DSC_3192 - copia

Una forma de entretenimiento

por los Editoras

Cuando pensamos en los grandes temas de la literatura, aquellos que seguramente se nos vienen primero a la mente son el amor y la muerte. En una interesante re-escritura de este lugar común, el escritor argentino recientemente fallecido Ricardo Piglia solía decir que en el fondo sólo había dos formas de narrar: contando un viaje o un crimen. Si entendemos el viaje como una metáfora habitual de la vida, (y recordamos que Freud opuso a su pulsión de muerte precisamente la pulsión de Eros); podemos entender el relato de un crimen como una manera más o menos oblicua de hablar de la muerte.

La preocupación por el crimen, de hecho, aparece con la escritura misma, incluso siglos antes de que la entendamos como literatura: vemos un desfile de fratricidios, parricidios, regicidios, teocidios en las narraciones fundacionales, religiosas o míticas de civilizaciones mediterráneas (Caín matando a Abel, Edipo quitándole la vida a su padre, Gilgamesh matando a Humbaba) pero también de pueblos originarios americanos (basta recordar el asesinato del dios maya Vucub Caquix por parte de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué en el Popol Vuh).

Como sabemos, en la mayor parte de estos ejemplos clásicos, el crimen a menudo aparece imaginado como la interrupción de un orden. Para restablecerlo, sus perpetradores deben ser castigados. Desde que los románticos transforman la subjetividad occidental a finales del siglo XVIII, al calor de la revolución francesa (un evento visto como un gran acto criminal por sus víctimas: la nobleza europea), el crimen y sobre todo el criminal, abandonan paulatinamente su dimensión unívocamente indeseada. Mientras que los criminales empiezan a convertirse en auténticos héroes de novelas o cuentos cortos (Raskólnikov de Dostoievsky y “Los asesinos” de Hemingway tal vez sean los ejemplos más paradigmáticos); el aura punitiva que sabía rodear a los crímenes empieza a diluirse. El crimen, más que una aberración moral, comienza a ser entendido entonces como una forma más de entretenimiento. Ya en 1827, el ensayista británico Thomas de Quincey habla del asesinato como un hecho estético, una de las tantas formas de las “bellas artes”, allanando el terreno para que Edgar Allan Poe inaugurara dos décadas más tarde uno de los géneros literarios más importantes de la modernidad: aquello que los anglosajones denominan crime fiction y que (como también señaló Piglia en varias ocasiones) resulta un término mucho más adecuado y preciso que su traducción castellana “novela policial”.

20799780_743027869238551_4530147732235027633_n - copia 10

Desde nuestro siglo veintiuno, el crimen y las palabras parecen inseparables. El crimen nos rodea, omnipresente, sobrevolando nuestra cotidianidad no sólo en los libros, sino también en la prensa, los noticieros, el cine, las series de televisión, en cada uno de los rincones de internet. Aún reteniendo su carácter primigenio de transgresión del orden social, la valoración del crimen como una forma de entretenimiento ha ganado, indiscutiblemente, la partida. Pese a esta omnipresencia (que quizá debamos entender como un síntoma), el crimen nos sigue atrayendo y continúa satisfaciendo distintos apetitos: la curiosidad morbosa y el deseo de huir de la monotonía por parte del lector (que explica que los best-sellers casi que exijan en sus narraciones la investigación de un crimen), pero también el hambre por entender lo social y lo humano.

Como nos recuerda Josefina Ludmer al comienzo de su monumental ensayo El cuerpo del delito, Marx mismo detectó el potencial productivo del crimen, al nombrar todo aquello que genera: entre otras muchas cosas, instituciones que fabrican legítimos y respetados puestos de trabajo con sus respectivos salarios (abogados, policías, jueces, fiscales, periodistas y, más recientemente, psiquiatras, criminólogos, peritos forenses, etc.).

Esta paradoja (la dimensión destructiva y constructiva del crimen) nos permite pensarlo como una arista de lo social y lo humano tan válida como cualquier otra. Por un lado porque, como apunta Paco Taibo II, la mal llamada novela policial ha heredado la canalización de la crítica social en la literatura que hace unas décadas, durante la guerra fría, fue patrimonio de la ciencia ficción. Por otro lado, porque si el crimen está tan imbricado en nuestras vidas y muertes, qué mejor que ahondar en él para hablar de ellas.

Para no sólo entretenernos, los y las Cencerros dedicamos esta edición a toquetear de varias maneras al crimen sin perder la dimensión social y menos obviar nuestro posicionamiento respecto a las injusticias. Ojalá nuestro esfuerzo no encuentre un criminal silencio en nuestros lectores. Usted también diviértase cometiendo el crimen de escribirnos sus opiniones a rumiantes@elcencerro.ca