Gobiernos federales exitosos se han rehusado firmemente a admitir el error de Mackenzie King. Por lo menos, las políticas de gobierno son indiferentes; algunas veces, el gobierno ha catalogado falsamente a los MacPaps de mercenarios.

Pero hay una razón para ser optimistas. En su primer día en España, los MacPaps fueron invitados a la residencia del embajador de Canadá para una recepción en su honor. Los voluntarios sobrevivientes escucharon palabras alentadoras como “No podía ser indiferente” del embajador David Wright. “Cuando ves la contribución hecha y el reconocimiento dado por todos los partidos políticos en España. Yo creo que es importante que la embajada dé un reconocimiento también. Pero no puedo hablar por Ottawa.”

Es la media noche antes que las entrevistas terminen. Los viejos guerreros de la libertad finalmente pueden dormir – hasta las 7 am, cuando todo el mundo se despierta de nuevo y las Brigadas Internacionales son divididas entre delegaciones que viajaran a diferentes ciudades. La mayoría de los canadienses, incluyendo a Nash, van a ir a Albacete. En el interior, al oeste de Valencia en la costa Mediterránea, Albacete sirvió como el centro de entrenamiento y distribución de las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española.

Apenas llegamos a la estación de tren, el manager, con walkie-talkie en mano guío el desfile de nueve sillas de ruedas. En fila india, nos hicimos camino hacia las entrañas de la estación. Las sillas de ruedas se tambaleaban mientras cruzaban las riendas sucias hacia la plataforma en la que esperaríamos el tren. Nos subimos rápidamente y nuestro tren salió puntual a las 10 am. Parecen distantes las memorias de los trenes españoles que se tambaleaban sobre los carriles. Hoy, los trenes Iberianos compiten con los mejores trenes de Austria y Suiza. El viaje es cómodo y rápido.

Mirando a la escena por la ventana desde el sofá, a una velocidad de 100 mph, los ojos azules de Nash siguen los olivares en las colinas. Los arbustos se parecen a los olivos de Aragón. Angostas ramas verde-plateadas ancladas a un suelo rojizo y rocoso. Nash recuerda una escena de años atrás. En una huerta como una de esas, encontró refugio del fuego enemigo hasta que las balas empezaron a explotar a unos centímetros de su cabeza. Él era un camillero de tan sólo 20 años. Se arrastró entre la tierra de nadie para rescatar a un soldado herido. Alcanzando el soldado de infantería inválido, lo arrastró hasta un lugar seguro detrás de un camión destrozado. Por un laberinto de olivos y uvas, Nash guió el soldado de vuelta a la seguridad de la estación médica.

En Albacete, había confusión con la llegada. Un voluntario se ofreció a empujar la silla de ruedas de Nash mientras que yo corrí hacia la parte de atrás para recoger nuestro equipaje. Cuando regresé, el asistente de Nash estaba rompiendo un pedazo de papel que un hombre, parte de un grupo, puso en sus inmóviles piernas. ¿Qué dice? “No más fondos del gobierno para las Brigadas Internacionales. ASESINOS FASCISTAS”. Es un recordatorio de los neo-Nazis.

Nash es llevado rápidamente hacia la entrada de la estación. Allí, hay una banda tocando para dar la bienvenida a los brigadistas. La banda está tocando Zarzuelas, un ritmo nostálgico que evoca una pelea de toros y una sinfonía de Manuel de Falla.

Más de 1.000 personas están aglomeradas en los parqueaderos de la estación de tren. Aplaudiendo la llegada de cada brigadista en un túnel de honor que se forma espontáneamente alrededor de los cruzados geriátricos. Cantando “No pasarán” y coros de la “Internacional”. Luego “Alcalde, alcalde”. La gente de Albacete esta avergonzada. Su alcalde (del partido popular del gobierno federal) ha decidido boicotear la visita de los brigadistas.

Otra hora de discursos precede la subida a los buses. Finalmente en su cuarto, Nash colapsa en una siesta de medio día.

Cruzando el hotel, se expande el parque de la ciudad. Empujo a Nash por entre un paseo de árboles arqueados. Las ramas cubren el cielo. Hacia nuestra izquierda, miles de gorriones aletean en el bosque urbano. El olor a Guano nos sigue hasta la calle.

Estamos aquí para la apertura de una exhibición de arte en honor a Las Brigadas Internacionales. La exhibición es en un museo moderno y bien iluminado. Deslumbrantes lámparas reflejan brillantes luces en los suelos de mármol. Nash es atraído por los modelos de un metro de los aviones de guerra rusos usados por la república. El “Chato” biplano se veía frecuentemente en Madrid. Un gran avión de defensa, fue usado para acabar la persecución de los bombarderos Nazis. En 1937, los republicanos tuvieron que pelear contra el estado de arte de los alemanes Messerschmitts. Un guerrero Ruso, nariz respingada, apodado “La Mosca” que se ve como un cono sobre ruedas con un ala atravesándolo por el medio. El modelo desempolvo un viejo recuerdo “Yo vi una pelea de perros mientras mi retirada en Aragón” recuerda Nash. “Un tipo saltó de su avión. Su paracaídas no abrió, lo vimos caer al suelo”.

Como música de fondo, un disco rayado del himno de la XV Brigada sonando una y otra vez, con un banjo tocando al ritmo de “Ay Carmela”

Vive la quince brigada

Room bala, Room bala, Room,

Boom, boom

Mercenarios y fascistas,

Ay Manuela, Ay Manuela

Mercenarios y fascistas,

Ay Manuela, Ay Manuela

 

Nash recuerda la baja moral durante las retiradas “Ninguno de nosotros pensó que saldría de allí vivo”, luego canta suavemente la parodia del himno, compuesta por Roy Conroy, uno de los MacPap de Vancouver.

From Belchite to Gandesa (Desde Belchite a Gandesa),

I ran well-a, I ran well-a (Yo corri, yo corri)

From Belchite to Gandesa (Desde Belchite a Gandesa),

I ran well-a, I ran well-a (Yo corri, yo corri) …

 

La tarde siguiente empezamos la última parte del tour, el tren nocturno a Barcelona. Así como en la guerra, el “Homenaje” terminaría en Barcelona.

Justo antes de las 9 pm, el tren cruzó silenciosamente el rio Ebro hacia Cataluña. No hay ningún ruido. Poco después, en Tarragona, Nash pregunta “¿Ya cruzamos el Ebro?” con mi mente en las retiradas, el final de la guerra, lo miré de vuelta y asentí.

A lo largo del invierno de 1937-38, los fascistas ganaron en la república. Por abril, las Brigadas Internacionales estaban destruidas. Peleando en pequeños grupos o solos, las fuerzas democráticas se retiraron hacia el rio Ebro. Luego, en un último acto de coraje en julio de 1938, los republicanos volvieron a cruzar el rio y atacaron los fascistas. Tomaron las fuerzas de Franco por sorpresa, pero, desafortunadamente, el éxito inicial fue empantanado. Los MacPaps fueron atacados solo a seis kilómetros de la ciudad de Gandesa. Allí había pocos lugares para esconderse. Cuando las fuerzas enemigas atacaron con sus morteros, afilados fragmentos de rocas volaron por los aires. Esos fragmentos eran tan peligrosos como las ametralladoras. Los MacPaps se mantuvieron en esa difícil posición por dos meses.

A finales de septiembre de 1938, el presidente Negrín decidió retirar las Brigadas Internacionales. Con la falsa esperanza que Franco le correspondería retirando las fuerzas armadas alemanas e italianas- un gesto noble pero ingenuo. Los fascistas, ahora sin ninguna oposición, cerraron los últimos vestigios de la república.

Al final del desfile en octubre 29 de 1938, los brigadistas marcharon por la famosa Diagonal de Barcelona. Allí, el melancólico y nostálgico discurso de La Pasionaria fue grabado para siempre.

Los canadienses partieron al norte de Cataluña. Tuvieron que esperar hasta enero, antes que los oficiales canadienses decidieran repatriarlos. Al principio de febrero de 1939, los sobrevivientes volvieron a Canadá. Multitudes entusiastas de 10.000 personas los estaban esperando en Toronto y Vancouver para recibirlos de vuelta en casa.

En la tarde del 9 de noviembre de 1996, los brigadistas se encontraron en Cataluña, desde todas partes de España. La estación de trenes de Barcelona estaba llena con personas de todas las edades. De nuevo los aplausos, de nuevo los gritos “No pasarán” y los túneles de honor para los voluntarios sobrevivientes.

El recibimiento en Cataluña es como en ningún otro lugar. Los políticos catalanes y el público son inamovibles en su apoyo a las Brigadas Internacionales. Desde que dejaron Canadá, Nash ha estado pensando en vestir sus medallas de servicio a las fuerzas armadas canadienses. Un pacifista de espíritu, nunca las ha usado para las ceremonias del Día de la Conmemoración en Canadá. Al día siguiente, noviembre 10, él pensó que sería una buena ocasión para lucir las medallas que han estado en su cajón por los últimos 51 años. A último momento decide dejar las decoraciones militares en su maleta.

En el parlamento, esa mañana, las multitudes están atrincheradas en las aceras. Coloridas banderas – la negra y roja por las uniones anarquistas, la roja y amarilla por Cataluña, y la morada, roja y amarilla por la segunda república – compiten por atención.

El presidente de Cataluña, Jordi Pujol, es acompañando por el presidente del parlamento, Joan Reventos, el presidente del diputado, Manuel Royes, y el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall. Los brigadistas son invitados al histórico parlamento de Cataluña. Es una tumultuosa bienvenida compuesta desde los grandes oficiales hasta los miles de ciudadanos catalanes.

Para España, parte del homenaje a las Brigadas Internacionales, en su 60avo aniversario, cierra el capítulo final de una cruda guerra civil. Ahora hay reconciliación oficial. La profecía de La Pasionaria ha pasado.

De vuelta en Canadá, Arden Nash y los sobrevivientes del BC MacPaps se reúnen con el primer ministro de BC, Glen Clark. Pero ¿y el gobierno federal? Los veteranos quieren que Canadá haga frente a la vergüenza de la negligencia. El gobierno de Francia acaba de votar para dar a los sobrevivientes de la guerra civil española pensiones completas y beneficios. En Canadá, los voluntarios aún están esperando la financiación de una baldosa de roca.

(Traducción de Nandy Fajardo)

[1]     Profesor, investigador y organizador sindical y solidario de las más nobles causas del mundo. Nació y vive en Victoria, Canadá.